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ANÁLISIS

Miénteme, dime que aún me quieres

La única variable que puede influir será la abstención, causada por el hartazgo de estos meses

Los políticos están de suerte. Han pasado más de 40 años desde que se recuperó la democracia en España y la ciudadanía sigue tomándose muy en serio el acto de votar. Eso explica que el índice promedio de participación se haya situado hasta ahora en un elevado 74%.

Hay una mezcla de responsabilidad, de orgullo íntimo de participar en algo mayor que uno mismo y de remordimiento o culpa ante la remota posibilidad de que el resultado hubiera podido ser otro de quedarse en casa.

El CIS nos indica que hasta un 85% de los españoles cree que “votar contribuye a sostener a la democracia”, y un 61% asegura que “se habría sentido mal si no hubiera votado”.

Pero eso no quiere decir que se acuda a la urna con la mente en blanco y libre de prejuicios. Uno vota a su partido, y solo tras una larga decepción y una fase puente —en la que se abstiene primero u opta por un partido bisagra, como pudo ser UPyD en su día—, acaba dando el salto a la otra orilla.

Si un 78% de los votantes dijo entre febrero y marzo, cuando aún se negociaba y todo estaba en el aire, que habrían vuelto a votar lo mismo tras conocer los resultados del 20-D, es difícil pensar que el fracaso final de este periodo les haga replantearse su voto. Los partidos ya se han encargado de asignar culpas al contrario y de argumentar sus buenas intenciones.

La única variable que puede influir será la abstención, causada por el hartazgo de estos meses. Pero con esa no quieren contar: el PP confía en que los suyos regresen de Ciudadanos; el PSOE, que sus antiguos fieles abandonen la aventura de Podemos. Y, como Johnny Guitar, suplican: “Miénteme, dime que aún me quieres”.