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Reportaje:Encuesta anual de EL PAÍS

El campeón con carácter

Si hay algún deportista con la autoestima en su sitio, ése es Contador, el ganador del último Tour

Carlos Arribas

Menudo es Alberto Contador. Qué carácter el del último ganador del Tour. De campeón.

Que le pregunten a Johan Bruyneel, su director desde el año pasado, cuando el chico de Pinto entró en el Discovery Channel, el equipo en el que ya no estaba Lance Armstrong, el americano de los siete Tours. En primavera hubo un intercambio de emails entre director y pupilo. "Te mando una lista de posibles rivales para el maillot blanco del Tour", le decía el técnico belga y le hablaba de corredores jóvenes, de debutantes a los que había visto brillar en las primeras carreras del año: el austriaco Kohl, el holandés Dekker, el español Antón, el alemán Gerdemann... La respuesta de Contador llegó rápida, incrédula. "Perdona, Johan, pero creo que te olvidas de Vinokúrov, de Cadel Evans, de Leipheimer, de Rasmussen, de Valverde, de Menchov, de Sastre..."

El 29 de julio subió al podio de París como mejor joven y campeón del Tour
"El que es bueno, bueno, es Contador", dijo hace cinco años Saiz, su descubridor
Lleva una vida de monje y tiene el orgullo de Armstrong y la calma de Indurain

Bruyneel le hablaba de jóvenes, Contador ya pensaba en los grandes, en la lucha por el maillot amarillo o, cuanto menos, por el podio.

Se salió con la suya. El 29 de julio Contador subió dos veces al podio de los Campos Elíseos. Una para recibir el maillot blanco de mejor joven; otra, para vestir el maillot amarillo. Lo nunca visto desde Jan Ullrich en 1997.

Que le pregunten a Manolo Saiz, su descubridor, el director del Liberty que ya hace cinco años, cuando Contador acababa de cumplir los 20, señalaba a todos los que le preguntaban: "No os engañéis. El que es bueno, bueno, es Contador..."

Un par de años después, en el autobús del equipo, tras una carrera, Saiz, que intuía perfectamente la calidad atlética del chico de Pinto, también tuvo la oportunidad de descubrir su carácter, su personalidad, tan seria, tan dura, tan apasionada. Fue una discusión cara a cara, un intercambio de pareceres, que dejó mudo a todo el autobús. A Contador no hay quien le tosa, ni siquiera Saiz, que tanto respeto, casi miedo, infundía en sus corredores.

Federico Martín Bahamontes, el mítico, el primero de la lista de españoles que han ganado el Tour, uno que, como todas las viejas glorias, tiene tendencia a restar valor a lo que se hace décadas después, sin embargo, también se descubre ante Contador. "Él sí que tiene carácter", dice el Águila de Toledo. "Él sí que quiere ser ciclista".

Contador quiere ser ciclista de verdad, quiere ser campeón del Tour todos los años que pueda, y sabe que cada temporada tendrá que superar muchos obstáculos. Como los que se le cruzaron en 2007, el Tour de los escándalos. Su victoria fue vivida por muchos como la victoria de la esperanza. Un joven un escalador, un amante del ataque... No lo vieron así unos cuantos.

La revista francesa Vélo organiza cada año una votación entre periodistas de medio mundo para elegir al mejor ciclista de la temporada. Como el resultado de este año -victoria ajustada de Contador por delante del campeón del mundo, Paolo Bettini- no le gustó a los responsables de L'Équipe -el diario organizador del Tour, del mismo grupo, ASO, que la revista Vélo-, en sus columnas apenas aparecieron referencias, y las pocas líneas fueron decididamente críticas.

Indignados, los amigos llaman a Contador. "¿Has visto?", le dicen. "Los del Équipe dicen que no te mereces el vélo d'Or, que tu victoria en el Tour es sospechosa porque corres en el equipo que era de Armstrong, porque vienes del equipo de Saiz y, sobre todo, porque subiste el Aubisque muy deprisa. Que dicen que está fuera de los límites humanos tu velocidad". Y él, en vez de recurrir al socorrido desprecio del francés chovinista, les responde plácido, orgulloso: "Tranquilo, el año que viene subiré más deprisa".

Contador lleva una vida de monje, se acuesta a las diez de la noche los días de diario y en su sangre, negra, la eterna herencia africana, mora, de los españoles de Extremadura y La Mancha, corren rasgos de Armstrong y de Miguel Indurain.

De Armstrong, el orgullo, la ambición, la determinación, todo lo que hizo grande al tejano salvo su cultura: Armstrong llegó al ciclismo desde una tierra inculta, analfabeta de ciclismo; llegó con aires de conquistador, de hombre de la frontera. Contador es de España, donde el ciclismo, el Tour, se mama, forma parte de sus genes.

De Indurain, la seriedad, la calma, el cuidado meticuloso por todos los detalles, la claridad de ideas, la manera innata en que encuentra en el pelotón su hábitat natural, su estoicismo aparente, su control, todo lo que convirtió al navarro en intocable salvo su tendencia de contable a la economía de esfuerzos. Indurain, de fortaleza de contrarrelojista, era maestro en el arte de administrar el tiempo; Contador, escalador como Delgado, castellano como Ocaña, el conquense de perfil trágico, siente la atracción por el espectáculo que sienten todos los jóvenes de su generación alimentados por la cultura del videoclip.

Bruyneel dice un día que Contador le recuerda a Armstrong. "Bah, lo dice por vender algo", explica Contador. "Sí, claro, porque Armstrong..."

Y, entonces, un brillo en la mirada del chico de Pinto hace comprender al que le habla que no, que no siga por ahí, que, internamente, a Contador no le asusta pensar que puede ser como el americano.

Nunca lo dirá, claro.

SCIAMMARELLA
SCIAMMARELLA

Deportista revelación

- Alberto Contador, 26

- David Ferrer, 18

- Ricky Rubio, 17

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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