Arancha González Laya: “A un matón no lo apaciguas ni con un Nobel de la Paz”
La exministra de Exteriores cree que hay una responsabilidad política compartida en la matanza de civiles en Gaza y advierte contra el discurso de la resignación frente a Trump
Cuenta Arancha González Laya (San Sebastián, 56 años) que en 2021, cuando abandonó el Ministerio de Asuntos Exteriores, “el cielo estaba cargado” de nubarrones en el panorama internacional y que ahora “llueve torrencialmente”. Eran los tiempos de la “desordenada salida de Afganistán” y Rabat ...
Cuenta Arancha González Laya (San Sebastián, 56 años) que en 2021, cuando abandonó el Ministerio de Asuntos Exteriores, “el cielo estaba cargado” de nubarrones en el panorama internacional y que ahora “llueve torrencialmente”. Eran los tiempos de la “desordenada salida de Afganistán” y Rabat la había sentenciado — “No hay ningún contacto con España”, declaró el jefe de la diplomacia marroquí“— tras descubrir que el Gobierno había permitido que el líder del Frente Polisario Brahim Gali fuera hospitalizado en Logroño cuando enfermó de covid. En plena crisis con Marruecos, su móvil fue hackeado. El cese llegó apenas 17 meses después de asumir el cargo, pero le dio tiempo a “dejar atada la negociación con Reino Unido sobre Gibraltar” y a realizar “una estrategia que aumentaba el compromiso de gasto en cooperación en África”, e impulsar “la diplomacia femenina”. Antes, esta abogada políglota (habla seis idiomas) que dejó el sector privado “para servir al interés público”, había sido jefa de gabinete del director de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y directora ejecutiva del Centro de Comercio Internacional de la ONU, además de ocupar varios puestos en la Comisión Europea. Hoy es decana de la Escuela de Asuntos Internacionales de París.
Pregunta. Ucrania, Gaza, Groenlandia... hay muchos frentes abiertos. ¿Es el momento más delicado para la política exterior en mucho tiempo?
Respuesta. La política exterior hoy no solo es la gestión de las relaciones internacionales, sino también la de su impacto en la política interior y garantía de estabilidad interna. La inquietud de los españoles hacia las políticas de Donald Trump está en cotas altísimas porque sienten que tienen un impacto claro en la economía, la sociedad y la democracia españolas, en la lucha contra el cambio climático o en la igualdad. Y el mensaje debe ser que tenemos capacidad de incidir.
P. ¿Cómo puede la diplomacia contener a personajes como Trump? ¿Siguen valiendo las viejas herramientas de la política exterior?
R. Sí, pero con un marco narrativo correcto. En Europa pasamos dos años haciendo un ejercicio de introspección que desnudó nuestras debilidades económicas ante el mundo: pedimos el informe Letta, el informe Draghi... , se nos olvidó hablar de nuestras fortalezas y ahora eso está siendo utilizado por la Administración Trump, que viene a decir: “Han perdido la batalla, abandonen”. Es el principio del vasallaje. Nos han tendido una trampa gigantesca. El Gobierno de España ha entendido que había que establecer una relación no de oposición, pero sí de resistencia, y Europa está descubriendo, lidiando con Trump, que a un matón no puedes apaciguarle. Esto vale para el matón en el Oeste, para el del Este y para el del Sur. La política exterior es muy fuerte para establecer una narrativa, pero el mayor peligro es creernos la del enemigo, la del pesimismo. No hemos perdido la batalla.
Tenemos un frontal de Trump. Quien no se coloque del lado de la defensa del interés nacional se está colocando del lado de quien es antiespañol
P. Algunas voces en Europa suenan a resistencia, pero otras, a resignación.
R. La extrema derecha en el mundo, y, en particular, la estadounidense, nos está diciendo constantemente que somos débiles, y una parte del espectro político europeo y del español se ha instalado en esa narrativa, pero no es real. Yo miro a EE UU y lo que veo es que la esperanza de vida, la tasa de homicidios cada 100.000 habitantes, la mortalidad infantil, el empleo de mujeres... todo eso es mejor en Europa.
P. ¿Qué pensó cuando vio la imagen de Maduro capturado?
R. Primero, francamente, sentí alegría por la caída de un dictador. Después, enfado por la manera en que ocurrió, porque el fin no justifica los medios y si los justifica ahí los puede justificar en otra situación donde el resultado nos va a gustar menos. Y finalmente sentí sospecha: ¿Esto es un trampantojo?
P. ¿Qué escenarios cree que se abren ahora en Venezuela?
R. Hay dos caminos: el del mantenimiento del régimen, quizá con una cara más amable, liberando presos políticos, permitiendo algunos espacios de libertad, liberalizando algo la economía... pero un régimen; o que se vayan dando pasos hacia una democratización que permita a los venezolanos decidir su futuro con unas elecciones limpias. No está claro de qué lado va a ir este proceso porque la Administración estadounidense no parece tener mucho interés en abrir una vía para una democratización seria y serena.
P. ¿La reacción de España y de la Unión Europea han sido las correctas?
R. Para España esto es una cuestión interna porque hay miles de venezolanos en España y miles de españoles en Venezuela. Otros países europeos lo pueden ver más lejos, pero esta es la Ucrania española. La reacción inicial del Gobierno al condenar lo que no se ha hecho bien aunque nos pueda gustar el resultado es la correcta porque esto es lo que hemos dicho que no funciona en otros lugares. Ahora España tiene un papel que jugar en la democratización y debería jugarlo sin que las dos grandes fuerzas políticas del país usen esto como ariete en su guerra doméstica porque eso capa la capacidad de España de ser un actor. En Europa ha habido dos tiempos, uno inicial donde la respuesta fue no molestar a la Administración estadounidense y una segunda respuesta, cuando se comprendió el peligro de la aplicación de esa doctrina a otras geografías, llámese Ucrania, Taiwán...
P. Sienta un precedente.
R. Claro. Ese es el peligro.
P. Dirigentes del PP confesaron a EL PAÍS su miedo a criticar abiertamente a Trump; creen haberse quedado atrapados en una pinza entre Vox, que muestra un apoyo férreo a EE UU, y el Gobierno de Pedro Sánchez, que dicen que “juega a ser el anti-Trump”. En política exterior, ¿los amigos de tus enemigos son tus amigos? ¿El silencio es una opción en estos momentos?
R. El silencio no es una opción en estos momentos. Tenemos un ataque frontal de la Administración Trump contra España y contra Europa y no lo esconden. Están atacando las democracias europeas y la española con injerencias internas, coerción económica y depredación financiera. Quien no se coloque del lado de la defensa del interés nacional se está colocando del lado de quien es antiespañol.
P. Ha sido muy criticado por la derecha el papel del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en Venezuela. ¿Cómo lo valora? ¿Cree que debió haber algún cambio en su mediación después de las últimas elecciones?
R. Sé que ha trabajado mucho para la liberación de presos políticos y eso hay que aplaudirlo. Más allá de eso, desconozco su actividad allí y no creo que sea muy útil pronunciarme.
P. ¿Entendió el Nobel de la Paz a María Corina Machado?
R. Pensé que era un gesto político. El Nobel de la Paz ha hecho muchos en los últimos años, algunos muy controvertidos, como el del primer ministro etíope o el de Obama. El premio reconoce a alguien que lucha por la por la democracia en Venezuela. Yo creo en ese objetivo y me quedo con eso.
P. El mensaje impreso en el cuadro con la medalla del Nobel que Machado entregó a Trump mostraba su gratitud por “la promoción de la paz mediante la fuerza”. ¿Es eso posible? ¿Ha muerto el concepto de disuasión?
R. La gran lección es que no se apacigua a un matón, ni siquiera con un Nobel de la Paz. Hay que construir capacidades de disuasión y la mejor que tiene en sus manos Machado es convencer a EE UU de que ella sería la mejor persona para liderar la transición. Ahí tiene muchas cosas que decir. Quizás, regalándole la medalla un poco menos.
P. ¿Puede la OTAN seguir siendo lo que era? ¿Sigue vigente el artículo cinco del Tratado después de las amenazas de Trump sobre Groenlandia?
R. Trump ha puesto en cuestión el artículo 5 sin ningún pudor. Cuando, en una alianza militar, uno de los aliados cuestiona la integridad territorial de otro, en este caso Dinamarca, traspasa una línea roja y tenemos que responder.
P. ¿Cuál debería ser esa respuesta?
R. Construir disuasión europea. Estados Unidos ha debilitado la idea de la disuasión transatlántica, pero tenemos que insistir en la nuestra. Por eso no me parece muy inteligente por parte del Secretario General de la OTAN ir al Parlamento Europeo a decir que Europa ha perdido ya la batalla de la disuasión europea. Es el tipo de narrativa del pesimismo que nos está desempoderando.
Todos somos responsables políticos de lo que ha ocurrido en Gaza, de haber dejado que la situación se pudriera
P. Hubo mucho debate a la hora de definir lo que Netanyahu cometió en Gaza. ¿Fue un genocidio?
R. Ha habido una voluntad de exterminar a la ciudadanía de un territorio privándola de agua, alimentos, medicinas. Usar eso como arma de guerra, asesinar o permitir el asesinato de ciudadanos... tiene un nombre en la legislación internacional. Israel tiene una sensibilidad muy grande con el término genocidio porque ellos lo sufrieron, pero eso no puede ser la razón para cerrar los ojos cuando le ocurre a los palestinos. Si ha sido un genocidio, un crimen de guerra o contra la humanidad es una discusión para juristas, pero todos tenemos muy claro lo que ha ocurrido y la pregunta es cuánta energía política estamos dispuestos a poner para resolver las raíces del problema. Ahí creo que, nuevamente, nos hemos quedado acomodados tras la iniciativa que toma Estados Unidos, que no ha terminado con el asesinato de civiles palestinos.
P. ¿Ha sido un fracaso del derecho internacional? ¿Podía la comunidad internacional haber hecho más y, sobre todo, haberlo hecho antes?
R. Claro que es un fracaso colectivo. Y tiene muchos nombres, empezando por los vecinos que tienen una ascendencia sobre el conflicto. Todos somos responsables políticos de lo que ha ocurrido, de haber dejado que la situación se pudriera. Cuando era ministra de Exteriores, me reuní con Netanyahu y con el primer ministro palestino. Deberíamos haber insistido más. Uno de los problemas de la política exterior es que se invierte mucho más en gestionar los post-conflictos que en evitarlos. Europa podría haber tenido un papel más relevante, pero no hay unidad. En Ucrania sí estamos unidos y cuatro años después, Rusia no ha conseguido sus objetivos.
P. ¿Cuál sería una paz justa para Ucrania?
R. La que los ucranianos definan de acuerdo con sus intereses. No puede ser el resultado de la coerción. Lo que estamos haciendo en el último año es, sobre todo, evitar que sea impuesta una paz que no corresponde a los intereses ucranianos. Nos va la vida en eso porque una paz injusta en Ucrania es una paz injusta en Europa. Y una paz injusta en Europa es una invitación a la agresión de otro país europeo.
P. Otro precedente.
R. Exacto.
P. ¿Entendió el cambio de postura del Gobierno sobre el Sáhara 47 años después?
R. No es una cuestión de entender, sino de tomar nota. Hubo un cambio de posición, tengo mi opinión al respecto, pero también una responsabilidad como exministra en un tema de Estado. Nunca voy a traicionar ese principio de responsabilidad.
P. En su momento se dijo que su cese era una concesión a Marruecos. ¿Lo comparte?
R. A algunos les ha venido bien, quizá, presentarlo como una concesión, pero yo no lo viví así. Mi entrada en política fue una decisión del presidente del Gobierno y mi salida también. No hay un derecho a entrar en política ni una obligación a quedarse. Las lecturas que se han podido hacer es algo importante que tiene que gestionarse, pero no por mí, sino por quien lo decidió.
P. ¿Habría hecho lo mismo con su ministro de Exteriores si hubiera sido usted presidenta del Gobierno?
R. (Ríe). Tengo la máxima de no responder a preguntas que empiezan con un condicional. Es muy fácil decir yo hubiera hecho o no a posteriori y desde fuera. Lo que sí creo es que nadie me puede acusar de falta de firmeza en la defensa de los intereses de mi país. Igual que nadie me va a poder decir que no he sido firme en la defensa de los intereses europeos porque ese el centro de gravedad en el que yo me muevo.
P. ¿Le ha sorprendido el Me too en la política, con denuncias por acoso contra dirigentes políticos incluso en partidos como el PSOE, que abanderan el combate contra las conductas machistas?
R. No me ha sorprendido porque descubre una realidad terrible: sigue habiendo una increíble violencia contra las mujeres y en política, donde hay poder, hay un ensañamiento particular. Esto no es específico de un espacio político, pero sí hay partidos más comprometidos que otros para perseguirlo. La Administración estadounidense y algunas más han empoderado a quienes quieren un nuevo instrumento de sumisión de la mujer. Quienes impulsan esa agenda retrógrada buscan otra forma de división, pero quien rechace una agenda feminista está en contra de la Constitución española.
P. ¿A lo largo de su carrera ha presenciado o sufrido algún episodio de acoso o de machismo?
R. De acoso físico no, pero sí de ninguneo, y a la vez he estado rodeada de hombres impulsores de la igualdad que me han ayudado enormemente cuando he vivido esos episodios. Fui la primera mujer jefa de gabinete de un director general de la Organización Mundial de Comercio en 2005 y la organización existe desde 1948. He sido la única mujer sentada a negociar acuerdos comerciales en mesas donde todos los negociadores eran hombres. Todavía hoy, en muchos centros de debate soy la única mujer. Por eso apoyé desde el inicio al grupo de mujeres que han trabajado en Naciones Unidas y que impulsan la igualdad. Esto no va de hombres contra mujeres, sino de sociedades que son democráticas o que no lo son.
P. Y del cero al 10, ¿qué nota pondría a España en igualdad?
R. Yo le pondría una nota muy alta en concienciación y políticas, porque somos ejemplo para otros países. Pero nos queda mucho por hacer. No solo hay que cambiar las reglas, sino la cultura, y eso no lo hacen los parlamentos o las instituciones, sino los ciudadanos: las familias con sus hijos, los enseñantes en la escuela, los colegas en el lugar de trabajo. Tenemos que hacer una gran causa nacional para convertirnos en una sociedad que no discrimina, ni a la mujer ni a nadie, pero hay a quien le interesa discriminar, es decir, dividir.