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Más que mil imágenes

Una vez publicada una novela, su propietario deja de ser el autor y pasa a ser el lector el auténtico protagonista

Me lo preguntan cada vez que se lleva una de mis novelas al cine o la tele (o a lo que sea): “¿Está usted satisfecho con la adaptación?”. Y también: “¿Es fiel a la obra?”. A la primera pregunta siempre contesto que sí. La respuesta suele decepcionar, sobre todo si quien pregunta pertenece al gremio periodístico, muy aficionado a la bronca entre escritores y cineastas; de hecho, un periodista me dijo una vez que yo siempre daba esa respuesta porque me importaba un rábano lo que hicieran con mis libros, cosa que es falsa. Podría ocurrir, en cambio, que en este asunto me parezca a Colm Tóibín, qu...

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Me lo preguntan cada vez que se lleva una de mis novelas al cine o la tele (o a lo que sea): “¿Está usted satisfecho con la adaptación?”. Y también: “¿Es fiel a la obra?”. A la primera pregunta siempre contesto que sí. La respuesta suele decepcionar, sobre todo si quien pregunta pertenece al gremio periodístico, muy aficionado a la bronca entre escritores y cineastas; de hecho, un periodista me dijo una vez que yo siempre daba esa respuesta porque me importaba un rábano lo que hicieran con mis libros, cosa que es falsa. Podría ocurrir, en cambio, que en este asunto me parezca a Colm Tóibín, quien, hablando de la adaptación de una de sus novelas, me confesó: “Yo, cuando alguien se interesa por lo que hago, pierdo por completo el sentido crítico”. Es posible. Incluso es posible que el escritor sea la persona menos indicada para opinar sobre las adaptaciones de sus novelas: le pillan demasiado cerca. Es posible, pero también caben otras posibilidades.

De partida, una perogrullada: una novela es una novela y una película es una película. Aunque el cine surja históricamente de la novela y guarde relación con ella, el material de la novela y el del cine son distintos: una película está compuesta de imágenes, sonidos y palabras; una novela, solo de palabras, y no se puede emancipar de ellas: adaptar comporta alterar; en otros términos: toda adaptación es una traición. La mera idea de una película del todo fiel a una novela es absurda; fiel a su letra, quiero decir: puede ser fiel a su espíritu, sea eso lo que sea, pero solo traicionando su letra. Mi ejemplo favorito de esa bendita deslealtad es El gatopardo, de Luchino Visconti, un cineasta a menudo engolado y pretencioso que halló sin embargo en la novela homónima de Lampedusa el instrumento de una obra maestra: no hay duda de que la insondable melancolía siciliana del libro sobrevive en la película; tampoco de que la letra de ésta es, en puntos clave, opuesta a la de aquélla: en la película, el joven Tancredi está enamorado de la exuberante Angelica, mientras que al final de la obra de Lampedusa comprendemos que, en realidad, siempre estuvo enamorado de su desdichada prima Concetta. Otra perogrullada: una novela no es mejor porque un cineasta decida llevarla al cine; cuando un cineasta de verdad adapta una novela no lo hace solo porque le guste, sino sobre todo porque detecta en ella algo que le atañe, que de algún modo le pertenece. Hace nueve años, Manuel Martín Cuenca estrenó una película, El autor, basada en mi primera novela, que se había publicado casi en secreto, con el título de El móvil, casi cuatro décadas atrás; naturalmente, cuando el director me contó su proyecto pensé que estaba como una cabra, hasta que recordé que su última película trataba de un caníbal que devora carne humana y que El móvil trata de otro caníbal: un novelista que devora vidas humanas para escribir sus novelas. Esto significa que, casi 40 años antes de que Martín Cuenca estrenase El autor, yo ya había escrito su partitura sin que ni él ni yo lo supiéramos. Eso es una novela: una partitura que quien lee interpreta en su fuero interno; el cineasta es otro lector, solo que, además de interpretar la partitura en su fuero interno, la traslada al externo: a la pantalla. “¿Veremos en la pantalla lo que hemos leído en su novela?”, suelen preguntarme también. “Imposible”, respondo. “Lo que usted ha leído solo lo ha leído usted; en cambio, lo que verá en la pantalla es lo que ha leído el cineasta, transmutado en palabras, imágenes y sonidos”. Ahí está la gracia de la literatura: en ella, no es una imagen la que vale más que mil palabras, sino una palabra la que vale más que mil imágenes.

Dicho esto, comprenderán ustedes que un servidor no tenga el más mínimo sentido de la propiedad sobre sus novelas (salvo económicamente, claro está: me encanta cobrar por lo que escribo). La razón es simple: una vez publicada una novela, su propietario deja de ser el autor y pasa a ser el lector, que es quien termina los libros y el auténtico protagonista de la literatura. Que nuestro tiempo lo haya olvidado no significa que deje de ser verdad.

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