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jueves, 30 de mayo de 1991

Los penaltis dieron el titulo al Estrella Roja

  • Los yugoslavos ganan al Marsella en una pobre final de la Copa de Europa

Nos rompieron las ilusiones. Deseábamos que dos equipos de calidad ofreciesen una exhibición de sus talentos ofensivos, pero hoy día, y más aún en una final europea, los técnicos se resisten a dar al aficionado neutral el regalo apetecido. Sólo anhelan brindar la victoria a su parroquia.Ambos equipos decidieron que el éxito pasaba no por explotar sus propias cualidades, sino por anular las del rival. Raymond Goethals, el técnico del Marsella, anunció sus intenciones al eliminar del centro del campo a un artista como Tigana para incorporar a Fournier con la misión de perseguir a Prosinecki.

Al mismo tiempo, Germain realizaba el preanunciado marcaje a Savicevic, y Di Meco anuló a Binic. A raíz de todo lo expuesto, Pancev se quedó sin suministro. Por el bando contrario, Sabanadzovic, convertido en el lateral derecho por la lesión de Radinovic, se ocupaba de Pelé; Nadjoski, de Papin, y Marovic, de un Waddle muy intermitente.

Así se eclipsaron todas las estrellas que nosotros -Mendoza incluido- habíamos venido a observar. Además, el Marsella dejaba tan sólo a Mozer y Boli defendiendo la raya del centro del campo cuando tenía el balón. Cuando lo tenían los yugoslavos, cuatro hombres, en línea cedían sólo 10 metros de su propio territorio y tendían la trampa del fuera de juego.

De esta forma, el espectáculo se reducía a una serie de batallas individuales entre creyentes de que jugar al primer toque representa un sacrilegio. Entre unos doctores en ciencia futbolística condenados a utilizar su maestria para retener la pelota y luego entregarla con criterio conservador sin poder levantar la cabeza. Con los discipulos de Goethals reduciendo las dimensiones del terreno de juego, no había espacio para más.

El Estrella Roja no sabía cómo romper el dominio territorial del conjunto francés. Los hombres de Petrovic, acostumbrados a suministrar pases a los pies de sus genios y esperar el milagro, sólo intentaron aprovechar los solares abiertos detrás de la defensa francesa con un par de pases largos hacia huecos aprovechables por alguna galopada del extremo derecha Binic, una de las cuales acabó en un tiro a la parte externa de la red en el minuto 12.

Por si todo esto fuera poco, los avances de unos y otros se cortaban en un sinfín de faltas que, según los deseos confesados de Goethals, eran demasiado lejanas para ser dañinas para la salud de los porteros.

La excepción que corfirmó dos reglas fue un pase largo al hueco detrás de la defensa francesa en el minuto 78 que acabó en una falta a Pancev al borde del área rematada contra la pared por Prosinecki. Minutos después rozó el poste con una, repetición desde más lejos. El rubio Prosinecki al menos dio fe de su calidad a base de cubrir kilómetros y hacer recordar en algunos momentos al Schuster de hace una década.

Todo lo demás significaba una victoria por puntos de un Marsella más compacto. Mientras el Estrella Roja no daba trabajo al portero Olmeta, los franceses inquietaron a Stojanovic durante muchas fases del segundo tiempo, sobre todo a través de tres remates de cabeza, uno de Casoni y dos de la estrella inglesa Waddle. El Marsella llegaba con insistencia, pero no encontraba el golpe de finitivo. El abandono en el minuto 84 de Savicevic, entre lesionado y aburrido, pareció señal de que los yugoslavos iban a disputar la prórroga con el conjunto aún más debilitado. Pero durante la media hora adicional ni siquiera el golpe de efecto de la entrada de: Stojkovic frente a sus ex companeros produjo el resultado deseado por los jugadores franceses.

Las dos horas de juego acabaron en un rosario de golpes, fricciones y amagos de tangana. Al final de todo, el líbero rumano-yugoslavo Belodedici, uno de los verdugos del Barcelona en 1986, se convirtió en el primer jugador campeón de Europa con dos equipos distintos pero de idéntica, forma: empate a cero, prórroga y penaltis.

Queríamos hablar de figuras y goleadores y acabamos ha blando del portero Stojanovic, teóricamente el eslabón más débil del Estrella Roja, pero que acabó decidiendo el destino de la Copa de Europa al pararle el penalti a Amorós. Queríamos poesía, pero nos dieron prosa.

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