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Tribuna:150º Aniversario de Alfredo Vicenti
Tribuna
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El maestro por excelencia del periodismo español José Antonio Durán

Se dijo de Valle-Inclán que ideó la figura del marqués de Bradomín como contratipo de Alfredo Vicenti. Lejos de ser "feo, católico y sentimental", aristócrata y carlista, la suya fue -de principio a fin- la gallarda figura del amador discreto, contrario a cualquier exhibición. Paseaba la aventajada estatura enfundado en austera vestimenta de corte clásico, a juego con el rostro, afilado, y los provocadores bigotes que blanqueó el tiempo, "negros como el azabache". Demócrata, siempre fue partidario de una Iberia federal, civil y tolerante, ajena a cualquier absoluto. Cuando apenas quedaban republicanos en España, su prestigio (y el de Galdós, su viejo amigo) adornaba las candidaturas republicanas. Ni siquiera los humoristas gráficos osaron descomponer una figura así. Tampoco los adversarios.Vicenti era... distinto. El misterioso caballero del Greco revivido. Los primeros espadas de la Institución Libre de Enseñanza lo tuvieron por el "gran desdeñoso", porque con lo que no quiso ser, sería feliz una muchedumbre. "Con lo que posee -su nombre- y un puñado de puros de la Tabacalera, le basta para ser dichoso, si acaso lo es".

Valle hereda de su padre la pasión de los progresistas gallegos por el personaje, y recurre a él cuando sólo era un desconocido. Supo pues por sí mismo lo que callaron casi todos: que la nueva edad de oro de la cultura humanística española debe más de lo que se piensa al alto concepto que tuvo del periodismo aquel poeta cuyos versos y prosas juveniles leyeron con fruición Murguía y Rosalía Castro; pero que "dejó la poesía para descubir poetas"...

Para Vicenti el periodismo era escritura. Revolucionó, sobre todo, la semblanza, el perfil biográfico, los artículos de fondo y los editoriales. No tenía que firmar. La belleza de la prosa y la originalidad del enfoque le denuncia. Varios gobiernos se tambalearon con aquellas punzadas anónimas.

Numerosas cuestiones de Estado surgieron de su anonimato. Eran delicias exclusivas de Vicenti. El Maestro por excelencia del periodismo español. Así, correctamente expresada, comparecía la noticia. Sus redactores eran de Vicenti. Se acoplaban "como una gran orquesta", nucleada por grandes profesionales; pero los solistas, esporádicos o continuados, formaban parte de su orgullo más íntimo. Llegaron a él desconocidos, para protagonizar después la edad de oro.

"Tenía el andar pausado, la voz grave pero sonora y el genio vivo". Como se dijo de Kant, los relojes de Madrid marchaban a su paso. Cuando comenzaba a recibir (las once en punto de la noche), la escalera del periódico era un jolgorio de primerizos y sablistas. Soñaban con que les prestara atención el "cerebro de bronce", clavado a un "corazón de blanda cera". Hasta los ordenanzas eran distintos. Leían a Eça de Queiroz y sabían quién era Curros o Lamas Carvajal. En su pasión por mostrar lo que la España oficial desconocía, Vicenti provocaba al centralismo afrancesado con el ejemplo de las comunidades atlánticas. La city londinense, Galicia y Portugal le dieron admirable juego.

Hablaba como escribía. Marcó con sus observaciones los asuntos más peregrinos. Rafael Villar, legendario defensor del cura Galeote, atribuía su instantánea celebridad a la interpretación vicentiniana del célebre asesinato del obispo de Madrid.

Se dijo que "hubiera sido un burgrave provinciano si el cardenal Payá y Rico, excomulgándole en 1878, no le hubiera desterrado de Compostela". Se desconoce, sin embargo, la profunda admiración que sentía el más "liberal" y talentudo de los purpurados españoles por aquel jovencísimo director de El Diario de Santiago. El mejor de Galicia. Y que desterrador y desterrado volvieron a ser grandes amigos, cuando Payá se convirtió en Primado de las Españas. Ni por eso dejó de defender la libertad de cultos, ni de informar acerca de las barbaridades que el clericalismo católico echaba por la boca en púlpitos, misiones y escuelas. Galicia, la otra pasión, tampoco le perdió. Fue su "cónsul" en Madrid. El prestigioso abogado de todas sus causas.

Caso único, solía superar las crisis biográficas mejorando el status profesional. Apenas llegado a la Villa y Corte, sustituyó a Murguía en la dirección de la extraordinaria Ilustración Gallega y Asturiana de Alejandro Chao y fue clave en la progresión de El Globo, el gran diario de Castelar. Aún lo dirigía, cuando logró convocar representantes de veintitantos periódicos y seis agencias de distintos colores políticos para crear la Asociación de la Prensa. Enemigo de los cargos, cedió a Miguel Moya la presidencia. Cuando se fue al paro, disconforme con la evolución política de Castelar, Moya lo introdujo en El Liberal. En ambos casos, como jefe de redacción, dispuso y afinó "la gran orquesta", dirigiéndola en los mejores años.

"Hijo bravo" de un clérigo de relieve y una modistilla de gran belleza, el galán discreto nació hace 150 años. Escándalo de la Compostela clerical y ultramontana, fue a parar a la Inclusa. Recuperado por la madre, formó parte de la quinta ciudad: la marginada por liberal, progresista y demócrata. Entusiasta de los garibaldinos, italianizó el apellido común de los expósitos y fue líder indiscutible de su generación. Murió en la cúspide. Representaba en Cortes al distrito gallego de Órdenes y dirigía El Liberal, diario de la Sociedad Editorial (el trust), el de mayor circulación de España. Pero su familia hubo de recurrir a los amigos para pagar el sepelio...

La Facultad de Periodismo de la Universidad de Santiago se dispone a celebrar el año Vicenti mostrando, en todas sus facetas, la poliédrica personalidad de este enorme personaje de la intrahistoria gallega y española.

José Antonio Durán es historiador.

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