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Los mejores discos de 2016

Pop, rock, electrónica, flamenco, clásica, experimental... los hitos musicales del año, analizados por nuestros críticos género a género

  • Años después de dejar de estar en el epicentro de la creatividad musical, los sonidos hechos con guitarras abandonaron también la cima de la cadena alimenticia comercial. Ahora, uno ya no se sienta a ver qué nuevo artista llega, sino a contemplar qué viejo creador se marcha. En este aspecto, 2016 ha sido un toque de advertencia para todos los que decidieron ignorar que la muerte del rock y el pop como los entendimos en el siglo XX llevaría irremediablemente a la muerte de los que los hicieron populares entonces. El fallecimiento de David Bowie y Leonard Cohen nos hizo recordar esto último, mientras que la brillantez de las dos referencias que ambos lanzaron 2 y 19 días antes de sus respectivas despedidas confirmó que, por muy cansado que esté, el rock sigue siendo la mejor fábrica de leyendas desde la Grecia antigua. Ambos discos están plagados de referencias a la mortalidad de sus creadores y ambos se han colado, sin necesidad de apelar al respeto por los difuntos, a la condescendencia, ni siquiera a la nostalgia, en lo más alto de casi todas las listas de lo mejor del año. Otro síntoma musical tan reciente como asentado es el desprecio cada vez mayor por el indie clásico, que se ha convertido para la juventud de hoy en lo que el heavy metal fue para la de los indies de los noventa: algo que uno escuchaba de adolescente, pero de lo que reniega en el momento en el que se ve capaz de integrarse en una nueva tendencia que aporta ropa más favorecedora y mejor sexo. A pesar de todo, bandas como Car Seat ­Headrest, con su deliciosa conversión de Pavement en banda taciturna, o Parquet Courts, con su empecinamiento en fabricar canciones que hacen que corras a buscar tus viejos discos de The Modern Lovers para comprobar que no solo no son versiones, sino que podrían ser incluso superiores a las supuestamente originales, han logrado insuflar algo de vida a un enfermo que estaba ya preparado a alimentarse este año solo con la deliciosa candidez confesional de la gran Mitski, o del carácter de Angel Olsen. Con el panorama pop y rock destripado casi por completo de los modos y personalidades que le han dado forma en las últimas décadas, 2016 confirma que viniendo del rhythm and blues o del hip-hop se puede fabricar algo muy parecido a lo que podríamos definir como pop contemporáneo. Eso hace Frank Ocean, que va camino de ser el Michael Jackson de la era Tinder, o Kate Tempest, la poetisa que consigue imaginar al bardo izquierdoso Billy Bragg como un hiphopero que ha leído a Dickens y no parezca un chiste, sino la idea de un futuro, por fin, distinto al pasado. Por XAVI SANCHO
    1Años después de dejar de estar en el epicentro de la creatividad musical, los sonidos hechos con guitarras abandonaron también la cima de la cadena alimenticia comercial. Ahora, uno ya no se sienta a ver qué nuevo artista llega, sino a contemplar qué viejo creador se marcha. En este aspecto, 2016 ha sido un toque de advertencia para todos los que decidieron ignorar que la muerte del rock y el pop como los entendimos en el siglo XX llevaría irremediablemente a la muerte de los que los hicieron populares entonces. El fallecimiento de David Bowie y Leonard Cohen nos hizo recordar esto último, mientras que la brillantez de las dos referencias que ambos lanzaron 2 y 19 días antes de sus respectivas despedidas confirmó que, por muy cansado que esté, el rock sigue siendo la mejor fábrica de leyendas desde la Grecia antigua. Ambos discos están plagados de referencias a la mortalidad de sus creadores y ambos se han colado, sin necesidad de apelar al respeto por los difuntos, a la condescendencia, ni siquiera a la nostalgia, en lo más alto de casi todas las listas de lo mejor del año. Otro síntoma musical tan reciente como asentado es el desprecio cada vez mayor por el indie clásico, que se ha convertido para la juventud de hoy en lo que el heavy metal fue para la de los indies de los noventa: algo que uno escuchaba de adolescente, pero de lo que reniega en el momento en el que se ve capaz de integrarse en una nueva tendencia que aporta ropa más favorecedora y mejor sexo. A pesar de todo, bandas como Car Seat ­Headrest, con su deliciosa conversión de Pavement en banda taciturna, o Parquet Courts, con su empecinamiento en fabricar canciones que hacen que corras a buscar tus viejos discos de The Modern Lovers para comprobar que no solo no son versiones, sino que podrían ser incluso superiores a las supuestamente originales, han logrado insuflar algo de vida a un enfermo que estaba ya preparado a alimentarse este año solo con la deliciosa candidez confesional de la gran Mitski, o del carácter de Angel Olsen. Con el panorama pop y rock destripado casi por completo de los modos y personalidades que le han dado forma en las últimas décadas, 2016 confirma que viniendo del rhythm and blues o del hip-hop se puede fabricar algo muy parecido a lo que podríamos definir como pop contemporáneo. Eso hace Frank Ocean, que va camino de ser el Michael Jackson de la era Tinder, o Kate Tempest, la poetisa que consigue imaginar al bardo izquierdoso Billy Bragg como un hiphopero que ha leído a Dickens y no parezca un chiste, sino la idea de un futuro, por fin, distinto al pasado. Por XAVI SANCHO Ir a noticia
  • Más allá de etiquetas, como esa dichosa del indie, que sirve para englobar ya cualquier cosa en el panorama mundial y especialmente en España, el pop-rock nacional se sigue mostrando muy vivo y diverso, con propuestas con carácter, llegando desde distintas orillas estilísticas. Desde las aguas del flamenco, una voz ha sobresalido con fuerza descomunal: Sílvia Pérez Cruz. Con fabulosa libertad y cierta vanguardia, ha aunado en Domus jazz, habaneras o folk hasta crear una arrebatadora música popular, atravesando otros campos y alcanzando a oyentes fuera del círculo flamenco. También ha sido el año en el que algunos de los grandes francotiradores han destacado con sus visiones del rock, empapadas de toques clásicos como en el caso de Quique González, Coque Malla, Robe Iniesta o Iván Ferreiro, de músicas del mundo como Depedro o de soul y funk como Julián Maeso. Y, con todo, las verdaderas triunfadoras han sido las bandas, atractivo de los principales festivales españoles, que han dado unos números muy positivos. Entre los grupos más relevantes y solicitados han estado Love of Lesbian, Vetusta Morla, Corizonas, León Benavente, Manel o Izal, aunque hay que destacar por su buen hacer, en un ámbito más subterráneo, a Triángulo de Amor Bizarro, Morgan, Novedades Carminha o Belako. Esto en el año marcado por el trágico accidente que sufrieron los chicos de Supersubmarina, que recibieron el apoyo de toda la escena española. Por FERNANDO NAVARRO
    2Pop-rock nacional: Vivo, diverso y con carácter Más allá de etiquetas, como esa dichosa del indie, que sirve para englobar ya cualquier cosa en el panorama mundial y especialmente en España, el pop-rock nacional se sigue mostrando muy vivo y diverso, con propuestas con carácter, llegando desde distintas orillas estilísticas. Desde las aguas del flamenco, una voz ha sobresalido con fuerza descomunal: Sílvia Pérez Cruz. Con fabulosa libertad y cierta vanguardia, ha aunado en Domus jazz, habaneras o folk hasta crear una arrebatadora música popular, atravesando otros campos y alcanzando a oyentes fuera del círculo flamenco. También ha sido el año en el que algunos de los grandes francotiradores han destacado con sus visiones del rock, empapadas de toques clásicos como en el caso de Quique González, Coque Malla, Robe Iniesta o Iván Ferreiro, de músicas del mundo como Depedro o de soul y funk como Julián Maeso. Y, con todo, las verdaderas triunfadoras han sido las bandas, atractivo de los principales festivales españoles, que han dado unos números muy positivos. Entre los grupos más relevantes y solicitados han estado Love of Lesbian, Vetusta Morla, Corizonas, León Benavente, Manel o Izal, aunque hay que destacar por su buen hacer, en un ámbito más subterráneo, a Triángulo de Amor Bizarro, Morgan, Novedades Carminha o Belako. Esto en el año marcado por el trágico accidente que sufrieron los chicos de Supersubmarina, que recibieron el apoyo de toda la escena española. Por FERNANDO NAVARRO Ir a noticia
  • Ante el dominio de Kendrick Lamar la temporada pasada, el hip hop de 2016 ha sido capaz de repartir y dispersar los protagonismos. A lo largo de doce meses el género ha mostrado una salud y excitación creativa superior a la de cosechas recientes. Desacomplejados, estimulantes y rotundos, los mejores lanzamientos del año —Chance The Rapper, Anderson Paak, Vince Staples, Danny Brown, Pusha T, Dave East o Isaiah Rashad— comparten un planteamiento musical integrador y transversal pero poco o nada complaciente. Incluso las firmas de más renombre, desde Kanye West hasta YG, desde Young Thug hasta Common, desde Future hasta Drake, publicaron discos o mixtapes de fragmentación estética, ideológica o conceptual y dejaron claro que son ellos quienes manejan las riendas del mainstream y no al revés. Incluso viejas glorias como De La Soul o A Tribe Called Quest se unieron a la causa. Una actitud recreada también por el R&B, que ha vivido un año de notables desafíos sonoros y políticos: los discos de Beyoncé, Solange, Frank Ocean, Rihanna, Nao o KING han deslumbrado por sus ganas de compromiso ideológico y por sus aires de renovación. Y en paralelo a esta exultante conquista negra, la escena electrónica ha vivido un periodo de cierta convalecencia en que al margen de los hallazgos de Aphex Twin, Sophia Loizou, Nicolas Jaar, Konx-Om-Pax o Pantha Du Prince, la atención ha estado centrada en los memorables acercamientos pop de Jessy Lanza, James Blake o Anohni. Por DAVID BROC
    3Hip hop, R&B y electrónica: Ante el dominio de Kendrick Lamar la temporada pasada, el hip hop de 2016 ha sido capaz de repartir y dispersar los protagonismos. A lo largo de doce meses el género ha mostrado una salud y excitación creativa superior a la de cosechas recientes. Desacomplejados, estimulantes y rotundos, los mejores lanzamientos del año —Chance The Rapper, Anderson Paak, Vince Staples, Danny Brown, Pusha T, Dave East o Isaiah Rashad— comparten un planteamiento musical integrador y transversal pero poco o nada complaciente. Incluso las firmas de más renombre, desde Kanye West hasta YG, desde Young Thug hasta Common, desde Future hasta Drake, publicaron discos o mixtapes de fragmentación estética, ideológica o conceptual y dejaron claro que son ellos quienes manejan las riendas del mainstream y no al revés. Incluso viejas glorias como De La Soul o A Tribe Called Quest se unieron a la causa. Una actitud recreada también por el R&B, que ha vivido un año de notables desafíos sonoros y políticos: los discos de Beyoncé, Solange, Frank Ocean, Rihanna, Nao o KING han deslumbrado por sus ganas de compromiso ideológico y por sus aires de renovación. Y en paralelo a esta exultante conquista negra, la escena electrónica ha vivido un periodo de cierta convalecencia en que al margen de los hallazgos de Aphex Twin, Sophia Loizou, Nicolas Jaar, Konx-Om-Pax o Pantha Du Prince, la atención ha estado centrada en los memorables acercamientos pop de Jessy Lanza, James Blake o Anohni. Por DAVID BROC Ir a noticia
  • Así es el juego: la industria discográfica busca nichos de mercado donde abunden los compradores sin problemas económicos. Básicamente, se trata de editar todo lo que haya en los archivos, a ser posible con envoltorios lujosos. Por ejemplo, Pink Floyd publicó en noviembre una cofre de 28 discos titulada The Early Years 1965 – 1972, que costaba inicialmente alrededor de 500 euros (y sube de precio cuando se agota la tirada original). Se pulsa la cuerda del completismo, la urgencia por tenerlo todo de un determinado artista, aunque la realidad revele que muchos de esos discos no lleguen a sonar. Puede haber otras razones, más allá del negocio inmediato. Bob Dylan edita The 1966 Live Recordings (Sony), caja que reúne todos los conciertos de aquel año en 36 CD. El equipo de Dylan intenta evitar que, aprovechando un resquicio de la legislación europea, empresas marginales rescaten grabaciones que ya han cumplido los 50 años. Al coleccionista se le atrae también por la (supuesta) mejora de sonido. The RCA and Arista álbum collection (Sony) junta 18 discos en solitario de Lou Reed, filtrados por los finos oídos de su amigo, el productor Hal Willner. Con típica perversidad, se olvidan de dos entregas en directo y de los temas extra que acompañaban a anteriores reediciones. En este sector, la principal enseñanza es que conviene mantener activos los archivos. Piensen en lo que ha ocurrido con dos ilustres difuntos de 2016. Ha seguido saliendo material de David Bowie, como Bowie at the Beeb en vinilo o la caja Who can I be now? 1974-1976, que incluso reconstruye un disco que no llegó a editarse, The gouster. Por el contrario, de Prince se ha publicado únicamente un recopilatorio, el doble 4ever (Warner), que se para en 1993 y solo añade un tema inédito. Pudo ser el artista más prolífico de nuestro tiempo pero dejó a sus fans sin otro recurso que seguir pescando en el océano de Internet. DIEGO A. MANRIQUE
    4Reediciones: Las joyas de la corona Así es el juego: la industria discográfica busca nichos de mercado donde abunden los compradores sin problemas económicos. Básicamente, se trata de editar todo lo que haya en los archivos, a ser posible con envoltorios lujosos. Por ejemplo, Pink Floyd publicó en noviembre una cofre de 28 discos titulada The Early Years 1965 – 1972, que costaba inicialmente alrededor de 500 euros (y sube de precio cuando se agota la tirada original). Se pulsa la cuerda del completismo, la urgencia por tenerlo todo de un determinado artista, aunque la realidad revele que muchos de esos discos no lleguen a sonar. Puede haber otras razones, más allá del negocio inmediato. Bob Dylan edita The 1966 Live Recordings (Sony), caja que reúne todos los conciertos de aquel año en 36 CD. El equipo de Dylan intenta evitar que, aprovechando un resquicio de la legislación europea, empresas marginales rescaten grabaciones que ya han cumplido los 50 años. Al coleccionista se le atrae también por la (supuesta) mejora de sonido. The RCA and Arista álbum collection (Sony) junta 18 discos en solitario de Lou Reed, filtrados por los finos oídos de su amigo, el productor Hal Willner. Con típica perversidad, se olvidan de dos entregas en directo y de los temas extra que acompañaban a anteriores reediciones. En este sector, la principal enseñanza es que conviene mantener activos los archivos. Piensen en lo que ha ocurrido con dos ilustres difuntos de 2016. Ha seguido saliendo material de David Bowie, como Bowie at the Beeb en vinilo o la caja Who can I be now? 1974-1976, que incluso reconstruye un disco que no llegó a editarse, The gouster. Por el contrario, de Prince se ha publicado únicamente un recopilatorio, el doble 4ever (Warner), que se para en 1993 y solo añade un tema inédito. Pudo ser el artista más prolífico de nuestro tiempo pero dejó a sus fans sin otro recurso que seguir pescando en el océano de Internet. DIEGO A. MANRIQUE Ir a noticia
  • Aunque el jazz está más vivo que nunca, este ha sido un año relativamente olvidable: la longevidad del género tiene su precio, y 2016 se nos ha llevado a gigantes como Paul Bley, Bobby Hutcherson, Rudy Van Gelder, Toots Thielemans o Mose Allison, además de otros nombres imprescindibles en la historia del jazz como Don Friedman, Victor Bailey, Bob Cranshaw, Joe Temperley, Gato Barbieri, Claude Williamson, Jeremy Steig, Louis Smith, Dominic Duval o Sir Charles Thompson. Pero la maquinaria de la música improvisada no para y sigue documentándose abundantemente en el ámbito discográfico. Mientras las multinacionales saquean sus arcas y exprimen a sus artistas en nómina, la autoedición y la comprometida labor de sellos independientes a ambos lados del charco continúan con una amplia proyección y expansión de las ramificaciones del género. Y en España hay que destacar el imparable ascenso de nuestra escena, con un nombre en efervescencia que representa ese crecimiento: Marco Mezquida. El pianista figura en varios de los mejores discos nacionales del año, desde su propio piano solo o el excelente grupo MAP (coliderado por Ernesto Aurignac y Ramón Prats, otros dos de los nombres más destacables del panorama) a su participación en los también recomendables discos de Gonzalo del Val y Giulia Valle, entre otros. Pero hay muchos más, y cada vez mejores. Así que, aunque se nos mueran las leyendas, hay futuro. Por por YAHVÉ M. DE LA CAVADA
    5Jazz: Un futuro sin leyendas Aunque el jazz está más vivo que nunca, este ha sido un año relativamente olvidable: la longevidad del género tiene su precio, y 2016 se nos ha llevado a gigantes como Paul Bley, Bobby Hutcherson, Rudy Van Gelder, Toots Thielemans o Mose Allison, además de otros nombres imprescindibles en la historia del jazz como Don Friedman, Victor Bailey, Bob Cranshaw, Joe Temperley, Gato Barbieri, Claude Williamson, Jeremy Steig, Louis Smith, Dominic Duval o Sir Charles Thompson. Pero la maquinaria de la música improvisada no para y sigue documentándose abundantemente en el ámbito discográfico. Mientras las multinacionales saquean sus arcas y exprimen a sus artistas en nómina, la autoedición y la comprometida labor de sellos independientes a ambos lados del charco continúan con una amplia proyección y expansión de las ramificaciones del género. Y en España hay que destacar el imparable ascenso de nuestra escena, con un nombre en efervescencia que representa ese crecimiento: Marco Mezquida. El pianista figura en varios de los mejores discos nacionales del año, desde su propio piano solo o el excelente grupo MAP (coliderado por Ernesto Aurignac y Ramón Prats, otros dos de los nombres más destacables del panorama) a su participación en los también recomendables discos de Gonzalo del Val y Giulia Valle, entre otros. Pero hay muchos más, y cada vez mejores. Así que, aunque se nos mueran las leyendas, hay futuro. Por por YAHVÉ M. DE LA CAVADA Ir a noticia
  • Las músicas de raíz (o del mundo) siguen constituyendo el genuino latido de ese corazón musical que ha continuado bombeando ritmos y sonidos excitantes en 2016. Un año en el que se ha celebrado el centenario de la samba, mientras la veterana brasileña Elza Soares destrozaba convencionalismos con un disco de rompe y rasga. Cuatro puntos cardinales han enmarcado los hechos más interesantes de un año prolijo en sorpresas: Ecuador, con el Andes Step de Nicolá Cruz y EVHA o el proyecto ecuatocolombiano Río Mira; Congo y el filón electroacústico que representan grupos como Konono Nº1 y Mbongwa­na Star y artistas que prolongan el encanto de los sapeurs como Baloji; Egipto con Islam Chipsy, Maurice Louca y el brutal arab bass de Rozzma, tardíos efluvios sonoros de la primavera árabe; y Corea del Sur, país del que el posrock oriental de Jambinai es solo la punta del iceberg. Y si las muertes de iconos globales como el percusionista brasileño Naná Vasconcelos, el saxofonista etíope Getatchew Mekuria, el rey del ska jamaicano Prince Buster o el fastuoso embajador de los sapeurs congoleños Papa Wemba nos han amargado un poco, la vitalista propuesta eletromagnética de los sudafricanos Batuk (nuevo proyecto de Spoek Mathambo) hace presagiar que las músicas de raíz van a ser el principal carburante de los próximos años en materia sonora. Por LUIS LLES
    6Músicas del mundo: El carburante sonoro Las músicas de raíz (o del mundo) siguen constituyendo el genuino latido de ese corazón musical que ha continuado bombeando ritmos y sonidos excitantes en 2016. Un año en el que se ha celebrado el centenario de la samba, mientras la veterana brasileña Elza Soares destrozaba convencionalismos con un disco de rompe y rasga. Cuatro puntos cardinales han enmarcado los hechos más interesantes de un año prolijo en sorpresas: Ecuador, con el Andes Step de Nicolá Cruz y EVHA o el proyecto ecuatocolombiano Río Mira; Congo y el filón electroacústico que representan grupos como Konono Nº1 y Mbongwa­na Star y artistas que prolongan el encanto de los sapeurs como Baloji; Egipto con Islam Chipsy, Maurice Louca y el brutal arab bass de Rozzma, tardíos efluvios sonoros de la primavera árabe; y Corea del Sur, país del que el posrock oriental de Jambinai es solo la punta del iceberg. Y si las muertes de iconos globales como el percusionista brasileño Naná Vasconcelos, el saxofonista etíope Getatchew Mekuria, el rey del ska jamaicano Prince Buster o el fastuoso embajador de los sapeurs congoleños Papa Wemba nos han amargado un poco, la vitalista propuesta eletromagnética de los sudafricanos Batuk (nuevo proyecto de Spoek Mathambo) hace presagiar que las músicas de raíz van a ser el principal carburante de los próximos años en materia sonora. Por LUIS LLES Ir a noticia
  • El 24 de noviembre falleció Pauline Oliveros, figura central de la música experimental de los últimos 50 años. Teórica de “la escucha profunda”, construyó además un corpus sonoro con sus grabaciones para acordeón, voz y cinta magnética. Y de cinta magnética se compone un formato clave en el desarrollo de las músicas libres: sellos como Fort Evil Fruit, Folklore Tapes o Winebox Press han publicado en 2016 trabajos de Áine O’Dwyer, David Chatton Barker o Jon Collin en formato casete que son rompedoras relecturas de la música tradicional inglesa. En casete también se publicaba el esotérico viaje de Bonnie Prince Billy junto a Bitchin Bajas, Epic Jammers and Fortunate Little Ditties. Y de jam épica se podría calificar WoodMetalPlastic PatternRhythmRock, el nuevo disco de 75 Dollar ­Bill, dúo de guitarra y percusiones. Las infinitas capas vocales del litúrgico Centres de Ian William Craig; las nuevas composiciones para octeto de la guitarrista Mary Halvorson; el radical tour de force de Heather Leigh (pedal steel guitar) y Peter Brötzmann (saxos, clarinete); los tres lanzamientos de la noruega Maja S. K. Ratkje, nueva referencia en el uso extendido de las técnicas vocales; Daniel ­Schmidt y su bellísimo acercamiento a la versión americana del gamelán, o los trabajos peninsulares de Norberto Lobo (Lisboa) y Billy Bao (Bilbao) no hacen más que dar la razón a Oliveros: sigamos escuchando, profundamente. Por ÁLEX SÁNCHEZ
    7Experimental: Pauline Oliveros tenía razón El 24 de noviembre falleció Pauline Oliveros, figura central de la música experimental de los últimos 50 años. Teórica de “la escucha profunda”, construyó además un corpus sonoro con sus grabaciones para acordeón, voz y cinta magnética. Y de cinta magnética se compone un formato clave en el desarrollo de las músicas libres: sellos como Fort Evil Fruit, Folklore Tapes o Winebox Press han publicado en 2016 trabajos de Áine O’Dwyer, David Chatton Barker o Jon Collin en formato casete que son rompedoras relecturas de la música tradicional inglesa. En casete también se publicaba el esotérico viaje de Bonnie Prince Billy junto a Bitchin Bajas, Epic Jammers and Fortunate Little Ditties. Y de jam épica se podría calificar Wood/Metal/Plastic Pattern/Rhythm/Rock, el nuevo disco de 75 Dollar ­Bill, dúo de guitarra y percusiones. Las infinitas capas vocales del litúrgico Centres de Ian William Craig; las nuevas composiciones para octeto de la guitarrista Mary Halvorson; el radical tour de force de Heather Leigh (pedal steel guitar) y Peter Brötzmann (saxos, clarinete); los tres lanzamientos de la noruega Maja S. K. Ratkje, nueva referencia en el uso extendido de las técnicas vocales; Daniel ­Schmidt y su bellísimo acercamiento a la versión americana del gamelán, o los trabajos peninsulares de Norberto Lobo (Lisboa) y Billy Bao (Bilbao) no hacen más que dar la razón a Oliveros: sigamos escuchando, profundamente. Por ÁLEX SÁNCHEZ Ir a noticia
  • En el año en que dijimos adiós a Lebrijano, Menese y Juan Habichuela, entre otras sensibles pérdidas, también se ha cumplido el vigésimo aniversario de la publicación del Omega de Morente. El carácter revulsivo y la fuerza del histórico disco, la penúltima sacudida a la ortodoxia, se siente ahora, en la pausa del balance, casi como una necesidad; igual que la inquietud que siempre movió a Juan Peña. Las grabaciones de cante recibidas han sido pocas y, si la fama de algún artista corre de boca en boca, es más por sus actuaciones: Marina Heredia, reconocida en la Bienal de Sevilla, o Rocío Márquez, por su colaboración con el violagambista Fahmi Alqhai. En la línea de la tradición, resurgen con discos recientes viejas sagas familiares: los Carpio o los Agujeta, del barrio de la Plazuela jerezano. Los guitarristas más jóvenes no han cesado en sus entregas, en ocasiones con una envidiable brillantez. Así, las de Santiago Lara, en tributo a Pat Metheny, Daniel Casares, José Carlos Gómez, Jesús Guerrero, Javier Patino, Amós Lora y el esperado debut de Manuel Valencia. Entre los más veteranos de la sonata, José Antonio Rodríguez publicó en solitario, mientras otros compañeros parecen haber preferido el diálogo con otros músicos o culturas: Gerardo Núñez grabó con el guitarrista de jazz sueco Ulf Wakenius y Josemi Carmona firmó un esmerado trabajo junto al contrabajista Javier Colina. Música flamenca de calidad y de muy variados colores. Por FERMÍN LOBATÓN
    8Flamenco: Año de tránsitos En el año en que dijimos adiós a Lebrijano, Menese y Juan Habichuela, entre otras sensibles pérdidas, también se ha cumplido el vigésimo aniversario de la publicación del Omega de Morente. El carácter revulsivo y la fuerza del histórico disco, la penúltima sacudida a la ortodoxia, se siente ahora, en la pausa del balance, casi como una necesidad; igual que la inquietud que siempre movió a Juan Peña. Las grabaciones de cante recibidas han sido pocas y, si la fama de algún artista corre de boca en boca, es más por sus actuaciones: Marina Heredia, reconocida en la Bienal de Sevilla, o Rocío Márquez, por su colaboración con el violagambista Fahmi Alqhai. En la línea de la tradición, resurgen con discos recientes viejas sagas familiares: los Carpio o los Agujeta, del barrio de la Plazuela jerezano. Los guitarristas más jóvenes no han cesado en sus entregas, en ocasiones con una envidiable brillantez. Así, las de Santiago Lara, en tributo a Pat Metheny, Daniel Casares, José Carlos Gómez, Jesús Guerrero, Javier Patino, Amós Lora y el esperado debut de Manuel Valencia. Entre los más veteranos de la sonata, José Antonio Rodríguez publicó en solitario, mientras otros compañeros parecen haber preferido el diálogo con otros músicos o culturas: Gerardo Núñez grabó con el guitarrista de jazz sueco Ulf Wakenius y Josemi Carmona firmó un esmerado trabajo junto al contrabajista Javier Colina. Música flamenca de calidad y de muy variados colores. Por FERMÍN LOBATÓN Ir a noticia
  • El mundo de la música clásica está volviéndose cada vez más virtual, con una oferta creciente de servicios de streaming tanto de grabaciones como de conciertos y óperas que pueden verse y escucharse en directo en cualesquiera dispositivos —o en cines, para aquellos dispuestos a socializar un poco—, aunque estén sucediendo en el otro extremo del planeta. Pero los aficionados de siempre mantienen el apego y la querencia por los discos, cuya fisicidad parece una vacuna contra lo efímero. En ese sentido, nada puede competir en este 2016, ni en cantidad ni en calidad, con la nueva Edición Mozart publicada por Decca (Mozart 225), que parte de la original de 1991 y se ha remozado acorde con los tiempos. Otra tendencia imparable es a reeditar más que a editar, y de las muchas cajas recopilatorias merece destacarse la que, en 37 discos, recoge las grabaciones completas del Cuarteto Italiano para Philips, DG y Decca. Los sellos pequeños siguen sin rehuir el riesgo: Hyperion ha devuelto al mapa polifónico renacentista a nuestro Bernardino de Ribera y ha publicado el Diario de viaje de los Alpes austriacos, de Ernst Krenek, una rareza que Florian Boesch y Roger Vignoles convierten en una mezcla de catarsis introspectiva y denuncia del turismo de masas. Tras bucear en sus antepasados, Vox Luminis llega por fin a las cantatas de Johann Sebastian Bach. Su grabación de cuatro obras tempranas para Alpha es la mejor noticia para despedir el año, porque todos los caminos conducen a Bach. Por LUIS GAGO
    9Clásica: Un mundo más virtual El mundo de la música clásica está volviéndose cada vez más virtual, con una oferta creciente de servicios de streaming tanto de grabaciones como de conciertos y óperas que pueden verse y escucharse en directo en cualesquiera dispositivos —o en cines, para aquellos dispuestos a socializar un poco—, aunque estén sucediendo en el otro extremo del planeta. Pero los aficionados de siempre mantienen el apego y la querencia por los discos, cuya fisicidad parece una vacuna contra lo efímero. En ese sentido, nada puede competir en este 2016, ni en cantidad ni en calidad, con la nueva Edición Mozart publicada por Decca (Mozart 225), que parte de la original de 1991 y se ha remozado acorde con los tiempos. Otra tendencia imparable es a reeditar más que a editar, y de las muchas cajas recopilatorias merece destacarse la que, en 37 discos, recoge las grabaciones completas del Cuarteto Italiano para Philips, DG y Decca. Los sellos pequeños siguen sin rehuir el riesgo: Hyperion ha devuelto al mapa polifónico renacentista a nuestro Bernardino de Ribera y ha publicado el Diario de viaje de los Alpes austriacos, de Ernst Krenek, una rareza que Florian Boesch y Roger Vignoles convierten en una mezcla de catarsis introspectiva y denuncia del turismo de masas. Tras bucear en sus antepasados, Vox Luminis llega por fin a las cantatas de Johann Sebastian Bach. Su grabación de cuatro obras tempranas para Alpha es la mejor noticia para despedir el año, porque todos los caminos conducen a Bach. Por LUIS GAGO Ir a noticia