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martes, 22 de septiembre de 1998
Tribuna:

De Abraham Lincoln y la esclavitud

En el verano, en algún momento, independientemente de la cantidad de malas noticias en la prensa que intente absorber, siempre leo algún libro totalmente desconectado de mi trabajo actual. Y el último fue la magnífica biografía de Lincoln por el historiador de Harvard David Donald. Puede que anime a otros, como me animó a mí, a reflexionar sobre el papel de Lincoln en la abolición de la esclavitud en Estados Unidos.Desde el periodo de la convención constitucional de 1787 hasta el estallido de la Guerra Civil en 1861, la esclavitud, independientemente de que se debatiera acaloradamente o se evitara educadamente, fue el tema más doloroso de la política estadounidense. Los Padres Fundadores no fueron capaces de ponerse de acuerdo sobre una posible abolición, pero especificaron que la trata de esclavos se volvería ilegal en 1808 (20 años después de la ratificación de la nueva Constitución).

Pero la invención en 1793 de la desmotadora de algodón -una máquina que separaba rápida y eficazmente el algodón de sus semillas- renovó repentinamente la importancia económica de la esclavitud. Durante las primeras décadas del siglo XIX, la prosperidad del Sur empezó a depender cada vez más de la exportación de una enorme cosecha de algodón a las fábricas de tejidos de Inglaterra y Europa. Y la economía de las plantaciones dependía de la dócil mano de obra esclava y de la desmotadora de algodón. Empezaba a desarrollarse un conflicto aparentemente inevitable entre los Estados del Norte, que habían abolido la esclavitud en sus respectivas constituciones, y los Estados del Sur, que no sólo mantuvieron la esclavitud dentro de sus Estados, sino que además exigían que fuera legal en los nuevos Estados que se estaban creando con la expansión hacia el Oeste de la Unión Federal.

Abraham Lincoln nació en 1809 en el Kentucky rural. Trabajó como jornalero en Indiana e Illinois y con el tiempo se convirtió en un abogado de éxito en este último Estado. Se formó de modo autodidacta en literatura inglesa y derecho, y albergaba intensas ambiciones políticas. Tanto sus amigos como sus enemigos le conocían por dos excelentes cualidades que le hicieron difícil su vida política: su honestidad y su ternura.

Desde el momento en que entró en la política, Lincoln manifestó el odio que sentía por la esclavitud, pero al igual que una amplia minoría de norteamericanos blancos mantuvo la esperanza de que se encontrara alguna forma de poner fin a "la peculiar institución" sin una guerra. La posición adoptada por Lincoln, y por la coalición de whigs y demócratas contrarios a la esclavitud que luego se convertiría en el Partido Republicano, fue que no se debía permitir que la esclavitud se extendiera a ninguno de los territorios occidentales. La idea era que si la esclavitud se limitaba a los Estados ya existentes con plantaciones, el predecible agotamiento del suelo y la diversificación, lenta pero segura, de la nueva economía industrial, pondrían fin a la esclavitud.

Sin embargo, la política de la década de 1850 convirtió esas esperanzas en utópicas. El Sur exigía, y obtuvo del Congreso, la ampliación de la esclavitud a algunos de los nuevos Estados y territorios federales; también, en 1850, el Congreso aprobó una Ley sobre Esclavos Fugitivos que obligaba legalmente a todos los norteamericanos a ayudar a los jefes de policía federales a capturar a los esclavos huidos (una ley que mucha gente evadía). Pero el peor golpe para los moderados como Lincoln fue una decisión del Tribunal Supremo en 1858: en el caso de Dred Scott, el Tribunal dictaminó que el Congreso no tenía derecho a legislar sobre la esclavitud en los territorios. Esta decisión destruyó explícitamente la base legal para cualquier iniciativa legislativa encaminada a impedir la creación de nuevos Estados esclavistas. El Tribunal dictaminó también que cualquiera que tuviera antepasados esclavos (en otras palabras, todos los negros que en ese momento eran libres) no podrían ser considerados ciudadanos y, por consiguiente, no tenían derecho a llevar sus quejas ante los tribunales norteamericanos.

Como candidato a la presidencia en 1860, Lincoln denunció la decisión sobre Dred Scott e insistió en que la esclavitud no debía extenderse a los nuevos Estados. Pero con la esperanza de evitar la guerra, también repitió sus promesas anteriores de no interferir con la esclavitud en los lugares en que había existido tradicionalmente. No obstante, el Sur consideró que el que saliera elegido era un casus belli. Entre las elecciones de 1860 y su toma de posesión el 4 de marzo de 1861, 11 Estados se separaron de la Unión y formaron los denominados Estados Confederados de América.

Aunque la mayoría de la gente del Norte sentía auténtico odio por la Ley sobre Esclavos Fugitivos, Lincoln estimó, apropiadamente, que la opinión pública en general no estaba en absoluto preparada para una invasión militar de los Estados escindidos con el propósito de abolir la esclavitud. Como Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, definió su objetivo militar no como una guerra contra la esclavitud, sino como una guerra para preservar la Unión Federal. No reconoció a los Estados Confederados, como tampoco hizo ninguna potencia extranjera. En todos los pronunciamientos de Lincoln, los ejércitos del Sur eran definidos como grupos de individuos en rebelión contra la autoridad constitucional de Estados Unidos. Hacia el final de la contienda, esa ficción legal permitió a este Presidente que odiaba la guerra, restaurar la ciudadanía y los gobiernos locales del Sur tan pronto como cesaron su resistencia militar.

Al mismo tiempo, mientras que la restauración de la Unión era el objetivo anunciado, el Presidente utilizó toda su autoridad personal y política para asegurarse de que la guerra pondría también de hecho fin a la esclavitud. Con su consentimiento extraoficial, se produjo una emancipación de facto dondequiera que los ejércitos de la Unión a las órdenes de oficiales opuestos a la esclavitud ocupaban territorios donde había esclavos; y el ejército de la Unión aceptó voluntarios negros. Pero como las actitudes individuales de los blancos eran tan variadas, se esforzó en evitar cualquier ambiente de cruzada y contracruzada y en ofrecer la emancipación gradual y legal en plena guerra.

Éste era el propósito de la Proclamación de la Emancipación de julio de 1862, en la que anunció, como medida militar, que el 1 de enero de 1863 declararía a "todas las personas mantenidas como esclavos en cualquier Estado... en el cual la autoridad constitucional de Estados Unidos no esté por consiguiente reconocida en la práctica... libres para siempre".

Al notificarlo con seis meses de antelación y evitando los sermones farisaicos, confiaba en minimizar el inevitable resentimiento de los propietarios de esclavos y reducir las pasiones vengativas en el Norte. A los numerosos blancos que se oponían a la emancipación total les decía tranquilamente que la desaparición de la esclavitud beneficiaría a blancos y negros por igual. A lo largo de los dos años y tres meses de guerra que siguieron consultó a los líderes negros libres sobre el futuro de su gente y fue el primer Presidente que invitó a negros a la Casa Blanca.

El 4 de abril de 1865, Lincoln consiguió entrar en la ciudad de Richmond, que había sido la capital confederada. Pongo fin a este artículo con una breve cita extraída de la biografía de Donald: "Tras presentarse sin aviso ni fanfarria, el Presidente fue reconocido primero por algunos trabajadores negros. Su líder, un hombre de unos sesenta años, dejó caer su espada y echó a correr, al tiempo que exclamaba: "¡Bendito sea el Señor, ahí está el Gran Mesías! ¡Gloria, aleluya!". Tanto él como los demás cayeron de rodillas e intentaban besar los pies del Presidente. "No os arrodilléis ante mí", les dijo Lincoln, avergonzado. "Eso no está bien. Sólo debéis arrodillaros ante Dios, y darle las gracias por la libertad que disfrutaréis de ahora en adelante". Diez días después, Lin-coln fue asesinado por un partidario del poder esclavista derrotado. Con su muerte, fue apartado de la escena el estadista más importante a favor de la justicia racial y la reconciliación nacional".

Gabriel Jackson es historiador.

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