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Años después de dejar de estar en el epicentro de la creatividad musical, los sonidos hechos con guitarras abandonaron también la cima de la cadena alimenticia comercial. Ahora, uno ya no se sienta a ver qué nuevo artista llega, sino a contemplar qué viejo creador se marcha. En este aspecto, 2016 ha sido un toque de advertencia para todos los que decidieron ignorar que la muerte del rock y el pop como los entendimos en el siglo XX llevaría irremediablemente a la muerte de los que los hicieron populares entonces. El fallecimiento de David Bowie y Leonard Cohen nos hizo recordar esto último, mientras que la brillantez de las dos referencias que ambos lanzaron 2 y 19 días antes de sus respectivas despedidas confirmó que, por muy cansado que esté, el rock sigue siendo la mejor fábrica de leyendas desde la Grecia antigua. Ambos discos están plagados de referencias a la mortalidad de sus creadores y ambos se han colado, sin necesidad de apelar al respeto por los difuntos, a la condescendencia, ni siquiera a la nostalgia, en lo más alto de casi todas las listas de lo mejor del año. Otro síntoma musical tan reciente como asentado es el desprecio cada vez mayor por el indie clásico, que se ha convertido para la juventud de hoy en lo que el heavy metal fue para la de los indies de los noventa: algo que uno escuchaba de adolescente, pero de lo que reniega en el momento en el que se ve capaz de integrarse en una nueva tendencia que aporta ropa más favorecedora y mejor sexo. A pesar de todo, bandas como Car Seat ­Headrest, con su deliciosa conversión de Pavement en banda taciturna, o Parquet Courts, con su empecinamiento en fabricar canciones que hacen que corras a buscar tus viejos discos de The Modern Lovers para comprobar que no solo no son versiones, sino que podrían ser incluso superiores a las supuestamente originales, han logrado insuflar algo de vida a un enfermo que estaba ya preparado a alimentarse este año solo con la deliciosa candidez confesional de la gran Mitski, o del carácter de Angel Olsen. Con el panorama pop y rock destripado casi por completo de los modos y personalidades que le han dado forma en las últimas décadas, 2016 confirma que viniendo del rhythm and blues o del hip-hop se puede fabricar algo muy parecido a lo que podríamos definir como pop contemporáneo. Eso hace Frank Ocean, que va camino de ser el Michael Jackson de la era Tinder, o Kate Tempest, la poetisa que consigue imaginar al bardo izquierdoso Billy Bragg como un hiphopero que ha leído a Dickens y no parezca un chiste, sino la idea de un futuro, por fin, distinto al pasado. Por XAVI SANCHO
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Los mejores discos de 2016

Pop, rock, electrónica, flamenco, clásica, experimental... los hitos musicales del año, analizados por nuestros críticos género a género

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