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LA COLUMNA | OPINIÓN
Columna
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'Contra natura'

Llevamos tanto tiempo familiarizados con la presión, persistente, sistemática, de políticas dirigidas a la construcción de identidades colectivas que todo lo que se mueve bajo el sol parece sospechoso de un impulso identitario. Así ha ocurrido con el proceso de formación y toma de posesión del nuevo Gobierno de Euskadi. Si el factor identitario nacionalista no anduviera por medio, nadie habría juzgado el acuerdo que ha llevado a un socialista a la lehendakaritza como una opción extravagante, contra natura, explicable sólo por la defensa de una presunta identidad; se habría juzgado como la decisión más racional de todas las que ofrecían al PP y al PSE en la nueva Cámara. Sin duda, como siempre en sistemas pluripartidistas, unos se habrían manifestado a favor, otros en contra. Pero nadie la habría juzgado contra el orden natural de las cosas.

Porque de lo que se trataba era de formar un gobierno que no repitiera la experiencia, vivida por todos los actores de este proceso, que puso a los pies de una organización terrorista a los dos partidos ahora coligados. La memoria es corta pero la distancia no es tan larga: ocurrió hace apenas 10 años. El Gobierno de coalición PNV-PSE acabó apuñalado por un pacto inicuo PNV-ETA del que ha vivido la política nacionalista durante todos los años de Ibarretxe. Nada importó, políticamente, al PNV que ETA volviera a asesinar a miembros de los dos partidos que en el acuerdo sellado en 1998 quedaron marcados con el estigma de enemigos del pueblo vasco.

No fue un pacto sobre papel mojado. En los años siguientes, los planes ideados por Ibarretxe recibieron el aval de los delegados de ETA y salieron adelante gracias a la mayoría prestada por Batasuna. Lo cual quiere decir que el PNV lleva haciendo desde aquel año la política que le permite el brazo político de ETA mientras el brazo terrorista no ha dejado de matar. De entonces acá, la presión nacionalista sobre esos dos partidos y sus votantes se reduplicó ante la perspectiva de que, finalmente, el PNV -que para esa política es tan democrático como Bruto era un hombre honrado tras el asesinato de César- se consolidaría en el poder sostenido en los escaños de Batasuna.

No ha sido así y lo que han revelado las últimas elecciones es que desde el momento en que el PNV no puede hacer política con los votos de ETA, tampoco puede hacerla solo: carece de mayoría suficiente. Se comprende su irritación: el velo que ocultaba su debilidad se ha rasgado y deja ver a las claras que con él pasa lo mismo que con el resto de los partidos del sistema político vasco: que ninguno representa a la mayoría de la sociedad. Para gobernar en una situación democrática normal, sin la violencia asesina administrada por ETA, el PNV necesita, como desde hace 30 años, al PSE o, en su defecto, al PP.

A pesar de esta evidencia, el PNV se ha negado a sacar las consecuencias del callejón en el que le ha encerrado una política que para progresar necesita el voto de la identidad asesina. El PNV no es Euskadi, sólo representa a una minoría de los ciudadanos de Euskadi: tres décadas de control del gobierno, de redes clientelares, de ocupación de plataformas culturales, de permanente presión identitaria, no han bastado para alterar los datos de una realidad centenaria. No son PP y PSE quienes actúan contra natura; son los nacionalistas los que llevan 30 años intentando negar la realidad, cambiar, no importa si regándola con la sangre que otros derraman, la naturaleza de las cosas. Pero el dato fundamental sigue ahí, inamovible: si no recurren a los representantes de la pistola y la bomba, no tienen mayoría.

Es cierto que tampoco la tienen los otros, los que hacen política no para construir una identidad, sino para conquistar un dato previo a cualquier política, un espacio de libertad. Por eso necesitan pactar, pero al hacerlo, su acuerdo no se asienta, ni por su origen, ni por sus objetivos, en la reivindicación de una identidad que marque una diferencia y una exclusión, sino en la aspiración de ser libres, cada cual con su doble o triple identidad, en un país libre. Ese es el valor político de unas gentes que han aguantado durante décadas la amenaza de ETA, la muerte de amigos y familiares, y que vienen de dos tradiciones con fuerte arraigo en tierra vasca, tanto que se confunden con su más que centenario paisaje social: del mundo socialista y de un mundo católico de misa y comunión diaria.

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