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Crítica:DANZA

Soliloquio con piano preparado

El solo de danza, una vez ha abandonado los espacios convencionales, se convierte en un instrumento performativo maleable, cuya célula admite tratamientos muy diversos tanto en lo teatral como en lo gestual; casi puede asegurarse que el solo es el laboratorio más inmediato de que dispone el coreógrafo-intérprete donde la exposición plástica opera un dominio sobre el material dinámico. El viaje interior se vuelca en un todo donde no hay solución de continuidad, sino un duro abismo expositivo que roza el distanciamiento. Es una operación teatral peligrosa, siempre en el filo de la incomprensión y el desafío de los márgenes.

Rescata Escena Contemporánea a Ana Buitrago, que fuera muy activa en la danza madrileña hace poco menos de una década y que después ha desarrollado una intensa carrera pedagógica y profesional. La pieza Apuntes mínimos tiene mucho de un hipotético, virtual contenido autobiográfico, como si tímidamente al principio nos abriera las páginas de un diario de torturados soliloquios.

APUNTES MÍNIMOS

Concepto e intepretación: Ana Buitrago; música: Javier Álvarez Alonso y John Cage; DT Espacio Escénico. Hasta el 4 de febrero.

La pieza tiene mucho de un hipotético contenido autobiográfico

En la cava del teatrito, con sus paredes desnudas de ladrillo brutalmente picado y bajo una iluminación muy precisa, la artista comienza con un sonido de su tacón. Lleva un solo zapato. Cojea y recita, más bien salmodia para sí misma unas someras instrucciones que pueden acercar o situar al espectador en el terreno profesional de la bailarina. El recitativo interacciona con elementos como una máscara infantil de gato, el efecto de ocultamiento tras unas frases cortas y un ambiente que puede llevarnos a los años setenta, a aquella gestualidad un tanto ingenua de la performance que hoy se estudia como clásica. Lo cierto es que este trabajo tiene mucho de instalación donde cualquier propuesta clasificatoria sería ociosa cuando no inapropiada.

Pero Buitrago ha cambiado en su expresión personal (no podríamos hablar de estilo formalmente), tanto como su físico, que se expone a la cercanía peripatética de los espectadores que deben seguirla por las estancias desnudas. Es un viaje, cada vez más denso y a resultas del soliloquio carente de humor, con ello provoca una desinhibición progresiva. El movimiento se quiebra y juega al laberinto; la torsión de suelo elucubra sobre las posibilidades de salir; también sugiere huida.

Una pequeña sala intermedia tiene dos vídeos que se proyectan sobre láminas en las que cae una gota de agua; las ondas dotan de vida a las imágenes y la lectura no se aclara hasta pasar a la otra estancia donde se muestran los fantasmas de una manera directa, diríase despiadada.

La intérprete dibuja su silueta sobre el terrazo del suelo, a la manera que lo hace la policía antes de levantar el cadáver de un crimen; allí la soledad y el azar se dan la mano: un plato sobre el que se derrama tinta, una mesa vulgar, un vaso de agua recurrente, boceto del universo doméstico, su opresivo marco ambiental y tanto el ejercicio gutural como el texto liberan una angustia comunicativa. La casi panfletaria liberación del desnudo, como un símbolo, antecede a las dos escenas finales, a los dos viajes breves. Con unos implacables focos blancos, se extiende primero y se ovilla después, como si en la posición fetal hubiera un significado de refugio. El discurso, siempre críptico, se acelera hacia una textura dramática, reveladora, donde la sonoridad del piano preparado casi suena como un juego infantil, una rémora de otra acción pasada. Sus movimientos resultan entonces más organizados, verticales, expositivos.

Ana Buitrago no sale a saludar cuando el público aplaude, no ve necesidad de hacerlo o no entiende adecuado tal gesto; probablemente sin quererlo aumenta el amargo sabor de boca que ha ido sembrando en los demás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de enero de 2011