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domingo, 22 de noviembre de 1998
Tribuna:

El pájaro de oro

Puede decirse que el final feliz es una exigencia común a todos los cuentos tradicionales. Cuentos, es verdad, que escuchaban con gusto los mayores, pero que estaban pensados para ser contados a los niños, y ésa es una razón más que suficiente para que tuvieran que terminar bien, dado que lo que quiere el adulto cuando cuenta cuentos a los niños es informarles acerca del mundo, y de los peligros que pueden encontrarse en él, pero sobre todo tranquilizarles, llevar a ese mundo siempre extremado, que es el mundo de la infancia, un poco de serenidad y cordura.Pero el final feliz no comporta sólo una opción moral, sino algo que es aún más importante, una opción amorosa. Un cuento es una guarida, un nido. Y lo que los padres están ofreciendo a los niños cuando se los cuentan no es sólo una enseñanza acerca del mundo, sino un lugar de sosiego, de cobijo, al amparo de la adversidad. Lo sorprendente es cuando pensamos en los materiales con que están hechas las paredes de esa casa. Crímenes terribles, traiciones, cuerpos fragmentados, rastros de sangre, se alternan con pájaros de oro, facultades envidiables, alianzas insospechadas, vuelcos inauditos del corazón. Porque ésta es la maravilla de los cuentos, no nos engañan acerca de cómo es el mundo. Ofrecen al niño un cobijo, pero sin impedirle la contemplación de la realidad contradictoria y desnuda. Por eso los psicoanalistas los aconsejan. Según ellos, en los cuentos de hadas se dramatizan los conflictos básicos del ser humano, en su fase de crecimiento, y ésta es la razón de que los niños deban escucharlos. Gracias a ellos verán reflejados los grandes dramas de su corazón y aprenderán a elaborar estrategias para superarlos. También descubrirán que tales conflictos no son privativos suyos, sino que son propios de todos los hombres. Es decir, podrán sentir celos espantosos, o deseos homicidas, sin sentirse condenados por ellos a un destino de monstruosidad y daño, porque, tal y como ha escrito Fernando Savater, el problema no es tanto lo que nos pasa sino lo que somos capaces de hacer con lo que nos pasa. Desde esta perspectiva, el final feliz tendría una función integradora, el acceso a una unidad de conciencia superior, donde esos conflictos quedan superados, o al menos dejan de dañar.

Pero veamos lo que pasa en El pájaro de oro, uno de los cuentos más conocidos de los hermanos Grimm. Un niño debe buscar un pájaro de oro, y un zorro, al que previamente ha salvado la vida, le informa dónde se encuentra y lo que tiene que hacer para conseguirlo. El pájaro está en el interior de un palacio, y él debe aprovechar la noche, y el sueño de los guardianes, para entrar a buscarle. Hallará al pájaro junto a dos jaulas, una de oro y una de madera; bajo ningún concepto debe coger la de oro, si no quiere exponerse a graves complicaciones. El niño sigue literalmente las indicaciones del zorro, pero al final no puede resistir la tentación de la jaula de oro, y la roba, precipitando su desgracia, pues el pájaro se pondrá a cantar, despertando a sirvientes y soldados del palacio.

Es difícil no sentirse conmovido ante estas imágenes. El pájaro de oro en la jaula de oro es un recurso admirable que contiene toda una teoría sobre el final feliz. ¿Pues qué otra cosa pueden significar sino una perfección contraria a la idea de la vida, que siempre pide la mezcla, la impureza, la contradicción? Tener el pájaro de oro en una jaula pobre siempre nos hará sospechar que no es ése su lugar, y nos recordará que viene de otro reino.

El final feliz supone, en definitiva, una vuelta al mundo, que es también el lugar donde las preguntas vuelven a renovarse, pues la vida nunca termina de hacerse. Esto es lo que pasa en Los seis cisnes. Su protagonista trabaja tejiendo camisas de ortigas, con el único empeño de devolver a sus hermanos, transformados en cisnes por un hechizo, su auténtica figura. ¿Pero qué significa el extraño final del cuento? ¿Por qué si la muchacha logra terminar a tiempo su tarea y tejer dolorosamente las camisas para sus hermanos, una de ellas tiene que quedar incompleta condenando al más pequeño de los príncipes a vivir ya para siempre arrastrando la desgracia de su terrible deformidad? El ala de cisne significa muchas cosas, pero sobre todo, como la jaula de madera, impide que todas las preguntas queden contestadas y que el final se cierre de una forma demasiado abrupta.

Eso lo saben muy bien las madres. Saben que no pueden dar a sus hijos todo lo que éstos les piden porque entonces estarían construyendo para ellos una jaula de oro, en la que no podrían vivir. Tal vez merezcas un lugar así, les dicen, pero yo no puedo dártelo. Es más, si alguna vez lo encuentras recuerda que lo tienes que abandonar. Por eso les piden que abandonen la casita de chocolate. Si no fuera así, ¿cómo podrían regresar del bosque? Los cuentos hablan de ese regreso. Pero el final feliz, tan necesario para decir a los niños que si se esfuerzan obtendrán su recompensa, nunca debe despejar todas las dudas, a riesgo de estar engañándoles. Todos los verdaderos cuentos dejan ese rosario de preguntas, preguntas que seguirán viviendo más allá de su final. El final feliz sólo significa eso, que es posible instalarse sin angustia en el reino de la incertidumbre. ¡Y qué inmenso es ese mundo! Concluido un cuento, todas las preguntas sin contestar volverán a vivir. ¿Por qué la casita de la bruja era de chocolate, por qué dejamos atrás cabezas que hablan, zorros que nos ayudan a vivir, muchachas dormidas, palabras encantadas? ¿Tenemos que renunciar a todo eso? La respuesta es el ala de cisne. Busca en ti, nos dice ese ala. En algún lugar de tu cuerpo encontrarás un resto, una escama, una pluma, un trocito de cresta, algo que indica ese origen. Vivir es aprender a descubrir en el otro, y en uno mismo, esos restos encantados, y encontrar la manera de que se integren en el mundo. Nunca será posible sin provocar un trastorno. Y así como el príncipe debe aprender a vivir con su ala, la Bella Durmiente tendrá que hacerlo con su terrible propensión al sueño, o Blancanieves con esa afición loca que, sin duda, la habrá quedado por las cosas menudas, recuerdo de su tiempo en el bosque en compañía de los enanitos. ¿Y qué decir de la Niña de los Gansos? ¿Cómo puede extrañarnos que cuando vaya al mercado le dé por hablar con las cabezas de los animales sacrificados? ¿Era tan mala, después de todo, Salomé al pedir la cabeza de san Juan, o sólo estaba queriendo lo que todas las muchachas del mundo, que aquellos que aman les cuenten cosas sin parar?

Y los padres, ¿qué papel tienen en todo esto? Cuentan cuentos a sus hijos, pero saben que no deben servir al que duerme. El amor no es una urna de cristal, no es una jaula de oro, ése es el mensaje de los enanitos. Los padres tratan de explicar esto a los niños y prepararles para la vida. Pero también, sería absurdo negarlo, les cuentan cuentos para tenerles a su lado dormidos. Les ven un momento y luego se van. Los enanitos son los padres que lloran. Han quedado hechizados por esos príncipes y princesas de oro que son todos los niños, y saben que antes o después tendrán que dejarles partir. Por eso los cuentos también son buenos para ellos. Les sirven para prepararse ante el dolor que inevitablemente sentirán cuando les vean marchar.

Gustavo Martín Garzo es escritor.

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