Todos los madriles caben en una calle

La calle de Alcalá, diez kilómetros y medio desde Canillejas a la Puerta del Sol sobre y bajo tierra, es un completo muestrario del paisaje y el paisanaje de la urbe

Paso de cebra en la calle de Alcalá a la altura de Quintana, una de las zonas de mayor concentración de personas.
Paso de cebra en la calle de Alcalá a la altura de Quintana, una de las zonas de mayor concentración de personas.DAVID EXPOSITO

A mediodía de un jueves cualquiera aún se oye la flauta del afilador en la capital del reino. Hoy he subido de Alcalá de Henares a la calle de Alcalá de Madrid en bus. Uno de esos Alsa verdes que zurcen a vainica triple las carreteras de la provincia llevando y trayendo personal del extrarradio a la urbe y viceversa. He bajado en Canillejas, he cruzado andando el puente sobre la pista de Barajas, que dicen los taxistas viejos, he pillado churros en Kini, el quiosco plantado enmedio de tamaña encrucijada y he cogido otra línea verde, la 5 del Metro, para pasear bajo tierra la vía más larga de Madrid y la tercera de España.

Arriba van pasando polígonos y bloques, lofts y adosados, talleres, solares y oficinas. El silo de papel de la Casa de la Moneda y el plató de El hormiguero. El parque de la Quinta de los Molinos, y el de El Retiro. Fruterías de batalla regentadas por marroquíes. Tiendas de ropa y de comestibles chinas. Mercerías con esa lencería ultrarreductora tan del gusto de las madrileñas latinas. La sede de Ciudadanos. El coso de Las Ventas. El Palacio de Cibeles con el alcalde Almeida en la torre del vigía. Los pijos de Serrano. Los plutócratas del Banco de España. Los bohemios del Círculo de Bellas Artes. Y, al final, en lontananza, a diez kilómetros y medio de donde nace, o muere la calle de Alcalá, la Puerta del Sol, meta soñada de los candidatos del 4-M. Hay muchos madriles en Madrid, cada uno con su flora y su fauna, pero casi todos están en esta vía. Incluidas las eternas obras del Canal de Isabel II, con permiso de Isabel I de Díaz-Ayuso, los atascos infernales en cuanto caen cuatro gotas y, sí, un afilador en moto trepanando los tímpanos de los viandantes ofreciendo sus servicios por la plaza de Quintana.

Un grupo de mayores jugando a las cartas en la plaza de Quintana.
Un grupo de mayores jugando a las cartas en la plaza de Quintana.DAVID EXPOSITO

Cuatro octogenarios largos y otros tantos mirandas de parecida quinta juegan un mus tras otro echando la mañana en los bancos dispuestos cual mesa camilla. Están “jodidos, pero contentos”, vacunados con “la buena, la de Pfizer, la de los infartos os la dejamos a los jóvenes”, según le vacilan a esta intrusa que les interrumpe el juego. De política no hablan, aunque uno despotrica lo más grande “del Coletas” y otro “de la Monasterio” sin que llegue la bilis a la alcantarilla. A esta hora, con los niños en el cole y quienes tienen curro currando, la media de edad del barrio no baja de los 60 años, pero las cosas están cambiando.

Detrás de la plaza, a tiro de petanca de la timba de abuelos vacilones, Antón Álvarez —C. Tangana y El madrileño para el siglo— componía su música hace solo un lustro en el salón de un piso minúsculo y bajaba luego a atizarse unos litros en el parque de José del Hierro con sus colegas. Hoy, su Tú me dejaste de querer convive con la bachata de los nuevos vecinos latinos en los cascos de los adolescentes. Lo sabe bien Alberto de Mora, encargado de la inmobiliaria Tecnocasa y vecino de aquí de toda la vida, que se echa un pitillo al solecillo de media mañana. El negocio anda tocado por la pandemia, pero se ven visos de mejora. Antes tardaban horas en alquilar por 700 euros un piso de dos cuartos sin ascensor y sin reforma. Ahora, no bajan de dos semanas y les cuesta encontrar clientes solventes. A la espera de que entren al mercado las viviendas vacías de los muchos mayores fallecidos por Covid en este envejecido barrio, las pocas casas que salen a la venta están muy solicitadas por parejas jóvenes con niños o idea de tenerlos algún lustro si la precariedad les deja. Los grandes inversores, que no son tontos, están comprando también locales en este dédalo de calles con el autobús y el metro a la puerta. Los tiros de las bandas latinas de Ciudad Lineal, a otro tiro de petanca, pero al otro lado de la calle, se quedan en Ciudad Lineal, de momento.

Una mujer saca dinero de su bolso en la galería de la plaza de Quintana, donde solo queda abierta la carnicería Villegas, que también cerrará este sábado ante la construcción del LIDL en el espacio.
Una mujer saca dinero de su bolso en la galería de la plaza de Quintana, donde solo queda abierta la carnicería Villegas, que también cerrará este sábado ante la construcción del LIDL en el espacio.DAVID EXPOSITO

Flota en el aire una sensación de fin de un mundo que acaba sin que otro empiece del todo. Ya lo dicen los titulares de los periódicos del quiosco de Yolanda Sánchez, que heredó el negocio de su madre y de su abuela, tres generaciones de mujeres voceando y despachando prensa en Quintana, y que aguanta el tirón de mala manera. Lo único cierto es la incertidumbre. De momento, ya han cerrado varias sucursales bancarias dejando a la parroquia sin cajeros y, en la galería de abastos, Martín Villegas, el carnicero del barrio desde 1987 y último inquilino del mercado, está liquidando el género porque el sábado próximo, o sea, hoy mismito, tiene que echar definitivamente la persiana para que empiecen las obras de un Lidl.

Bajo dando un garbeo hasta la sede de Ciudadanos, frente a Las Ventas. Ni rastro del candidato de la casa ni de su moto, salvo su nombre en las camisetas que regalan un par de militantes en un tenderete electoral en la puerta. Si cierra una los ojos, no obstante, casi puede ver a Edmundo Bal, el Entusiasta, saltando cual maletilla al ruedo a jugarse a todo o nada sus siglas. Unos metros más abajo, en el semáforo sobre la M-30, una chica guapísima y tristísima se ofrece a limpiar las lunas de los coches por una moneda. Nadie la deja y solo unos pocos, muy de vez en cuando, se dignan a bajar el cristal y darle unos céntimos. Más allá, intramuros, la ciudad cambia de paisaje y paisanaje a cada manzana. Muta la anchura de las aceras, los escaparates de las tiendas, las pintas de la gente y hasta la de los perros. Es otro Madrid, otro mundo, otro planeta, pero está en esta calle.

Puerta del Sol, donde finaliza la calle de Alcalá.
Puerta del Sol, donde finaliza la calle de Alcalá.DAVID EXPOSITO

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Luz Sánchez-Mellado

Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y publica en EL PAÍS desde estudiante. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.

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