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Reportaje:

El artista como hombre orquesta

Curro González culmina su labor técnica y reflexiva con una muestra en Sevilla

Acumulación barroca de objetos, cuestionamiento de las fronteras entre el artista como genio de intrínseca individualidad creado por el Romanticismo y sus espectadores, ironía, combinación de géneros, bronce, música y pantallas... Como un monumento al artista es una instalación escultórica que entabla un diálogo con el espectador en un juego de espejos. La instalación de Curro González (Sevilla, 1960) da nombre a una exposición que, inaugurada ayer, estará abierta hasta el 6 de febrero en los Jardines del Monasterio de la Cartuja, sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC).

Este monumento en bronce simboliza la figura del artista contemporáneo. Lo hace a través de su representación como hombre orquesta. El artista creado por Curro González se parece a uno de esos personajes del Londres más humilde que llevaban su espectáculo callejero a los parques por donde paseaban las familias victorianas. Es una figura que recoge muchas de las cualidades del vodevil acumuladas por décadas de lugares comunes.

Una instalación escultórica con vídeo y música preside la exposición

Una película de animación y un cuadro se unen en un diálogo

Pero es también el artista conducido a lo más alto del podio, encaramado sobre unos escalones que remedan la disposición triunfal de los campeones deportivos. El artista, que está arriba del todo, no puede evitar pisar un excremento, símbolo del influjo del azar, un factor que acelera o destruye carreras profesionales.

El artista lleva unas gafas de visión nocturna y en los laterales del bombo se leen frases como "miro lo que no puedo ver". En el reverso de su paleta figuran unas palabras que arremeten contra el fascismo. "La pintura tiene la posibilidad de ser un arma de lucha contra cualquier dogmatismo", comenta Curro González, uno de los representantes más destacados de la generación de artistas surgida en la Sevilla de los años ochenta.

En el ordenador del artista aparece la imagen de una isla desierta que, situada entre la cúpula del ganador y el patetismo del personaje que tiene que agenciarse unas monedas con su espectáculo callejero, se inclina sobre el espectador. El público que acude al reclamo de las llamadas del arte recibe los aplausos y el homenaje de unos ritmos que recrean hasta el tópico el triunfo de los héroes medievales de películas de cartón piedra. "Para la fanfarria elegí la que más recordaba esa música que, de niño, me resultaba más cómica", afirma Curro González.

Sin embargo, mientras suena la música en su honor, la imagen del espectador queda fijada y congelada en una pantalla situada a la entrada del CAAC. La instalación escultórica se completa con una muestra que incluye obras en diversos formatos: pintura, animación con plastilina y dibujos.

Las figuras de plastilina de La broma infinita trazan a lo largo de cuatro minutos y medio una historia llena de poesía, marcada por el fulgor de lo artificial. "La broma infinita toma su título de la novela de David Foster Wallace. Unos personajes hablan sobre una roca en un paisaje desértico. La idea es hablar de lo sublime", dice el artista. "Es un juego con ese mito romántico de lo sublime que ha trufado el arte desde el Romanticismo", agrega Curro González.

La película establece un vínculo inextricable con un enorme cuadro de ocho por tres metros, El estudio (2008), que incluye muchos de los elementos de la película de animación. Una ventana abierta deja entrar un chorro de agua. Hay baldas llenas de cachivaches. Muñecos, trozos de juguetes, el rostro de un cabezudo, unas largas piernas, una carpeta que alude a una geografía de fantasía... Y una calavera que retrotrae a las indagaciones barrocas del artista. "En El estudio se compendian elementos y detalles de mi trabajo a lo largo de 25 años", resume Curro González. Como un monumento al artista da un paso más en esa labor de exploración.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de octubre de 2010