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jueves, 14 de octubre de 1999
NECROLÓGICAS

Jordi Tusell i Coll, productor de cine

De Jordi Tusell i Coll, barcelonés como yo, puedo decir muchas cosas. La mejor: que era un amigo, socarrón, inteligente, cordial, respetuoso siempre; la peor, que se ha muerto. Se ha muerto en Sant Cugat del Vallés, víctima de un infarto liberador después de la injusta tortura de unos años críticos. La muerte es inevitable, pero nadie merece el sufrimiento continuado, la desesperación y la angustia. Quizá tuve que haber escrito: lo peor es que ha sufrido y que los demás le hemos visto sufrir, sobre todo su mujer, Gloria. En los años sesenta, cuando le conocí, me llamó la atención su sentido del humor, cáustico y amable al mismo tiempo. Era el máximo representante de la industria cinematográfica española, presidente de la agrupación de productores y también de Uniespaña, entidad dedicada a la difusión del cine nacional, aparte de productor de películas tan importantes como La vida por delante, de Fernando Fernán-Gómez, e impulsor de las coproducciones con países europeos, lo que había llevado a nuestra cinematografía a cotas de producción difíciles de igualar. Era un hombre importante, pero nunca presumía de serlo. En realidad no presumía de nada, siempre abierto al diálogo, firme en sus opiniones, pero respetuoso con las de los demás, lo cual le llevó, posiblemente, a convertirse en personaje influyente en un mundo en el que imperaban ideas muy distintas de las suyas. Tuve la suerte de colaborar con él y puedo dar fe de su capacidad de diálogo, de la honradez con que defendía sus puntos de vista y de su comprensión hacia los míos, a veces más apoyados en la intuición que en el razonamiento. Llegamos a ser no ya productor y director, sino amigos.Llegué incluso a admirarle como ser humano excepcional el día que me contó una vivencia que había protagonizado siendo soldado, recién terminada la guerra civil: fue designado para formar parte de un pelotón de ejecución y se negó a obedecer la orden. No quería disparar sobre un hombre indefenso. Está claro que pudo esconderse en el anonimato de disparar al aire como tantos otros hacen, pero él quiso declarar públicamente su postura, incapaz de fingir, decidido a afrontar todas las consecuencias. Afortunadamente, no pasó nada y el oficial de turno decidió pasar por alto el incidente, pero es evidente que el soldado Jordi Tusell i Coll, nacido en Barcelona en 1920, futuro abogado y después productor cinematográfico, se jugó la vida en ese día oscuro de la posguerra civil. Y un hombre capaz de llegar a este extremo en defensa de la propia convicción merece ser admirado. Yo, por lo menos, como amigo, en ese trozo de vida que le tengo reservado en mi memoria, le seguiré admirando.

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