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sábado, 1 de septiembre de 1990
CARTAS AL DIRECTOR

El sueño de las mil y una noches

Renningen, RFA. 1 SEP 1990

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El teléfono sonó a las tantas de la madrugada como un ronquido histérico, y una voz me suplicó que pasara a visitarle. No me fue posible rendirle visita hasta el 5 de agosto. La puerta de la buhardilla estaba entreabierta. Desde el umbral contemplé el cuerpo ,agonizante de mi amigo, convertido en una columna de arena del desierto por los efectos del abrasador cañonazo de sol que caía desde la tronera del tejado sobre su rostro cadavérico. Estaba expirando consumido por las llamas de una hoguera sahariana, y su boca, incomprensiblemente, dibujaba una apacible sonrisa de triunfo, presagio de que aquellas calcinadas dunas que durante milenios fueron océano volverían, a ciencia cierta, a ser cubiertas por el agua de la procreación. Tomé su cabeza entre mis manos, y antes de que exhalara el último suspiro aún pudo musitarme al oído: ¡Ben Bella!EL PAÍS dominical aparecía desparramado junto a la cama. Al ir a recogerle las manos tuve que arrancarle de la siniestra la página que insertaba la fotografia y la entrevista "del primer presidente de la Argelia independiente". Mientras desnudaba y lavaba el cuerpo de mi compañero del alma iba recordando frases sueltas de una ajetreada historia que cierta interminable noche me narró:

"En 1961 me exilié en Francia. Jean Paul Sartre sentenciaba en las aulas abarrotadas de la universidad parisíense de la Sorbona: 'el sionismo es la punta de lanza del imperialismo norteamericano en Oriente Próximo'. Las circunstancias quisieron que me ocupara de los soldados sírios que llegaron a los hospitales del norte de Francia destrozados por el napalm israelí, fruto de la Guerra de los Seis Días. Particípé en muchas batallas políticas en favor de una Argelia libre. En 1965 me desplacé a Argel para servir la causa de Ben Bella; pero ese mismo año el ideal benbelista

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de socialismo en libertad quedó hecho añicos por el golpe dictatorial de Bumedián. Aquella tragedia me sumió en la desesperación personal y política que, con el correr del tiempo, a duras penas pude superar...".

Hace un par de minutos mi compadre ha finalizado su ciclo biológico en tanto que ser humano avanzado. Sus aspiraciones se han fundido en el superior designio mutacional de la naturaleza universal. Él, que necesitaba más ayuda que nadie, dedicó toda su existencia a entregarse al prójimo. En varias ocasiones se jugó la vida en defensa del trabajo político de Ben Bella; y en este preciso instante que clavo mis ojos en su boca, comprendo la sonrisa de triunfal felicidad que cruza su rostro de difunto viviente. El azar ha querido que EL PAÍS le trajera a Ben Bella a su lecho de muerte, como premio y reconocimiento por haber padecido apasionadamente hambre y sed de justicia. Estoy convencido de que en el halo aleteante en que mi imaginación proyecta al camarada ejemplar resuena el eco de las palabras del septuagenario ex presidente argelino: "Los españoles tienen un perfume particular, un perfume maravilloso. Sean buenos europeos, pero guarden ese perfume". Palabras que se desgranan como pétalos de rosas sobre la sílice de su cuerpo fecundado en oasis; puente por donde cruzará el proyecto de hermandad entre árabes y europeos subyugando a sus pueblos con las esencias divinas de un embrujador sueño de las mil y una noches.- Pedro Navarro Torrecillas.

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