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Tribuna:

Retales de conversacion

-Usted tiene que oír aquí de todo, ¿no? -le pregunté al taxista.-De todo, sí, pero pedazos de todo nada más. Al principio llevaba una libreta y apuntaba las frases con la idea de que en su día podrían tener algún valor, pero son restos, ya le digo. Lo mismo que encontraría usted en un cubo de la basura. Las frases que se pronuncian en el taxi son como mondas de naranjas. No sirven para nada.

-Sé de un tipo que se hizo rico cogiendo papeles de la papelera de un banquero y vendiéndoselos a sus enemigos.

-No es lo mismo; un papel lo desenrollas y a lo mejor encuentras una carta. O un enemigo. Pero qué sentido tiene, por ejemplo, una conversación como la que acabo de oír. Resulta que, antes que usted, se me han subido dos tipos en Amaniel, salían de los apartamentos Love, y le pregunta uno a otro que cómo seguía Ricardo. Y el otro dice que mal, muy mal...

Tuve un movimiento de aprensión porque yo me llamo Ricardo, así que le pregunté por el aspecto que tenían esos hombres.

-Uno era alto, con bigote. Se me ocurrió que era médico, porque dijo: "Está preocupado con lo del riñón, pero si mejora un poco, que no lo creo, la verdad, tiene que darse cuenta de lo nuestro porque es que es muy descarado ya. Nos vemos a todas horas".

Estuve a punto de decirle al taxista que se callara, quién me manda a mí hablar con los taxistas. El caso es que yo también ando fastidiado con el riñón, he tenido dos cólicos frenéticos, o nefríticos, no sé, y me está tratando precisamente un cuñado mío que es médico y tiene bigote. Además, mide 1,85.

-¿Qué cree que. quería decir con lo de lo nuestro? -pregunté aparentando indiferencia.

-No sé, yo creo que éste, el del bigote, engañaba al tal Ricardo con su mujer, pero Ricardo no se entera porque está muy preocupado con lo del riñón. Y, por lo que les oí decir, tiene razones para preocuparse.

Me puse blanco. Luego empecé a sudar de miedo, y mientras sudaba me acordé de que nunca me habían gustado las confianzas que mi mujer se tomaba con mi cuñado, ni el dolor éste del riñón, que me dio al año de casarme. El taxista, afortunadamente, se había callado, de manera que conseguí racionalizar la situación y me di cuenta de que todo eso era un disparate. Qué iba a hacer mi cuñado en los apartamentos Love de la calle de Amaniel. Además, ¿por qué tenía que tratarse de mi cuñado? Había comenzado a sonreír por todas estas coincidencias, cuando añadió:

-Para mí que el del bigote está envenenando al tal Ricardo con una sustancia que le ataca el riñón.

La angustia me volvió de golpe.

-Déjelo usted ya, por Dios -rogué- Por cierto, ¿cómo era el otro?

-Como usted de alto, con gafas. Comentó que el tal Ricardo era un gilipollas, pero que tenía una naturaleza de hierro. También era médico, me parece, porque le aconsejó al otro aumentar la dosis en términos muy técnicos.

Resulta que tengo otro cuñado que es como yo de alto y que lleva gafas. Además, siempre se ha creído que soy un gilipollas porque no aguanta que le gane al tenis, y es que yo, antes de lo del riñón, era un deportista.

-Mondas de naranja, como usted ve, desperdicios de conversaciones que no sirven para nada. Eso es el taxi.

-Claro -añadí yo pidiéndole que diera la vuelta y me llevara corriendo al Ramón y Cajal. Qué vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de marzo de 1994

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