Me ha escrito un hombre rico, el dueño de Telegram
Regular las redes no tiene que ver con la libertad, sino con defender nuestra autonomía para pensar y sentir
Hace unos días, Pável Durov me escribió. Qué extraño, pensé. ¿Por qué me contacta ...
Hace unos días, Pável Durov me escribió. Qué extraño, pensé. ¿Por qué me contacta el dueño de Telegram, si no le conozco? Leí y comprendí: invoca la libertad, ergo ve su negocio amenazado. De los insultos de Elon Musk a un gobernante democrático, Pedro Sánchez, me enteré de forma indirecta: hace más de un año que abandoné X. Existe un consenso abrumador en el daño que las redes sociales causan a los menores. Sin embargo, hay dos personas que no ven ningún riesgo: Musk y Durov. ¡Anda, qué coincidencia! Si resulta que son los dueños de X y Telegram. A ver si…
Musk es el hombre más rico del mundo, y Durov reconoce tener una fortuna de 17.000 millones de dólares. Estoy segura de que pueden permitirse ganar algo menos a cambio de que los adolescentes españoles crezcan sin interferencias cognitivas y emocionales. Su enfado no obedece a la pérdida de dinero sino de poder. Es sólo el comienzo de la gran guerra por la soberanía digital.
Estos gurús de la innovación son unos clásicos a la hora de rechazar la regulación, tan clásicos como las tabaqueras. Las alertas científicas comenzaron a advertir la relación del tabaco con el cáncer de pulmón en los años cincuenta. Al principio, negaron la evidencia —sí, igual que la industria petrolífera con el cambio climático—. Con el tiempo, pasaron a la segunda fase: defender la autonomía de los fumadores. Horace Kornegay afirmó sin empacho en 1977: “El asunto real es la libertad de elección”. Presidía el Tobacco Institute, la organización de lobby de las tabaqueras para que no se tocara su negocio.
Con las redes estamos en ese punto. La libertad individual es un argumento tan tramposo ahora como entonces. Si una empresa fabrica deliberadamente un producto adictivo (tabaco o redes), si lo diseña ex profeso para que enganche más a más gente, si pone su I+D a maximizar esa adicción… invocar la libertad es casi un crimen. Las redes están diseñadas para explotar nuestras vulnerabilidades. Y estamos desarmados. Esto no tiene que ver con la libertad, sino con defender nuestra autonomía para pensar y sentir. En este momento, esa soberanía individual está ligada a nuestra soberanía como país.
Durov me decía en su mensaje que las medidas del Gobierno podrían “convertir a España en un Estado de vigilancia”. Lo cierto es que existen soluciones técnicas para que el control de la edad no acarree una presencia invasiva del Estado. La vigilancia preocupante es la suya. Hace una década, Shoshana Zuboff puso nombre a la actual forma de la economía: articulada en torno a la web, las redes sociales irrestrictas y ahora la inteligencia artificial (IA). Lo llamó “capitalismo de la vigilancia”, porque todo el negocio reposa sobre el asalto a nuestros datos. Sin embargo, en mi móvil el gran vigilante pretendía redimirme de la vigilancia.
Los ataques de los magnates tecnológicos resultan más duros que los de la industria tabaquera, sólo porque el contexto actual es peor. Unas redes radicalmente desreguladas desde su origen han hecho más difícil imaginar cómo las leyes nos protegen de abusos de la industria. Habrá que hacer mucha pedagogía, pero no hay nada más pedagógico que una buena ley.
En todo caso, debemos prepararnos para más enfrentamientos de este tipo. En la foto de la investidura de Trump quedó clara la coordinación de las tecnológicas y el Gobierno de EE UU. Musk, Zuckerberg, Altman, Bezos y los sospechosos habituales de Silicon Valley actúan con el trasfondo protector de su presidente autoritario, cuya Estrategia de Seguridad Nacional no deja lugar a dudas. Afirma cosas como que “la tecnología es poder”, y califica la inteligencia artificial como uno de los “intereses nacionales centrales y cruciales” de EE UU. La ecuación sale sola: cuando los gobiernos libres de países soberanos ponen límites a la tecnología, están acotando el poder de un puñado de varones blancos multimillonarios y de un Gobierno hasta ayer aliado. Hoy nos contempla como una apetitosa colonia; no busca una conquista territorial, sino cognitiva. Y para eso necesita la desregulación tecnológica que engorde sus empresas y manipule nuestras mentes.
Además, las normas europeas constituyen un poderoso ejemplo para otros países. Cuando el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, criticó en París hace un año “la regulación excesiva de la IA” en Europa no fue muy sofisticado en su amenaza: “No vamos a aceptar eso y es un terrible error”, aseguró.
No tengo dudas: el camino emprendido por España, Francia o Dinamarca es el correcto. Pero hay que hacer más, con más países y más rápido. La regulación debe ir acompañada de una infraestructura digital pública europea (me refiero a algo intuitivo, no un Mastodon para ingenieros). Para la IA, el modelo de lenguaje Apertus, impulsado por Suiza, sirve de inspiración.
Resulta acuciante construir soberanía digital. Si algo nos han enseñado las redes es que por ellas nos inoculan el odio, la soledad y las falsedades que erosionan la democracia. Esta vez no se trata de salvaguardar unas minas de cobalto, sino el territorio más sagrado: nuestra mente.