Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Las barbacoas pierden fuelle

Cádiz restringe la fiesta del Carranza en la playa tras desbordarse la celebración

No hay colas en los supermercados. Ninguna carnicería ha hecho pedidos especiales. El mercado de abastos registra la entrada habitual. Los trenes no aumentan plazas. Hace unos años la animación previa que garantizaban las barbacoas del Carranza en Cádiz hubiese cambiado estos hábitos. Pero la fiesta ya no es la que era.

El Ayuntamiento (PP) llegó a presumir de que sus playas recibían más de 200.000 personas en una concentración que compaginaba el espectáculo futbolístico del trofeo Carranza y la diversión. Presumió hasta que la fiesta comenzó a dar vergüenza. Por los destrozos y la acumulación de basuras. Desde entonces las restricciones han marcado una cita veraniega que va a menos.

El Ayuntamiento llegó a presumir de los más de 200.000 asistentes

Costas evitó limitar la fiesta por temor a un movimiento popular contrario

Las barbacoas del Carranza nacieron en los noventa como una fiesta espontánea. A alguien se le ocurrió organizar una barbacoa en la playa después de la final del torneo futbolístico, al año siguiente repitió con más gente y la idea fue calando progresivamente.

El gobierno de Teófila Martínez animó la fiesta con llamadas a batir el récord de asistencia. Se convirtió en una cita ineludible del verano. Autobuses y trenes venidos de muchas localidades cercanas se reforzaban para atender la demanda.

Pero a partir del año 2000 todo cambió. El nuevo milenio trajo la constatación de que la fiesta se había desbordado, sobre todo, cuando se ratificaba que al continuo récord de visitantes le seguía también el de las basuras acumuladas. Las barbacoas dejaron de ser un encuentro familiar para convertirse en el mayor botellón de España. Los participantes actuaban como auténticos colonos. Hubo ediciones en las que la arena quedaba parcelada desde por la tarde por familias que utilizaban cuerdas y vallas para que nadie entrase en su territorio. Sofás, bañeras cargadas de alcohol, alacenas, hornillos de gas bajaban hasta la orilla. Las barbacoas del Carranza estaban fuera de control.

Costó reconocerlo. No fue hasta 2006, cuando las imágenes de la recogida de basura ya eran tan difundidas como la propia fiesta, que la Demarcación de Costas, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, amagó con limitar esta cita. Su intención fue prohibirla pero, en seguida, sus responsables se dieron cuenta de que esa medida sólo conseguiría un movimiento popular contrario. La campaña contra las barbacoas arrancó con la publicación de informes que alertaban de las bacterias que quedaban en la arena. No llegaban a la toxicidad, pero denotaban un estado de insalubridad preocupante.

El Ayuntamiento tuvo que desistir también de las campañas de promoción de las barbacoas, consciente de que esta cita, más que vender la imagen de Cádiz, la deterioraba. Los anuncios ya no llamaban a la asistencia sino a la concienciación para utilizar las bolsas de basura y los ceniceros ecológicos que repartían un grupo de voluntarios. Al principio nadie les hacía caso. Incluso el Consistorio comenzó a contratar seguridad privada para evitar que los participantes bajaran muebles o parcelaran la arena. Los dispositivos de limpieza fueron mejorando para que la playa estuviera más o menos acondicionada antes de que llegaran los nuevos bañistas. La Guardia Civil empezó a forzar los desalojos al amanecer.

El Ayuntamiento ha prohibido este año hacer barbacoas el sábado, día previo a la final. Sólo se podrán hacer esta noche. Es una medida directa para limitar la afluencia ya que al día siguiente es laborable y recorta las posibilidades del público potencial. Curiosamente, el Consistorio presume ahora de que cada año hay menos asistentes y que se recoge cada vez menos basura, gracias a estas campañas de concienciación. La cuestión es batir algún récord. El año pasado acudieron 70.000 personas y dejaron 65 toneladas de residuos. A los usuarios de este año no les aguarda ningún cartel de bienvenidos. Sólo vallas de advertencia para que cuiden la playa en la que van a pasar la noche. Y el debate abierto de si la fiesta morirá sola o habrá que terminar prohibiéndola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2010