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Reportaje:SUDÁFRICA 2010 | BRASIL

La guerra de la familia Dunga

El técnico ha hecho del conflicto y la revancha su modo de trabajo

'Crack, nem pensar', el eslogan más repetido en la última campaña brasileña contra la drogadicción, inspiró un chiste que ahora repiten por Brasil miles de aficionados disconformes con el juego de su selección y con la ausencia de Ronaldinho, Pato y Ganso de la convocatoria: "Cuando Dunga convocó a los jugadores mundialistas adhirió a la campaña antidroga: crack, ni pensar".

Los altavoces del hotel de Randpark emitían una versión del País Tropical de Jorge Ben, ayer por la mañana. La semana que viene los brasileños cumplirán un mes encerrados en este recinto de lujo, rodeado por un campo de golf, en el centro de una zona residencial de Johanesburgo. A excepción del equipo anfitrión, ninguna selección lleva más tiempo instalada en Sudáfrica. Así lo ha querido Carlos Dunga, cada día más desafiante. Ni la victoria contra Corea del Norte (2-1) lo ha aplacado. Aguarda el partido de mañana ante Costa de Marfil enfrentado a quienes no piensan como él, que son la mayoría, entre hinchas, ex jugadores, y periodistas. Hace poco alguien quiso dar muestras de patriotismo cuando le preguntó por "nuestro equipo". Dunga le clavó los ojos: "Es mi equipo, no el tuyo".

El brasileño cree que la armonía va contra la competición. Si hay paz, crea un problema

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La venganza es el combustible de Dunga desde 1990. Durante el Mundial de Italia se convirtió en el portavoz modesto y generoso de un equipo calificado como el peor Brasil de la historia. Rocha, Gareca, Alemao, Valdo, Branco y Galvao no consiguieron ganarse a la torcida. Dunga fue el humillado líder que dio explicaciones a la prensa tras cada fracaso. Desde entonces alimenta un odio que cada día disimula peor y que alcanzó su apoteosis el día que conquistó el Mundial en Passadena, en 1994. Levantó la Copa y dirigiéndose a la tribuna, a sus detractores, les gritó: "¡Essa é para vocês, seus trairas, filhos de puta! [¡Ésta es para vosotros, banda de traidores, hijos de puta!]".

Dunga se convirtió en un jugador admirado mientras desempeñaba sus labores de medio centro en el calcio. Ahora, como muchos técnicos, cree que la armonía conspira contra la competición. Si intuye cierta paz, desata un conflicto. Cuando ayer le preguntaron por qué su seleccionador estaba en guerra con el mundo, Julio César, portero del Inter, salió en su defensa comparándolo con el hombre de moda: "Cada entrenador tiene su forma de trabajar. Mourinho hizo lo mismo en el Inter y lo ganó todo. Su filosofía debe ser respetada".

Protegido desde su época de jugador por Ricardo Teixeira, presidente de la federación brasileña y aspirante a presidir la FIFA, Dunga repite las palabras "ganar", "lealtad", "grupo" y "familia" con insistencia. A su alrededor se han afianzado un puñado de pretorianos, jugadores que no sobresalen en muchos casos, que han entrado en todas sus listas, jueguen o no en sus clubes. Doni, Elano, Baptista y Maicon son algunos de ellos. Y todos repiten: "familia", "ganar" y "grupo".

Las puertas se abren a pocos elementos ajenos a la plantilla. Uno de estos privilegiados es el sacerdote apostólico que Jorginho de Amorim Campos introduce en la concentración para dirigir los rezos en el grupo de oración que preside, y al que pertenece Kaká, Felipe Melo, o Lucio, entre otros. Jorginho, que dirigió una malograda campaña para quitar al diablo del escudo del América de Río, el club donde entrenó, es el devoto agitador moral de Dunga. Además de ayudante de campo, y compañero en 1994, dedica parte de sus jornadas en Sudáfrica a hacer recuento de los enemigos de su jefe cuando se expresan en prensa, radio y televisión. Advierte que cada día son más. Sabe que su salvación es la Copa del Mundo. Por las buenas o por las malas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de junio de 2010