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Crítica:XVI BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA

En el nombre del padre

Explicaba Enrique Morente en el programa de mano que el concierto de su hija Estrella era "una evocación de un evento histórico", el Concurso de Cante que se celebró en Granada en 1922. En esas coordenadas nos quiso situar el cantaor con su voz leyendo una conferencia de García Lorca junto a imágenes de La Barraca que desembocaron en otras de la Guerra Civil. En el arranque del espectáculo se pudo visualizar un tanto el espíritu de aquella convocatoria con el aparente encuentro entre lo popular, el Cuadro flamenco gitano del Sacromonte, y lo culto, personificado por el Grupo de laúdes del Albaicín. Las mujeres del primero, con la sobria aportación de Tío Raimundo, recrearon largamente (casi todo fue largo en una función que superó las dos horas) la granaína fiesta por tangos. Le dio la réplica el conjunto de laúdes que supuso solo una falsa tregua, porque entonces apareció Estrella y ya nada fue igual.

ESTRELLA MORENTE DE GRANADA

Cante: Estrella Morente. Guitarras: Montoyita, Miguel Ángel Cortés, El Monti. Cantaores: Antonio Carbonell, Ángel Gabarre, José Enrique Morente. Baile: El Popo, Iván Vargas. Colaboración especial: Juan Andrés Maya. Cuadro Flamenco del Sacromonte. Grupo de laúdes del Albaicín.

Teatro de la Maestranza. 26 de septiembre. Aforo completo.

Con la soleá, la artista transmitió y llegó como no lo había hecho antes

El eco moruno de la zambra en su prodigiosa garganta y, por encima de todo, su rotunda presencia escénica eclipsa cualquier presupuesto anterior. Y como ella constituyó -con la salvedad que se reseñará- el centro de toda la obra, cuesta acordarse de la intención inicial, a no ser que nos remitamos a la presencia en espíritu, en el eco de sus cantes -la malagueña, la granaína-, de La Niña de los Peines o de don Antonio Chacón. La evocación, pues, terminaría convirtiéndose en un homenaje confeccionado a medida para la figura de Estrella, que estuvo en eso, en lo que su nombre designa y con mucho resplandor, aunque uno piense que, en el sonido, su voz no necesita tanto. Sobraba volumen y saturación.

En el cante, la Morente estuvo sugiriendo gran parte de la noche que se movía mejor en la canción que en el cante. Querencia tiene hacia lo primero y un padre para lo segundo, pues su repertorio específicamente cantaor fue recorriendo con detalle el del maestro Enrique que, aunque de amplísimo recorrido, tiene reconocidos lugares de parada. El balance, en cualquier caso, siempre caía hacia la primera vertiente hasta que, en un momento determinado, la impresión se rompió en mil pedazos. Fue al final de su recital de cante, digamos que palante, y tras una canción a Granada y las recurridas bulerías taurinas, ideales para lucir su baile y su flamenquísima estampa. La artista anunció entonces al bailaor Juan Andrés Maya, y ese fue el momento señalaíto que quizás no esperábamos. Estrella acompañó el baile fajándose con la soleá con fuerza y valentía, transmitiendo y llegando como no lo había hecho hasta entonces. El ratito que los dos protagonizaron se convirtió en el centro de la noche. Lástima que este joven bailaor de tan finas hechuras se empeñase en alargar su parte en demasía (más de media hora), y terminara empañando su actuación con un baile reiterativo que ya no añadiría nada más a lo visto.

Todavía hubo espacio para más. Un fundido entre la evocación y el referido homenaje a medida para Estrella. La música de Falla (El sombrero de tres picos) para su baile con bata de cola roja, y las bulerías finales con nueva visita a la canción en forma de cuplé (Juanita Reina).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de septiembre de 2010