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viernes, 6 de noviembre de 1992
Tribuna:

Los micropoderes

  • LA COACCIÓN A LA LIBERTAD

Un micropoder, afirma el autor, es aquella potestad o facultad que por el uso, las costumbres o las convenciones sociales, son ejercidas por la persona que en la ocasión la ejerce, entrando en el ámbito de tu derecho o de tu libertad. Estos micropoderes, agrega, no están bajo control ni sujetos a disciplina legal.

La regla, el principio general, debe ser el respeto de la libertad, interior y exterior.El poder de constreñir al individuo, al ciudadano, no puede ser reconocido u otorgado a cualquiera. En principio nadie debe hacer violencia a nadie.

Para que esa coacción, constricción o violencia sea admisible debe estar plenamente justificada y, además, prevista en lo posible y a semejanza de lo que significa el principio de legalidad para delitos e infracciones (legales, corporativas, profesionales, sindicales, etcétera). Previsión ciertamente difícil, por no decir imposible, pues así puede ser calificado el deseo de total seguridad que entraña la idea de que el hombre, en su total conducta, pueda saber lo que puede o no debe hacer y, más en concreto, lo que puede hacer sin constricciones y sin consecuencias perjudiciales para él. En suma: cuál es el ámbito de la libertad, cuándo el ejercicio de mi libertad es en verdad libre, inmune, exento, de consecuencias gravosas. No se ha superado aún la intuición de Kant: soy libre mientras no atente a la libertad de los demás.

Pero ¿hasta qué punto los demás pueden coartar mi libertad? ¿Hasta qué extremo los demás no deben ser mi infierno (Sartre), mi cuarto oscuro, mi soledad cerrada?

En la macroorganización de la convivencia, el trazado de los límites de los poderes y libertades corre a cargo del llamado derecho público y, en primer lugar, de las constituciones. Éstas, donde las hay, claro, determinan con más o menos precisión las competencias de los llamados poderes del Estado -legislativo, ejecutivo y judicial- y, en cierto modo, de otros poderes, o mejor funciones o servicios.

Cualquiera que haya leído -ahora más bien oído- a Montesquieu lo sabe: como el poder tiende al abuso es menester que el poder frene al poder, de manera que ni el legislativo juzgue, ni el judicial legisle, ni el ejecutivo legisle o sentencie, limitándose a gobernar y administrar, que ya es bastante y mucho (de hecho es el poder más poder y el más difícil de limitar y controlar, pero ésta es otra historia, que diría Kipling).

Puede afirmarse, aunque no con mucho entusiasmo, que la regulación constitucional del recíproco juego y control de esos máximos y tradicionales poderes (repito: legislativo, ejecutivo y judicial) es bastante satisfactorio y, mal que bien, la cosa funciona, aun con distorsiones.Bajo el gran manto

Pero la vida humana es más rica, mucho más rica que las previsiones del más lucido e imaginativo legislador constituyente. Debajo del gran manto de los grandes poderes, servicios y funciones late, se mueve y vive otra vida menos rimbombante, es cierto, pero más enjundiosa, directa, íntima, personal, comprometida con el presente, con el instante, con el afán diario que, en definitiva, determina la suerte o desgracia de cada cual. No en balde decía César Vallejo que el hombre se compone sólo de días. Y esta vida, que es la importante -la que nos importa-, cierto y veraz es que puede ser malbaratada, deshecha, disminuida, recortada, hecha una desgracia y una pena por obra de lo que vamos a llamar los micropoderes. Un micropoder igual puede ser un gusano que un elefante, pues lo que les distingue es la nota de no pertenecer ni a los grandes poderes constitucionales ni a las potestades, funciones o derechos que las leyes prevén.Observación anticipada: un micropoder puede hacerte la puñeta o más difícil la vida que el poder judicial o el ejecutivo, pongamos como ejemplo. Porque contra los micropoderes no hay recursos.

Pero ¿qué es un micropoder? He aquí un intento de descripción, más que de definición: un micropoder es aquella potestad o facultad que el uso, las costumbres, las convenciones sociales e incluso las leyes, reglamentos y ordenanzas en su letra pequeñita o en su tácito contexto permiten y son ejercidas (la potestad o facultad) por la persona -o funcionario- que en la ocasión la ejerce, entrando en el ámbito de tu derecho, de tu aspiración, de tus esperanzas o de tu libertad.

Pero, como he dicho, a veces es mejor describir que definir. Vean esta lista provisional y urgente de micropoderes, ejercicios por:

El padre, la madre, el hermano mayor, la tía, el marido, la mujer, etcétera; es decir, los parientes que deciden en un momento determinado no sólo sobre tu salida por la noche, sino acerca de tu destino vital, tu profesión, oficio o carrera. Entre los parientes pueden incluirse los consejeros familiares, laicos o religiosos (párroco, padre espiritual, etcétera). Basta repasar la historia y la literatura del XIX para comprobar lo que significaba en una familia el cura.

Los amigos más ricos, más listos, más poderosos o emocionalmente prepotentes, capaces sin duda alguna de orientar tu rumbo o de modificarlo, fundados en una presunta autoridad moral

El empresario o patrono que te cambia de trabajo o de destino, sin llegar a despedirte, pero disponiendo de tu plan de vida, de tu libertad dentro del trabajo.

Los dirigentes o cargos de un partido político, de un sindicato, asociación o club, quienes con sus decisiones, unipersonales o por mayoría con otros miembros, alteran tu albedrío, bien para el trabajo, bien para tu ocio.

Los porteros de fincas urbanas, los cuales pueden influir, con sus informes a la autoridad, sobre tus vidas.

Los empleados o funcionarios situados tras una ventanilla. En un cuento que me declaro culpable de haber escrito (iah!, ya hace años) proponía, como solución infalible para curar un complejo de inferioridad a un pobre hombre, colocarlo como funcionario detrás de ese fatídico cuadrículo encristalado y ante el cual todos los ciudadanos solicitantes se sienten peor que esclavos.

Los médicos secretistas, ante los cuales te sientes tan débil como ante el Dios del Sinaí, aunque luego sean tan bondadosos como san Francisco.

En general todos aquellos que poseen algún secreto tuyo disponen en cierto modo de algo tuyo, es decir, de tu libertad para mantener tu silencio.RestriccionesLa innumerable serie de operarios y artistas (luz, agua, gas, carpinteros, albañiles, fontaneros, mecánicos de automóvil, etcétera) que tienen en sus manos (nunca mejor dicho: trabajos manuales) tus horas y tus días, tu comodidad o tu trabajo.

El componente o componentes de un grupo o conjunto que con su voto deciden de tu esperanza o derecho, con la mejor o peor voluntad, que esa es otra cuestión.

Y más que se podrían citar y que el discreto lector ya encontrará en su propia experiencia. En general, esos micropoderes, no sujetos a disciplina legal, tienen escasa posibilidad de control y su ejercicio, por tanto, convierte la vida social en una telaraña entretejida de restricciones, sin que el ciudadano, víctima al cabo, pueda defenderse. Aquí sí que Montesquieu no puede hacer nada frente a esos espacios vacíos de control.

Y sin embargo, tendría que haber algún remedio. Remedio que procedería no de una mayor restricción de las libertades, sino de una mejor protección de ellas. Hay que partir de la idea de que no sólo el Estado y sus órganos, las autoridades y poderes públicos son los que puedan violar o desconocer los derechos constitucionales y fundamentales que la CE prevé y ampara. También un particular puede quebrantar uno de esos derechos contra otro particular. Hay que regular, pues, su protección. ¿Más leyes? Sí, más leyes. Sólo aquellos que no se sienten amenazados, son o pueden ser las portavoces de aquello tan bonito en apariencia: "Las mejores leyes son las que no existen". Diciendo esto se creen profundamente liberales o dentro de un auténtico anarquismo. Pero nunca he oído aquella frase de labios de un marginado, de un minuspotente, de un no poseedor.

De esto ya saben muchos las diversas asociaciones (usuarios, consumidores, etcétera) que ya hace tiempo descubrieron lo que ahora llamo minipomposamente micropoderes. Que tengan suerte. Como la tienen los que se benefician de los micropoderes cuando éstos se ejercen de modo, si no inverso, sí distinto de los hasta ahora descritos. El más típico y tópico es la recomendación, la designación directa, el apoyo de una autoridad o alto cargo, de vocal, consejero, etcétera. Aquí la voluntad del amigo benefactor es la que decide. El beneficiado, un simple voto cautivo. Pero ésta es también otra historia. Puesto que los beneficiados no van a protestar contra el micropoder, siempre quedará como primer problema el del perjudicado, del que hemos hablado más y quien a la postre, es el que puede quejarse.

Reconozco que el análisis que he hecho sobre los micropoderes es harto superficial; pero rasgue el lector en esa superficie y verá con qué facilidad llega a profundidades abisales.Carlos de la Vega Benayas es magistrado del Tribunal Constitucional.

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