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Los valles del desencanto

El paro, las promesas jamás cumplidas y la incapacidad de los políticos para el acuerdo fomentan la abstención

Unas vecinas de tertulia en una marquesina del valle de Karrantza (Vizcaya).
Unas vecinas de tertulia en una marquesina del valle de Karrantza (Vizcaya). EL PAÍS

En la calle Isaac Peral de Talavera de la Reina (Toledo) hay un bar que se llama Jhony La España Profunda, así, todo junto. Lo de “Jhony” —con la hache antes de la o— se lo puso hace casi 30 años su dueño, el señor Rivera, quien, sentado en una silla de plástico a la puerta del negocio, hilvana en apenas cuatro frases su propio currículo y el ánimo del votante ante la repetición electoral: “Verá, yo llevo 27 años levantándome a las cuatro y media de la mañana para abrir a las cinco menos cuarto y para que a las seis, que es cuando llegan las porras y los churros, todo esté listo. Son años suficientes para saber por dónde respiran los clientes. Puedo decirle sin temor a equivocarme que la gente está muy harta. Dicen que todos los políticos son iguales, unos mangantes que se tenían que haber puesto de acuerdo y no lo han hecho. Yo he votado siempre al PP, pero esta vez no sé…”.

Desde dentro del bar, su hija Cristina asegura que aún no tiene decidido su voto —“voy a mirar un poco más por Internet a ver qué dicen los programas electorales”—, pero en cuanto al ánimo de la parroquia coincide con el análisis demoscópico de su padre: “La gente está hasta los cojones”.

—¿Y por qué le pusieron al bar ese nombre?

—Ah, eso... Es que cada vez que venían mis primos decían “este bar parece de la España profunda”, así que mi padre, cuando hubo que cambiar el toldo dijo: “Pues ya está: Jhony La España profunda”.

El cambio de nombre resultó premonitorio. Después de unos años de bonanza, en los que hasta el Corte Inglés y Carrefour se atrevieron a abrir sucursales en una ciudad que apenas sobrepasa los 80.000 habitantes, la crisis de 2008 resultó fatal. Los comercios tradicionales se fueron agostando, las promesas de nuevos polígonos industriales no se cumplieron, y muchos jóvenes apenas tienen para llenar el depósito del BMW que se compraron cuando el boom de la construcción. No hay conversación en la que no salga un triste dato. “El desempleo está alrededor del 50% y de hecho somos la localidad con más paro de Castilla-La Mancha y la cuarta o la quinta de toda España. El desencanto es general porque ningún partido ofrece una solución”, explica un joven emprendedor del sector de la restauración que evita dar el nombre por una curiosa razón de peso: “¿Ve ese bar de la esquina? Ahora venden kebab y lo regenta un paquistaní, pero hace un año se llamaba El Español, aunque lo llevaba una familia rumana”. El 26 de octubre de 2018, Vox aprovechó ese nombre para organizar allí un encuentro nocturno llamado Cañas por España al que acudió Javier Ortega-Smith, quien, en la puerta del bar y con una copa de vino en alto, recitó “el brindis de Acuña, capitán de los viejos tercios de la Infantería española”. El caso es que, al mismo tiempo que el vídeo se hacía viral en Twitter, el bar patriótico iba cayendo en desgracia. “La gente dejó de entrar en un sitio lleno de fachas”, dice el empresario, “así que yo tomé nota: en mi negocio no se habla ni de política ni de religión ni de fútbol. El problema es más grande de lo que parece. La gente tiene la sensación de que los políticos ya no sirven y no sería de extrañar que dentro de unos años la gente se canse y se rebele como ya está sucediendo en otros países”.

Un par de días después, a unos 800 kilómetros al norte, se produce una curiosa conversación:

—Buenos días, ¿esto es el Parlamento?

—No, esto es La Moncloa.

No se trata de una broma. Tanto la pregunta como la respuesta se pronuncian con absoluta normalidad. El valle de Karrantza es el más extenso de Vizcaya, cerca de Cantabria y de la provincia de Burgos. Sus 2.750 habitantes están desperdigados por 48 barrios y, a falta de bares o centros de reunión, utilizan las marquesinas de autobús como lugar de tertulia. “Cada una tiene su nombre”, explica Mari Carmen Mendicote, quien durante un tiempo fue alcaldesa de una pedanía, “a una marquesina la llaman El Parlamento, a otra El Mentidero”. Mari Carmen cuenta que allí se habla de todo, pero que ahora lógicamente se discute mucho de las elecciones: “Estamos cansados de tanto votar y tanto votar, y también hartos porque parece que no hacen otra cosa que pelearse entre ellos”. José Prado, un prejubilado de 57 años habitual de otra marquesina, dice que el fantasma de la abstención también se pasea por el valle de Karrantza: “La gente dice ‘esta vez yo no bajo a votar, yo no bajo’, pero al final sí bajaremos porque aquí casi todos somos votantes del PNV, sobre todo para que nos represente en Madrid”. Lo curioso, y en eso coinciden José y Mari Carmen, es que la situación cambia radicalmente cuando se trata de elecciones municipales. “Ah, claro”, exclaman cada uno por su lado, como si estuvieran recitando un libreto, “es que en las municipales votamos a Raúl…”.

Hartos de que las promesas de los grandes partidos duraran lo que las campañas electorales, un grupo de vecinos, con Raúl Palacio al frente, decidió crear una formación independiente, Karrantza Zabala (Karrantza Abierta). El desencanto y la abstención se esfumaron como por arte de magia. “Aquí, como en otros sitios”, explica Mari Carmen Mendicote, “el problema de la política es que se presenta gente sin preparación ni cualificación que basa su política en el mercadeo, te doy trabajo si eres de los míos, y si no, no. Cuando llegó Raúl, cortó todo eso. La prueba es que la segunda vez que se ha presentado ha arrasado con una gran participación, más del 80%”.

Aunque se refiere a su valle, el alcalde Raúl Palacio parece estar hablando del desencanto general: “En estas elecciones no somos diferentes al resto. Sentimos el hastío. Ha calado la sensación de que estamos abandonados. Y por más promesas que nos hacen, no se hace nada”.

 

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