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martes, 7 de septiembre de 1999
Editorial:

Ocurrió en Timor

Con total impunidad, cuando no con ayuda del Ejército, los milicianos proindonesios han desatado el terror en Timor Oriental mediante una campaña que tiene todas las trazas de un nuevo episodio de limpieza étnica. Es algo que se temía. Justamente por ello resulta incomprensible que la ONU, que organizó el referéndum sobre el futuro del país, no hubiera tomado precauciones para evitar el baño de sangre que se está produciendo tras la prevista victoria (78,5%) del voto independentista que rechazó la autonomía ofrecida por Yakarta. Hay que pedir responsabilidades en primer lugar a los asesinos y al Gobierno indonesio, pero también a la ONU por su imprevisión. El organismo internacional delegó la seguridad en las Fuerzas Armadas y la policía de Yakarta, que no han movido un dedo para detener la violencia sembrada durante la campaña del referéndum por las milicias proindonesias, mero apéndice irregular del Ejército. Los asesinatos cometidos en los días previos a la consulta del 30 de agosto eran un aviso inequívoco de lo que podía venir tras la previsible victoria de los independentistas.

Los milicianos han impuesto un apagón informativo sobre Timor Oriental, expulsando a casi todos los medios de comunicación y a una parte de la misión de la ONU. No quieren testigos de sus crímenes. No respetan nada, ni la delegación de la Cruz Roja, ni la residencia del obispo Carlos Ximenez Belo, premio Nobel de la Paz en 1996. De momento, la guerrilla timorense se mantiene a la expectativa. ¿Cómo cumplir así la voluntad expresada en las urnas por casi el 80% de los electores? ¿Intenta así el Ejército indonesio frenar las ansias independentistas en otros territorios de un archipiélago de 17.000 islas cuya apariencia de unidad mantenía por medio de una brutal represión el régimen de Suharto? ¿Pretende detener los incipientes intentos de democratización en un momento de graves dificultades económicas? Sea como sea, el actual presidente indonesio, Yasuf Habibie, que aspira a su reeleción por la nueva Asamblea en noviembre, se juega su propio futuro en esta crisis. La democracia que intenta asomar en Indonesia nacerá muerta si se aplasta con la violencia la voluntad de los timorenses.

Para detener esta espiral no se puede confiar en Yakarta ni en las presiones internacionales. El envío de una misión de información del Consejo de Seguridad indica división e impotencia antes que voluntad de intervención de la ONU. En nombre de la injerencia por razones humanitarias, sin aval de la ONU, se intervino en Kosovo. Timor, con 200.000 víctimas desde que Indonesia se hizo cargo de la colonia portuguesa 23 años atrás, queda lejos. Pero Indonesia es el cuarto país más poblado de la tierra, por lo que hora a hora se va imponiendo la urgencia de una intervención internacional, para la que ya están dispuestos al menos la cercana Australia y la antigua metrópoli, Portugal.

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