_
_
_
_
Reportaje:

La deslocalización del sexo

Empresas francesas de "telefonía erótica" se instalan en Marruecos para atender a sus clientes rebajando costes

"¿Se te transparenta tu pezón a través de la camiseta?". Henri, un francés cincuentón residente en Lyon, manda este SMS a un número abreviado por el precio de un euro. Su destinataria es una morena atractiva que le acaba de enviar su fotografía, mediante un MMS, en la que aparece con una prenda blanca ceñida. Henri se adentra así en una charla erótica, mediante mensajes cortos tecleados en su teléfono, con la que cree ser una joven compatriota, de 32 años, llamada Sylvie que vive no muy lejos de su ciudad.

Pero Sylvie no existe y del otro lado del teléfono o, mejor dicho, desde el teclado de un ordenador, el que estimula sus fantasías es un chaval marroquí de 22 años, Reda, que trabaja como teleoperador erótico en Casablanca. A su lado otras dos decenas de chicos y chicas de su edad mantienen conversaciones similares con clientes en Francia y Bélgica.

El abaratamiento de las telecomunicaciones y los bajos sueldos de Marruecos incitaron, a principios de esta década, a las empresas que ofrecen servicios telefónicos -desde información sobre números hasta televenta- a trasladar al sur del Mediterráneo a varias de sus plataformas. Reducían así sus costes entre un 30% y un 40%, según fuentes del sector.

Primero desembarcaron los mastodontes franceses del sector, que recurrieron a los jóvenes francófonos del centro del país. Después se instalaron las españolas Atento, filial de Telefónica, y Grupo Konecta (http://www.grupokonecta.com/html/sedesafrica.html) , vinculado al Santander, que abrieron sedes en Tánger y Tetuán, atendidas por ex alumnos de los institutos españoles de ambas ciudades, y en Casablanca, para dar servicio al mercado francés. Ahora hay unas 140 plataformas en Marruecos que generan 25.000 empleos de los que 1.400 corresponden a Atento.

El rey "Mohamed VI ha impulsado la instalación de plataformas telefónicas para dinamizar la economía marroquí en el siglo XXI como su padre, Hassan II, hizo en el siglo XX con las fábricas textiles", sostenía Murielle Florin, la directora francesa de la filial en Marruecos de B2M en una entrevista con el diario marroquí Libération.

Hace un par de años llegaron de Francia con sigilo otras empresas del sector, más pequeñas, especializadas en lo que los franceses llaman messagerie rose. Se registraron legalmente como plataformas de servicios telefónicos, pero no especificaron que se dedicaban a la mensajería erótica. No les fue fácil reclutar en un país musulmán en el que no podían poner anuncios en la prensa.

"Me enteré por el boca a boca", recuerda Reda, estudiante de Económicas, que hace ya dos años fue contratado por una de estas plataformas. "Me ofrecieron pasar una prueba para un empleo de telecomunicaciones culturales, pero quedó claro que solo se trataba de hablar de sexo", prosigue. "Aunque ahora se han ampliado nuestros servicios a la astrología, la videncia y hasta hacemos de echadores de cartas".

Reda, un chaval fortachón y jovial, y Samira, una escuálida estudiante de farmacia de 23 años, son los únicos teleoperadores que aceptaron entrevistarse con este corresponsal por separado y a condición de que no se publicasen sus verdaderos nombres ni el de su empresa. No en balde los contratos que firmaron les prohíben divulgar el contenido de su trabajo del que sus padres tampoco saben nada. "Yo no se lo he contado ni a mis mejores amigas", asegura Samira. "Me da vergüenza".

"Para el teleoperador el curre es parecido al Messenger de MSN", explica Reda. "Hay chicas, y algunos chicos, virtuales, con un perfil predeterminado que incluye nombre, edad, lugar de residencia, medidas corporales y, por supuesto, fotos de personas atractivas, pero no muy guapas para resultar creíbles", añade. "Los clientes se dirigen a ellos y nosotros les contestamos como si estuviésemos en su piel".

"Hay que enviarles no menos de 150 SMS cortos por hora" excitando su libido "y obtener a cambio la más alta tasa de respuesta -nunca supera al 90%-, alargar la charla todo lo posible y lograr que soliciten, por ejemplo, recibir minivídeos en el móvil en los que su interlocutora hace streep tease", relata Reda. Cada uno les cuesta tres euros. "Por último hay que engancharles para que repitan".

"Los clientes son de todo tipo, en su mayoría hombres maduros frustrados o inmaduros que buscan sexo virtual, pero a veces también cariño", explica Samira en la terraza de una cafetería. "Hay también gays y unas pocas mujeres que, con frecuencia, se sienten solas", prosigue. "Ellas son las únicas que, mayoritariamente, se conectan a lo que llamamos el salon soft para tener charlas menos salvajes".

"Muchos clientes te acaban pidiendo tu número de móvil particular para tener un contacto más directo -está prohibido darlo- y hay algunos que están tan colgados que declaran su amor a la chica virtual", recuerda Samira. "Entonces se acrecienta mi mala conciencia por tener esta ocupación", se lamenta. El engaño al cliente sobre la identidad de su interlocutora no parece, en cambio, perturbarla.

Chicos y chicas de la plataforma atienden indistintamente a usuarios de ambos sexos "aunque casi todos preferimos a los hombres porque son más fáciles de "calentar", subraya Reda. Hacen turnos de, como mucho, ocho horas al día y cuando uno acaba el trabajo "lo releva otro compañero con el cliente ardoroso". Este ignora todo de la permuta.

En el gran dúplex del centro de Casablanca donde se instaló la plataforma trabajan unos 150 jóvenes teleoperadores, de los que menos de un tercio con mujeres, pero no suelen coincidir más de 25. Responden a los SMS 24 horas al día, festivos islámicos incluidos, aunque la hora punta se sitúa al caer la noche. Están bajo la supervisión de unos jefes franceses. En Casablanca, revelan Reda y Samira, hay otros dos centros de mensajería erótica en francés, pero más pequeños.

La empresa paga a sus operadores 20 dirhams la hora diurna (1,9 euros) y 27 (2,55 euros) la nocturna. Un trabajador que se apunta a la semana laboral de 40 horas rebasa los 330 euros mensuales, la tercera parte de lo que ganaría en Francia. Los ingresos de Reda rondan, sin embargo, los 500 euros. "Me he reconvertido con los nuevos productos, videncia y astrología, que están algo mejor remunerados", explica, porque requieren un mejor conocimiento del francés.

Reda vive con sus padres en una familia acomodada. "Curro para ser independiente", asegura. Samira no es de Casablanca y se aloja en una residencia universitaria. No tiene beca y vive a costa de sus padres. "Trabajo para resultarles menos gravosa y permitirme algún extra", confiesa como si se disculpara.

¿Cómo llevan las chavalas esta especialización telefónica en un país musulmán? "Para la mayoría es una mera fuente de ingresos y entre nosotros hay incluso alguna con hijab (pañuelo islámico)", responde Samira. "También hay alguna otra que no aguantó y se fue", reconoce. "Durante la pausa, en la plataforma, a veces comentamos entre nosotras las ocurrencias de algún cliente, pero en la calle o en la universidad hacemos abstracción de esa "profesión".

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_