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Reportaje:

Reconquista con motosierras

Un grupo de amigos logra recuperar un castro olvidado a 400 metros del centro de Silleda luchando durante seis años contra la maleza y la burocracia

"Para mirar aquí la puesta de sol hay que frotar los ojos muchas veces. Prueba, ya verás cómo la ves con bolitas de colores". Toño González, artista y artesano, y sobre todo soñador que nunca va a estar de vuelta, subía a los 16 años al más alto de los penedos que adornan como una corona la Eira dos Mouros, en la cima del castro de Toiriz, con uno de aquellos comediscos yeyés y un single de Emilio Cao. Casi cuatro décadas después, y una vez talados cientos de eucaliptos gigantes que medraron desde entonces, el pintor y ceramista de Silleda puede volver a contemplar desde el poblado fortificado que dio origen a la localidad todo el valle del Deza, desde el monte de San Sebastián hasta el Pico Sacro, tal y como lo oteaban los fundadores del lugar en el siglo IV antes de Cristo. También ha logrado traer a Emilio Cao para dar un concierto nocturno y, aunque le costó, hasta lo convenció para que tocase una pieza al arpa aupado a la famosa piedra de sus años mozos.

Un valenciano quería llevarse el árbol señero para fabricar yates

Al final logró que Emilio Cao se subiese a la roca para tocar el arpa

Más o menos diez años después que Toño, también en su adolescencia, Lucía Ares subía con sus amigos al mismo castro de Toiriz, más conocido en Silleda como Os Castros, en plural, quizás porque aquella aldea amurallada que antes del cambio de era llegó a acoger a 150 antepasados estaba formada por un poblado circular y otro adosado en forma de media luna, un ensanche como los de ahora pero también fortificado y con foso. La maleza ya crecía entonces -no en la Edad de Hierro, sino en la mocedad de Lucía- desmelenada, aunque siempre en forma circular, como siguiendo unas pautas marcadas desde el subsuelo por los restos soterrados del antiguo asentamiento. Sin embargo, perduraba limpio un camino que llevaba a la cumbre, donde todavía alguien hace veintipico años se preocupaba por cortar la hierba y las xestas de la Eira dos Mouros. "Pregúntale a cualquiera de más de 30 años, y todos te dirán que tienen alguna historia relacionada con este lugar. Aquí hacíamos magostos, veníamos a leer, o cuando nos enamorábamos", recuerda ella. Con el tiempo, y aunque no habían ido juntos al castro, Lucía y Toño se casaron, y ya nadie se acordaba mucho de aquel monte a 400 metros del corazón de Silleda cuando, en 2004, "una tarde de otoño" Lucía decidió acercarse a ver cómo seguía aquello. Tuvo que dar la vuelta porque no pudo subir.

La selva autóctona se había desmadrado. Se conoce que hacía un par de décadas que nadie pasaba por allí. Volvió al día siguiente con Xulio Carballo, un amigo arqueólogo, y en la siguiente incursión en la mesta maraña se sumaron Toño y Luis Fraiz, médico en Redondela que se resiste a arrancar sus raíces del suelo de Silleda. "Los toxos medían cuatro metros", relata Toño, "al cortarlos se nos caían encima de la cabeza y sangrábamos". Los cuatro amigos acordaron tomarse aquello muy en serio, buscar a los más de 50 propietarios desperdigados por Galicia y por España y pedirles permiso para recuperar aquellas dos hectáreas y media de historia para todos los vecinos.

Entonces, fundaron oficialmente el Colectivo pola Recuperación dos Castros de Toiriz, por su cuenta y riesgo pidieron ayuda a la Unión Europea y, después de mucho bregar con la flora silvestre y la fauna burocrática, mientras despedían el año 2008 recibieron en el móvil un mensaje confirmándoles que Europa había aprobado una subvención a través de la Axencia Galega de Desenvolvemento Rural. Por entonces, eran ya más que cuatro vecinos los que engrosaban el colectivo, organizaban en el castro veladas culturales, bajo control arqueológico habían plantado especies propias y talado todos los eucaliptos, "tráilers y tráilers", hasta aquéllos que perturbaban la visión en lontananza en una superficie de nueve hectáreas, y habían logrado que los dueños de la tierra cobrasen de un empresario maderero por los troncos.

El mes pasado inauguraron la nueva zona verde de Silleda, los más viejos se emocionaron y ahora todo el mundo va por la tarde a mecerse en el columpio que colgó Lucía, a sentarse en los bancos de eucalipto que talló Toño y a contemplar la puesta, aunque sólo algunos ven las bolitas de colores. Pero de la ayuda europea de 100.000 euros todavía no han conseguido cobrar más que 23.000. La caja de ahorros se negó a adelantarles un préstamo que ya había negociado con la entidad la Xunta bipartita y deben dinero a familiares y amigos. Cuando cobren y salden sus deudas, quieren seguir. Ansían reconstruir dos casas del castro y un viejo lavadero, celebrar cursos, unir los senderos que han abierto con la Vía da Prata y limpiar los regatos.

El mismo dueño del aserradero les habló este año de un eucalipto muy distinto de los que tanto aborrece Lucía, el citriodora, del que sólo existían dos ejemplares en Galicia. Uno, el de O Botixo, traído de Cuba hace siglo y medio y catalogado por la Xunta, lo había tirado el temporal de enero en Rodeiro. Un fabricante de yates de Valencia quería emplearlo en sus acabados de lujo, pero los vecinos de Silleda fueron más persuasivos. Hubo que traer de Canadá una espada larga de motosierra para cortarlo. Las enormes rodajas, redondas como el castro y talladas con mensajes y leyendas, son las mesas del parque.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de julio de 2010