La irresistible llamada del teléfono móvil: cada día nos distrae 150 veces

Tener un ‘smartphone’ al alcance altera nuestro rendimiento intelectual, incluso cuando está inactivo, escribe el investigador francés Michel Desmurget en su nuevo libro ’La fábrica de cretinos digitales’

Adolescentes con sus 'smartphones' en Londres.
Adolescentes con sus 'smartphones' en Londres.Jeff Greenberg/GETTY IMAGES (Education Images/Universal Image)

Cada día, los propietarios de un smartphone, ya sean adultos o adolescentes, sufren de media entre cincuenta y ciento cincuenta interrupciones, es decir, una cada diez-treinta minutos, o, si quitamos el tiempo de sueño (pongamos siete horas diarias), una cada siete-veinte minutos. En la mitad de los casos, esas interrupciones se corresponden con elementos externos intrusivos (mensajes, SMS, llamadas, etc.). La otra mitad se deben a un movimiento endógeno compulsivo. Ese movimiento es innato: es la consecuencia de una selección progresiva que, a lo largo del proceso biológico de nuestra evolución, se ha ido obrando a favor de los individuos más “curiosos”, es decir, de los más rápidos a la hora de percibir y analizar la información procedente de su entorno (en forma de oportunidades o de peligros). Además, esta curiosidad se alimentaría a través de la activación del sistema cerebral de recompensa. En otras palabras, si consultamos de un modo tan frenético nuestros dispositivos móviles incluso en situaciones en las que no tenemos ninguna necesidad objetiva de hacerlo es, por una parte, porque sentimos (inconscientemente) miedo de perdernos algún dato vital, y, por otra, porque cumplir ese proceso de comprobación nos brinda un pequeño chute de dopamina muy agradable (y adictivo). A este doble mecanismo se le suele conocer como “FoMO”, acrónimo de fear of missing out (algo así como “el miedo de perderse algo”).

De acuerdo con un reciente estudio, basta con perder la atención dos o tres segundos para que “el tren del pensamiento descarrile”

En línea con esta idea, una investigación reciente ha demostrado lo difícil que es resistirse a la “llamada del teléfono móvil”. En ella se observó a una muestra variada de estudiantes (de educación secundaria o de universidad) durante una sesión de trabajo de un cuarto de hora. De media, los participantes solo dedicaron diez minutos a estudiar. Pese a la inquisitoria presencia de un experimentador, no consiguieron pasar más de seis minutos concentrados sin abalanzarse como muertos de hambre sobre sus dispositivos electrónicos. Seguramente, esos seis minutos constituyen un mejor resultado que el de la carpa dorada estándar de Microsoft, pero tampoco es que sea para tirar cohetes.

Esta observación coincide con la de otro estudio que revela que el mero hecho de tener un móvil al alcance de la mano es capaz de distraernos lo suficiente como para alterar nuestro rendimiento intelectual, incluso cuando el aparato permanece inactivo. Este fenómeno se debe a la dura lucha interna que libramos contra la necesidad impulsiva de “comprobar” el entorno, es decir, de asegurarnos de que no nos estamos perdiendo ninguna información importante. El procedimiento es similar al que se desencadena cuando aparece un elemento externo que nos reclama (una alarma, un timbre, una vibración, etc.): la única diferencia estriba en la naturaleza del estímulo activador (exógeno, en este último caso; endógeno, en el anterior). En ambas situaciones, el resultado es el mismo: el funcionamiento cognitivo se ve alterado, la concentración se merma y el rendimiento intelectual baja.

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Lo que debemos tener presente es que una interrupción no necesita ser persistente para provocar un efecto perjudicial. De acuerdo con otro reciente estudio, basta con perder la atención dos o tres segundos para que “el tren del pensamiento descarrile”, probablemente porque ese tren es sorprendentemente frágil y, una vez que ha perdido su estabilidad, no es fácil devolverlo a su estado anterior. Imagine, por ejemplo, que alguien le pide que haga un trabajo de síntesis. Usted se pone a ordenar sus argumentos, a seleccionarlos, a clasificarlos, a estructurarlos... y, de repente, su teléfono vibra o emite una señal sonora. Lo quiera o no, su atención se dirigirá inmediatamente hacia ese mensaje que acaba de recibir. Entonces se hará varias preguntas: ¿lo miro o no lo miro? ¿Debería esperar, mejor? ¿Respondo? ¿Quién será?...

El 50% de los padres consultan sus mensajes mientras conducen en presencia de sus hijos, ¡y el 30 % incluso se permiten escribir!

El problema es que, aun cuando usted decida inmediatamente que va a ignorar el aviso, el mal ya está hecho: a diferencia de lo que se suele pensar, no es que usted tenga que recuperar el hilo de una reflexión que se ha interrumpido momentáneamente, pero permanece guardada, intacta, en alguna parte de su cerebro, lista para “volver a cargarse” en el corazón de la maquinaria neuronal. No es así. Tras la interrupción, tendrá que reconstruir el flujo reflexivo, volver a encontrar los elementos que lo constituían y reensamblarlos para regresar al estado inicial previo a la interrupción.

Como es lógico, el tiempo y la energía que esta actividad requiere afectan de un modo considerable a la fiabilidad y a la productividad cognitivas. Eso, en el mejor de los casos, porque también hay que tener en cuenta que el perjuicio aumenta de forma automática cuando el pensamiento está avanzando a partir de datos que se le van ofreciendo progresivamente, por ejemplo durante una clase, una conferencia o, simplemente, un diálogo. En tales situaciones, la suspensión de la atención abre una doble brecha en el acceso a la información y el proceso de reflexión, lo cual, obviamente, resulta poco propicio para la comprensión del contenido expuesto (...)

Al debate sobre el impacto que provocan en el desarrollo cognitivo los dispositivos digitales empleados en la escuela cabría añadir los numerosos datos experimentales que demuestran la increíble capacidad que tienen las notificaciones y el uso de los móviles para atrapar nuestra atención cuando estamos conduciendo y, por tanto, para aumentar enormemente el riesgo de que suframos accidentes. Por ejemplo, ese riesgo se multiplica por 23 en el caso de los SMS, según un amplio estudio realizado por el Ministerio de Transportes de Estados Unidos. Sin embargo, eso no impide que el 50% de los padres consulten sus mensajes mientras conducen en presencia de sus hijos, ¡y que el 30 % incluso se permitan escribir! No pretendo aquí culpabilizar a nadie, pero sí subrayar el extraordinario potencial de nuestros teléfonos para generar comportamientos compulsivos.

‘La fábrica de cretinos digitales’ (Península), de Michel Desmurget, se publica el martes 1 de septiembre.

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