Crítica
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El documental definitivo sobre Tiger Woods, su caída y resurrección

HBO estrena ‘Tiger’, un documental en dos episodios que disecciona con estilo y distancia la compleja trayectoria de una figura única en la historia del deporte

Foto: Tiger Woods en el ZOZO Championship de Japón en 2019. Vídeo: avance, en inglés, del documental.

“Ahí abajo, los peces no saben quién soy”. La respuesta que Tiger Woods le dio a su amiga Amber Lauria cuando le preguntó por su afición repentina por el submarinismo es el resumen en pocas palabras de la vida de un deportista único, de una estrella universal, de un niño predestinado, de un hombre agobiado por una fama que casi lo destruye. Lauria es una de las múltiples voces que durante casi cuatro horas divididas en dos capítulos diseccionan el auge y caída del mejor golfista de todos los tiempos en Tiger, documental que HBO estrena este lunes. Producido por el ganador de un Oscar Alex Gibney y basado en la biografía no oficial de Jeff Benedict y Armen Keteyian, Tiger es un estudio preciso de un entorno hasta hace poco impenetrable, una introspección para tratar de comprender el porqué de la sucesión de desastres que se llevaron por delante su vida, de las lesiones que lo borraron del mapa deportivo y recrearse en su resurrección. “Presión”, “carga” y “responsabilidad” son tres palabras que surgen a menudo en el metraje. Tratar de comprender cómo alguien del que siempre se espera algo único puede sobrevivir a la presión ejercida sobre él desde que tenía dos años es parte de la misión imposible del documental.

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Los amigos de la familia hablan de su padre Earl, esa figura monstruosa, pero sin la que no habríamos tenido a Tiger y de Kultida, su madre, que le enseñó a ser un “asesino”. Una de las grandes virtudes de esta película compleja y coral es que siempre que hay algo polémico lo trata con distancia y estilo. Otra es que, en un mundo televisivo que tiende al exceso y con material para 10 capítulos, Tiger se compone de dos relatos concisos, llenos de material, que no decaen en ningún momento.

Tiger Woods con su padre Earl. Lleva la gorra de Stanford, universidad para la que jugó un año antes de pasar a profesional.
Tiger Woods con su padre Earl. Lleva la gorra de Stanford, universidad para la que jugó un año antes de pasar a profesional.

Hay imágenes de sus gestas deportivas, todas elegidas con cuidado para emocionar al aficionado y no cansar al que le dé igual este deporte. Nick Faldo cuenta con gracia cómo le pasó por encima en Augusta en 1997; Steve Williams, caddie con el que ganó 13 de sus 15 grandes, narra lo que suponía estar con Tiger en el campo y de cómo de un día para otro lo dejó de hablar para siempre. Porque el documental es también un recuento de cadáveres, de víctimas que han quedado en el camino. Habla Dina Parr, su novia en el instituto, borrada del mapa por la familia Woods con una carta. También Rachel Uchitel, una de las amantes de Tiger, estigmatizada para siempre al convertirse en la imagen de su adicción al sexo. No está su exmujer (tampoco el entrenador que le dio el swing que le hizo invencible y al que despidió de un día para otro), pero son ausencias comprensibles.

Los expertos y periodistas entrevistados van de asombro en asombro. Todos creían que no se iba a recuperar del desastre social, que tras las lesiones de espalda que le dejaron prácticamente inválido no iba a volver a jugar. Ahí ha estado, cada vez, con esa sonrisa esforzada Tiger Woods para desmentir a los incrédulos. El documental termina en alto, con la victoria en Augusta en 2019, el mayor regreso de un deportista en la historia. Fuera de la pantalla, parece que Tiger no ha escrito todavía su último episodio.

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