La ciudad ya no es para mí

La crisis del coronavirus está impulsando la búsqueda de alternativas lejos de las urbes densamente pobladas. Del Priorat a New Hampshire, seis ejemplos de que otra vida en el campo es posible

Eva Piqué, en su casita y huerto de Falset (Tarragona).
Eva Piqué, en su casita y huerto de Falset (Tarragona).Josep Lluís Sellart

Al cerrar la puerta de la calle, sorprendidos por el brusco embate del coronavirus, se abrieron otras expectativas. La vida, en pausa forzosa, se repensó. Mientras el apartamento se hacía más pequeño en el confinamiento —ya no bastaba para dormir, había que habitarlo— se barajaron prioridades. Para unos, la crisis ha empujado un proyecto que se demoraba, el de despertarse todos los días mirando las montañas. Para otros, la segunda residencia ha dejado de ser segunda. Alguien que había vivido en cinco metrópolis descubrió que 35 metros cuadrados en el pueblo de sus padres es su casa. Un golpe de timón cuya duración decidirá el incierto devenir de este tiempo.

Cuando Marta Jiménez sale a pasear por la noche por su pueblo, Cercedilla, un enclave de veraneo clásico en la sierra de Madrid, todas las luces están encendidas. “Rara es la casa que está vacía. No queda nada en alquiler y la gente no pasará solo el verano, han rentado para todo el año”, dice. Es la propietaria de la inmobiliaria que lleva su nombre, M Jiménez. La poca oferta disponible se ha encarecido.

Algo similar cuenta César Nozal, un colega que dirige una agencia en Gijón y que es el coordinador de la Asociación de Inmobiliarias de Asturias. “Hemos tenido cifras de venta excelentes en junio. La psicosis de que haya otro brote ha hecho que la gente mueva ficha para tener buena calidad de vida, disponer de jardín, zonas espaciosas y poder reunirse al aire libre. Han sido segundas residencias o primeras. Hay gente que ha vendido su casa en Alicante para venir aquí, porque hay menos masificación. Pero se han caído ventas porque la propiedad no tenía acceso a Internet o buena comunicación”. La ubicación de la futura casa, asegura Nozal, es la variable que menos cuenta ahora para hacerla atractiva. Habrá, presumiblemente, un crecimiento del teletrabajo estable (hasta un 30% de los empleados podría desempeñarse a distancia, según el Banco de España). Asturias está recibiendo gente de todos los núcleos urbanos cercanos, pero también de Madrid y Barcelona.

Ya no hay alquileres en Cercedilla (Comunidad de Madrid), y no solo para el verano

“No se puede hablar de un éxodo hacia el campo”, asegura por su parte el coordinador de la Federación de Asociaciones Inmobiliarias (FAI) José María Alfaro. Pero sí de una aspiración a disponer de un jardín, de ganar amplitud y espacio al aire libre. Durante los meses de confinamiento, en uno de los portales inmobiliarios más populares, Idealista, las 10 casas más visitadas fueron chalés con jardín, y áticos.

En Madrid se ve un movimiento por abandonar los pisos del centro, añade Alfaro. “Tiene mucho que ver con las posibilidades de teletrabajar”, asegura el directivo de la FAI, que agrupa a casi 900 agencias. En Idealista bajaron las búsquedas en las capitales de provincia durante el estado de alarma. Pero cuando se levantaron las restricciones por el coronavirus dejamos de soñar, dicen los números, y las ciudades retomaron protagonismo, aunque no se llegó a los niveles prepandemia. No obstante, comprar una vivienda en un municipio de menos de 5.000 habitantes es un 51,8% más barato que la media nacional, según la plataforma.

Eva Piqué | Falset (Tarragona): Vinos del Priorat y otros sueños

Londres, México, Madrid, México otra vez, Fráncfort, Barcelona. Cinco metrópolis en 12 años. Mucho avión. Una frenética vida de ejecutiva urbana consagrada al trabajo. Hasta marzo de 2020. Ahora Eva Piqué, 37 años, sigue al frente de la delegación en México de una multinacional de headhunting. Pero su ventana es la ventana a su infancia, en Falset, el pueblo del Priorat donde habitan sus padres, que no llega a los 3.000 vecinos. Al otro lado de la ventana, ya no hay viñedos, como antes, sino avellanos y ese huerto donde crecen lechugas, pimientos y berenjenas de los que se abastece. Donde, por primera vez en su vida, plantó albahaca para hacer pesto, y también romero, y plantas que dan flores. A ella, que en su vida anterior, saltando de viaje en viaje, se le secaban hasta los cactus.

”Vine a ver a mis padres unos días antes del confinamiento. Con una maleta para cuatro días. Y me quedé cuatro meses”, recuerda. “Fue toda una revelación. Disfrutar de tiempo de calidad con mis padres, hacía mucho que no pasaba más de una semana allí. Reconectar con amistades, hacer otras. Me planteé muchas cosas y miré hacia dentro”. También hacia fuera. Así que decidió acondicionar la pequeña casa que había construido su padre hacía 30 años en una finca, algo que siempre había tenido en mente. “Allí íbamos a comer y a bañarnos cuando era pequeña. Mi abuelo era payés y he vendimiado desde que tengo uso de razón”.

Allí, en 35 metros cuadrados, en medio del campo, los días son más largos. Se despierta oyendo las cigarras. Su perro, Blau, se sorprende cuando escucha por la noche a los jabalíes. Ella se para a mirar las estrellas. “Me siento enraizada. Todo esto me da una enorme serenidad, ahora que en el trabajo estamos pasando por momentos difíciles”. Antes gastaba en ropa formal. Solía visitar las tiendas con frecuencia.

En pequeñas poblaciones, la vivienda es un 51,8% más barata

Ahora, que viste chanclas y un vestido, se ha comprado la cocina. Se ha asociado con un amigo para abrir un espacio al aire libre de degustación de vinos y comida de la zona. Servirán añadas difíciles de encontrar, de Dosterras, la bodega del amigo y otras. Otro sueño.

Elia Friegola | Santa Caterina dello Ionio (Calabria): Una elección de cambio con vistas al mar

La mudanza inquietó a sus padres, preocupados por lo que dejaba atrás. Y también molestó a una serpiente, con la que tuvo que disputarse el territorio: ella había construido su madriguera allí donde él pretendía empezar a aparcar su coche. Pero, tranquilizada su familia y ganada la pelea, ahora, 658 kilómetros más al sur, Elia Fregola asegura que se siente feliz.

Antes, le rodeaba su Roma natal: 2,8 millones de habitantes, belleza abrumadora y caos. Hoy, a ratos, le visita un ratoncito. Sus vecinos son dos árboles colosales, que dominan las ruinas de edificios abandonados. La casa de Fregola también está vacía, de momento. En septiembre empezarán las obras para reconvertir los escombros que adquirió en el casco antiguo de Santa Caterina dello Ionio (Calabria) en su nuevo hogar. “Compras una elección de vida”, sostiene. Cuando se instale —”en tres meses”, espera—, sumará uno más a los 2.194 residentes del pueblo, enclaustrado en las montañas pero a un paso del mar, un orgullo paisajístico del que presume toda Calabria.


Mientras, alquila una vivienda en la otra parte del pueblo, pegada al litoral. Aunque todas sus cosas ya están con él: la ropa de invierno, la guitarra, el imprescindible ordenador: “La sensación del primer día fue maravillosa. No llegaba, como siempre, para pasar un mes en verano, sino para quedarme”. Con vista al mar, Fregola saborea el enésimo cambio. Otras veces le empujó su sed de aventuras. Ahora, tiene mucho que ver la covid-19.

Llevaba 33 años y una vida asentada en la capital. Estudió formación y desarrollo de recursos humanos, se marchó a aprender inglés a Malta y a la vuelta, en plena “depresión poserasmus”, convirtió una ocurrencia en su futuro. Lo bautizó A cena con l’inglese porque, al fin y al cabo, eso era: cocinaba, compraba bebidas y reunía invitados obligados a hablar exclusivamente en ese idioma. Poco a poco, la asistencia fue creciendo, al igual que su currículo: empezó a dar clases online de inglés, fue reclutado como profesor universitario y consultor. En medio, se concedió un año sabático entre Australia y California. Hasta el coronavirus.

“En una semana, mi plan voló por los aires. La facturación bajó a cero. Trasladé lo que pude a Internet, y aguanté. Desde mayo, está todo parado. Aunque el reto llegará en septiembre”, relata. Para su trabajo planea mantener una cena al mes, en Roma, y llevar el resto de la actividad online, desde Santa Caterina dello Ionio. Y, sobre todo, para su vida. Ahora, el hospital más cercano dista media hora en coche. Para ir a supermercados o farmacias, también hay que bajar hasta la costa. Y la conexión a veces se pone caprichosa: “Hay que tener un plan A, B, C…”. Sin embargo, Fregola dice que, con la compra en Internet y la autopista ya por fin terminada, no se siente lejos de nada: “De mi casa a Trastevere, en Roma, tardaba una hora. Aquí, en el mismo tiempo, puedo visitar decenas de pueblos, salir con la bici o hacer buceo. Antes no sabía ni quiénes eran mis vecinos. Ahora, una señora me regala tres veces a la semana huevos o ensalada”. Por TOMMASO KOCH

Laura Martínez | Londonderry (New Hampshire): De Manhattan a Ítaca

Para Laura Martínez, la gran ciudad de Nueva York dejó de tener sentido con la llegada de la pandemia. La luminosa vida de la Gran Manzana se apagó. Teatros y bares bajaron las persianas, mientras los números de muertos y contagios no paraban de crecer. La angustia era asfixiante. “Mi vida era estar encerrada en el departamento en Manhattan. Salíamos con pánico al supermercado, vivimos en un edificio y solo estábamos pensando en que nos íbamos a contagiar”, cuenta. Laura y Pierre estuvieron presos por el estado de alarma durante dos meses. “Algún colega de mi novio murió y tuvimos nuestro primer funeral por Zoom. Abril y mayo fueron meses terribles”. Así que la periodista mexicana y el profesor universitario francés hicieron las maletas y partieron hacía el norte del Estado de Nueva York.

La primera parada fue en Groton, a las afueras de Ithaca, en la región de los Lagos Finger, cerca de la frontera con Canadá. El verde del campo les devolvió la vida y volvieron a respirar. “Tuvimos paz mental”, recuerda Laura. Allí alquilaron una casa y volvieron a disfrutar de los pequeños placeres: comer y beber. La mexicana comenzó a subir fotos a su cuenta de Instagram con valles verdes, lagos y pequeños detalles, como un cesto de fresas comprado a una comunidad amish. “Hay más espacio y la gente es súper disciplinada, no sé si era un asunto de esa zona, pero seguían las recomendaciones mejor que en la ciudad”, recuerda.

Ambos continuaron trabajando desde casa, pero se olvidaron de las prisas. Recuperaron la salud y el buen sueño. Después de un mes se mudaron a otra casa en Corning, en el norte del Estado de Nueva York, y pasado el segundo mes decidieron explorar Vermont y se hospedaron unos días en una villa en Londonderry (New Hampshire), con modestas vistas a un pequeño lago. No necesitaban más. En toda la travesía, han vuelto un par de veces a la ciudad de Nueva York para hacer algunos recados, pero cada vez están más convencidos de que la vida plena está fuera de Manhattan. “En el futuro, no me veo en la ciudad”, reconoce la mexicana, que ha vivido casi 20 años en Nueva York. Por SONIA CORONA

José Ángel Moreno | Cercedilla (Comunidad de Madrid): El rock de mudarse a la sierra

Todos los días, a eso de las ocho de la tarde, José Ángel Moreno se sienta en la tumbona con una cerveza artesana y la música envolviéndole desde los altavoces del jardín. “Ese es el momento perfecto, con un perfecto efecto estéreo, que marca el final del día”, gesticula este hombre en pantalón tejano corto y zapatillas de patear monte en el porche de su casa. Parece un guía de montaña con el rostro marcado por el sol. Sobre el mantel de hule hay un vaso con un café solo. A su espalda se extiende el Pico de la Golondrina, Navacerrada y... Madrid. A 57 kilómetros de Cercedilla, queda muy lejos.

José Ángel, 51 años, da soporte tecnológico a 5.000 trabajadores de AENA, pero sobre todo es un rockero colgado de Radio 3. En ese instante en el que puede sonar acid jazz o cualquier grupo independiente, contempla los gigantescos setos que plantó el padre hace 40 años, ahora esculpidos por él; la piscina, los pájaros que, desde el confinamiento, se atreven a posarse en el césped que recorta. Sí, no se ha equivocado.

Esa ceremonia cotidiana le reafirma en su decisión de mudarse a la casa en la que pasó los veranos de su infancia. ”La crisis de la covid-19 ha sido una oportunidad para hacer algo que venía queriendo hacer. He nacido y soy muy de Madrid, he vivido en muchos barrios, Vallecas, La Prospe, Carabanchel, pero no sé si es que voy cumpliendo años, o es la masificación, y la contaminación, la cuestión es que quería mudarme”. Trabajaba desde casa días antes del estado de alarma y decidió, de acuerdo con su expareja, que se llevaría a sus hijos adolescentes al pueblo. “La madre convive con la abuela y eso conllevaba un riesgo”.

Así comenzó la rutina de adaptar esta casa de veraneo modesta, con tejado de pizarra a dos aguas y cuatro pequeñas habitaciones. Arañó un despacho en una parte del garaje, se compró una silla de gamer e instaló fibra. Revisó la calefacción. Colocó una cámara de vigilancia. Paralelamente, organizaba la compra y la comida de los tres. Ya lleva cinco meses con su nueva vida. Sigue con la mudanza. Conserva su piso de alquiler en Carabanchel por si acaso falla algo, pero confía en dejar atrás Madrid y acostarse mirando al monte. Madruga para salir con la bici o dar un paseo y luego se sienta a trabajar. Aún tiene un escritorio mínimo, pegado a una consola antigua de salón de juegos a la que le está metiendo en las tripas un ordenador con todos los videojuegos que existen. Un par de días a la semana baja a Madrid, a su oficina.

Sophie | Oise (Francia): Adiós al ruido e individualismo

Lo de dejar la ciudad y los apartamentos minúsculos a precios exorbitantes en calles ruidosas por una vida más tranquila en el campo es algo que se han planteado muchos parisinos después de interminables semanas de confinamiento. Sophie no quiso que fuera un mero sueño. “Me di un mes para irme de París y lo hice en tres semanas”, cuenta esta ya exparisina por teléfono desde su nuevo hogar, en una pequeña localidad en el departamento de Oise, al norte de la capital francesa.

Ante el miedo un nuevo brote, se busca la calidad de vida

Aunque vivir en París fue algo que deseó toda su vida y que consiguió por fin al acabar sus estudios, en 2003, esta francesa de 38 años, madre soltera de un niño de siete y que trabaja como formadora en una asociación, asegura que no se arrepiente del paso dado. En la capital llevaba siete años residiendo en una vivienda social en el noreste de la ciudad, a un precio subvencionado, sí, pero con ruidos que cada vez se le hacían más insoportables. Si lograr la adjudicación de uno de estos codiciados pisos ya es difícil, mudarse a otro es misión casi imposible. Sophie llevaba seis años esperando y todavía no había recibido respuesta. Claro que podría haber buscado en el mercado privado de alquiler, pero los precios en una de las ciudades más caras de Europa lo hacían casi imposible. Por la vivienda de 70 metros cuadrados con balcón que ha encontrado sin problemas a una hora de París, en la capital pagaría el triple. Y la calma que ha ganado, asegura, no tiene precio.

Cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, decretó el confinamiento nacional, Sophie no dudó. Un amigo tenía un piso en un pueblo en Oise y decidió mudarse con su hijo. Cuando regresó a París, tres meses después, todo le irritaba. “Venía de un lugar supertranquilo, donde la gente era respetuosa con las consignas sanitarias y todos estábamos en modo solidario, y llego a París, donde hay solidaridad cero, solo individualismo y ruido… era insoportable. El confinamiento me abrió los ojos sobre el hecho de que es posible vivir de otra manera”.

Es consciente de que la tranquilidad ganada tiene un coste: aunque ha pedido teletrabajar dos días, todavía tendrá que viajar el resto de la semana a la ciudad. Antes vivía a 15 minutos a pie, ahora deberá conducir —ha tenido que pedir un préstamo para comprarse un coche de segunda mano— hasta la estación, coger un tren regional hasta la capital y finalmente el metro. “Una hora de ida y otra de vuelta”, calcula. Y luego está la imbatible oferta de ocio y cultura que tiene una ciudad como París. “Es un precio a pagar, sí, pero a cambio tengo un gran apartamento y una calidad de vida completamente diferente”, replica. En su voz no hay ni sombra de duda. Por SILVIA AYUSO

Miguel Ángel del Arco | La Vega de Granada: Un ecologista de letras

“Estos lugares, según tu estado de ánimo, tus fuerzas, tus ilusiones o los amigos y amigas, pueden convertirse en un pozo o, incluso, en un cementerio. O, también, se puede seguir siendo ciudadano del mundo'. Así decía Severo Ochoa, y añadía: ‘Pero mis raíces están aquí”.

Esto escribe el juez jubilado y editor Miguel Ángel del Arco. Enraizado desde hace meses en un molino restaurado de la Vega de Granada, entre Fuentevaqueros y Valderrubio, las dos casas de Federico García Lorca.

Su segunda residencia ha dejado de serlo y ya no tiene otra. Vivir en el campo, dice, es una tradición social y literaria. Y él la ha seguido. “Ya Horacio glosaba la vida campestre, y en Menosprecio de corte y alabanza de aldea, Fray Antonio de Guevara también lo hacía”. Ecologistas avanzados, dice, como Juan Labrador, protagonista de El villano en su rincón.

Su trajín intelectual —es el fundador de la editorial académica Comares, que ahora dirige su hija— nunca ha sido tan fructífero. “Estoy leyendo como no he leído nunca”, proclama, de la mano estos días de don Ramón María del Valle Inclán y Benito Pérez Galdós. También escribe el tercer tomo de sus memorias de juez perseguidor de corruptelas y el primero de sus más de 30 años como editor. El confinamiento le sorprendió allí, con un caballo de raza española y dos perros. El calor llegó sin más ropa que la de montar, pero nunca volvió a su piso de la ciudad. Ya no lo tiene en alquiler. “Cultivo unos cuantos frutales para que se los coman los pájaros e intento que no me coma el jardín, el campo es muy duro”.

Es, dice, “el abogado de los pobres”, al que acuden los agricultores para consultarle sus peleas y le pagan con espárragos recién cortados. “Y me voy convirtiendo en un cocinero presentable”. Allá van y vienen los hijos, el nieto y los amigos, a esta estancia que es pura acequia. Y él también, haciéndose kilómetros por la Vega.