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Reportaje:EL PARADO, PERSONAJE DEL AÑO

Una lista con cuatro millones de nombres

El año que está a punto de terminar ha sido terrible en términos estadísticos: un millón y medio de trabajadores perdieron su puesto en 2009. El desplome de la construcción ha dado paso al de los servicios. Y se seguirá destruyendo empleo, al menos hasta bien entrado 2010

El enjuto Fernando Hernández, con melena y barba de marxista convencido, allá por finales de los ochenta viajó a Bonn, entonces capital de la República Federal Alemana, aún con el Muro en pie, para aprender a manejar las máquinas de hacer relés y bocinas. Los testarudos obreros germanos estaban a punto de olvidarse del claxon para dedicarse a fabricar paneles de circuitos eléctricos, y sus jefes mandaban las viejas máquinas a una nave industrial de Madrid. Hernández aprendió así, de primera mano, el oficio que ejercería durante los siguientes 20 años.

Es la segunda semana de diciembre, y la crisis se ha llevado por delante la fábrica española de bocinas y el empleo de 150 trabajadores, entre ellos el de Hernández. En la puerta de la nave de Daganzo apenas queda un puñado de coches aparcados. Un Hernández con la barba más canosa recoge lo último que le queda adentro, unos papeles, una chaqueta, unos zapatos, mientras unos operarios asiáticos embalan las máquinas: se las llevan a Harbin (China), una de las ciudades más frías del mundo. "Les estoy dando toda mi vida", acierta a decir Hernández.

La destrucción de empleo ha llegado al sector servicios, motor que arrastra dos tercios de la economía española

Ahora llega el turno de los indefinidos. 200.000 cayeron entre julio y septiembre... y otros 340.000 viven en espera

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Los alemanes se reciclaron, avanzaron en su día, pero los trabajadores españoles se van ahora a la calle, sin más. Hernández, de 51 años, demacrado y agotado después de haber negociado durante meses con los jefes un acuerdo para el despido de la plantilla, fuma tres cajetillas de tabaco negro al día, duerme mal, y hoy, a lo lejos, ya se le ve largarse por la avenida principal del polígono. El próximo 10 de enero empezará a cobrar el paro.

El año que está a punto de terminar ha sido terrible. "En términos estadísticos, el peor. Sin duda", define Valeriano Gómez, profundo conocedor del mercado laboral español y antiguo secretario general de Empleo, apoyado por los 4,1 millones de parados que se contaban en octubre, un millón y medio más que en el mismo mes del año anterior. Tan malo ha sido 2009 que España ha vuelto a destacar en la Unión Europea. Lo hizo creando empleo cuando las cosas iban bien; y lo ha repetido cuando han llegado mal dadas. Su tasa de paro, del 17,9% según la encuesta de población activa, duplica la de sus socios.

El primer día de cada mes, Maravillas Rojo, actual secretaria general de Empleo, tiene que estudiar las cifras del paro registrado del mes anterior, valorarlas y preparar la rueda de prensa en la que presentará los datos. Cuesta mucho explicar unas cifras tan desoladoras. Es duro. "Siempre recordaré lo que pasó los últimos tres meses de 2008 y los primeros de éste", cuenta. Con la llegada de 2009, recibió una noticia pésima: España superaba los tres millones de parados. Y todavía quedaba lo peor por llegar.

La catarata de datos nefastos que arrojó el mercado laboral entre enero y marzo da idea de la magnitud del desplome. En enero, el paro registrado subió en 198.838 personas en un mes, más de lo que lo había hecho nunca. La Seguridad Social en el mismo mes contaba casi un millón menos de afiliados que el año anterior. La escabechina continuó en febrero. Y al acabar marzo la encuesta de población activa, el mejor termómetro del mercado laboral, dio un mazazo difícil de olvidar: en tres meses se habían destruido más de 800.000 puestos de trabajo. La tasa de paro subió casi cuatro puntos. España superó el 17% por primera vez desde 1998.

La grandilocuencia de las cifras debe mucho a la gravedad de la recesión, pero tampoco conviene olvidar que el mercado laboral español ahora es mucho más grande de lo que lo era en la última gran crisis, la de 1993. Entonces la población activa apenas superaba los 13 millones; al comienzo de esta crisis alcanzaba los 23 millones.

El desplome ahora ha sido enorme. "Cuando llegué en abril de 2008", explica Rojo, "era consciente de que la situación era difícil. Pero nunca llegué a pensar en esto. El empleo es algo más que un ingreso. Para mucha gente es una parte esencial de su vida". Los malos datos son un calvario para ella.

La contundencia de las cifras no es la única seña distintiva de 2009. La destrucción de empleo ha llegado a los servicios, el motor que arrastra dos tercios de la economía española. En el fatídico primer trimestre este sector machacó casi medio millón de empleos. De abril a septiembre se ha recuperado algo, pero no lo suficiente. El hundimiento del ladrillo había puesto rostro masculino al paro; pero la caída de los servicios ha arrastrado a las mujeres.

Nadie como Antonia Ruiz, una limpiadora de Cártama, un pueblo de Málaga, para poner rostro a las mujeres desempleadas. Lleva año y medio en el paro, desde que dejó pasar la mopa en un bar . Tampoco trabaja ni el marido ni el hijo.

La caída de los servicios, sin embargo, no ha restado ni un ápice de protagonismo a la construcción. Sobre este sector fija sus ojos Gómez al jerarquizar responsabilidades. "Esperaba que el ajuste llegara por aquí. Al principio de la crisis pensé que se iban a destruir unos 800.000 puestos de trabajo en este sector, pero ya vamos por 900.000, un tercio en 2009. Me ha sorprendido la magnitud de la caída".

En la década de crecimiento, el ladrillo fue una inagotable fuente de empleo. En 1998, España era el país que menos gente empleaba en el sector de los cinco grandes de la UE: apenas 1,3 millones por 3,1 en Alemania o 1,9 en el Reino Unido. Diez años después, la situación se había invertido. En 2007, con la burbuja inmobiliaria a punto de estallar, el sector generaba 2,7 millones de empleos más que Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.

El desplome de la construcción arrastró a la industria que vive a su alrededor. Villacañas, un pueblo de Toledo donde se fabricaba el 73% de las puertas que se colocaban en las viviendas españolas, vivió un sueño durante los años de la burbuja. Todo empezó en los años cincuenta en una pequeña carpintería, Puertas Cuesta. De ahí fueron naciendo empresas y cooperativas que llenaron las afueras de enormes fábricas. En los años de mayor auge se vendieron más de 12 millones de puertas al año. Con una población de 10.900 personas, cerca de 6.000 vivían directa o indirectamente de las puertas. El dinero llovía en el pueblo. Los coches de gran cilindrada se paseaban por las nuevas urbanizaciones, hoy casi desiertas, que se construyeron durante la abundancia. Llegaron negocios que sólo se encuentran en las grandes ciudades y los bancos abrieron sucursales en muchas esquinas. Se vivía a todo tren.

Bienvenido Pérez regenta ahora un bar en el centro de Villacañas, pero durante 14 años estuvo dedicado a las puertas. Recuerda que el 2 de abril de 2008, al entrar en la fábrica, se topó de frente con un cartel: "A partir de hoy estáis de vacaciones retribuidas". Su empresa fue la primera en caer y los trabajadores acabaron cobrando del Fondo de Garantía Salarial. Después cayeron otras. Se acabó la fiesta y los años de gloria de Villacañas. El bar de Bienvenido está frente a una oficina del INEM, colapsada desde enero. Las historias de los parados que suelen tomar café mientras llega su turno son terribles. "Escuchas de todo. Que si voy a acabar robando un banco..., que si estoy embargado", cuenta la mujer de Bienvenido al otro lado de la barra. Un parroquiano, apurando su botellín, sostiene que muchas familias del pueblo, endeudadas, han tenido que echar mano de Julita Zaragoza, una octogenaria que regenta un albergue en el que se reparte comida. "Van allí, algunos con Mercedes de 50.000 euros, pero sin nada que echarse a la boca", deja caer.

Hay que cruzar una plaza y una calle hasta encontrarse con el albergue de San José. De primeras, Julita contesta desconfiada por el telefonillo: "¿Quién es? Aquí no se vende nada". Abre al rato y muestra una por una todas las habitaciones y los almacenes donde se apila la comida y la ropa. Zaragoza, muy resuelta, cuenta que quienes más han sufrido han sido los autónomos, que tras el cierre de las fábricas han dejado de trabajar. Ellos ni siquiera han recibido una indemnización: sencillamente han dejado de tener ingresos. Gestionado por Cáritas, Julita y las voluntarias también pagan facturas de agua y luz a quien lo necesita. Esta semana ayudarán a 85 familias. "Nadie viene a pedir por pedir. Es humillante. El pueblo vivía en una nube. Se mataban a trabajar, pero lo gastaban todo. Han vivido muy bien y ahora no hay nada", reflexiona. ¿Y el rumor de que hay quien viene aquí montado en un Mercedes? "Es cierto, aunque no lo dejan aparcado en la puerta. Pero el coche no se come, no sirve de alimento, ¿verdad?".

Pero la construcción y su industria auxiliar han tenido ayuda para socavar los cimientos del mercado laboral. El conjunto de la industria le ha seguido el ritmo este año. Y eso que se supone que en las fábricas la destrucción de empleo es más difícil. Sectores como el automóvil, donde han caído unos 2.500 puestos de trabajo y se han llegado a suspender 50.000 empleos, han aportado su granito de arena.

El 2 de junio el Ministerio de Trabajo dio la primera noticia positiva sobre el mercado laboral en toda la legislatura. El paro bajó en mayo tras 13 meses al alza. Continuó así dos meses más. Las medidas del Gobierno empezaban a notarse. Grandes carteles blancos con letras rojas y el logo gubernamental al pie de unas obras han anegado este año la geografía española. Indicaban una obra local financiada por el Ejecutivo central. Se trataba de frenar momentáneamente el desplome de la construcción. Lo logró. También los incentivos de Trabajo para impulsar las suspensiones de contratos laborales y no su extinción. La temporada estival puso de su parte. En una economía como la española, con el turismo como protagonista, la llegada del verano se nota.

Conforme ha avanzado el año, la caída libre ha dado paso a una cadencia más lenta de destrucción de empleo. El número de parados incluso descendió en la última Encuesta de Población Activa (EPA). Pero la situación, tras dos años de crisis, ya hace mella en la población activa. Para Florentino Felgueroso, investigador de Fedea, éste es uno de los aspectos clave de 2009. La sangría del empleo atrajo toda la atención hacia sí. El gran aumento de población activa hasta bien entrada la recesión, medio millón de personas cada ejercicio, casi pasó desapercibido. Ahora la tendencia se ha invertido: en el último trimestre ha menguado en 89.000 personas.

La trituradora de empleo prosigue su marcha. Ha aminorado el ritmo, pero ya se ceba con los trabajadores fijos. Los temporales fueron las primeras víctimas. Es fácil prescindir de ellos. Basta con no renovar el contrato. La indemnización a recibir, en el mejor de los casos, apenas llega a los ocho días por año trabajado. Por esa rendija se han esfumado medio millón de puestos de trabajo. Pero ahora también llega el turno de los indefinidos. 200.000 cayeron entre julio y septiembre, y, si nos atenemos a las cifras de suspensiones temporales de empleo, unos 340.000 viven en una angustiosa sala de espera.

Y el futuro no parece que vaya a aliviar la agonía, al menos a corto plazo. De hecho, en el estacional mercado laboral español los últimos meses y los primeros meses del año no suelen arrojar buenas noticias. Así, no falta entre organismos internacionales y centros de estudios quien espera que la tasa de paro se encarame a cotas cercanas o incluso supere el 20%.

Pocos vaticinan una rápida salida de la crisis para España. Ya se oyen algunas voces de una pronta huida de la recesión, pero la salud del mercado laboral todavía tardará en llegar. "A partir de junio se puede ver crecimiento neto del empleo", vaticina Gómez, "ahora, no pienso que se cree trabajo a espuertas, pero tal vez sí antes de lo previsto". Su visión es de las más optimistas entre los expertos. Incluso en el Ejecutivo se muestran mucho más reacios a poner una fecha al final en la destrucción de puestos de trabajo y la inversión de la tendencia. "Los datos nos demuestran que la caída se frena", prefiere destacar Rojo, y pronostica, con la indefinida expresión "a lo largo de 2010", el momento en que volverá a crecer el empleo.

Quizá así sea y el año que entra remonte el mercado laboral español, pero por el momento las cifras son demoledoras. Hernández, el hombre que durante 20 años trabajó como supervisor de una cadena de montaje de relés y vio cómo unos operarios asiáticos embalaban este mes las máquinas, vive con su mujer, de 45 años, a la que conoció en la fábrica, y con dos hijos, de 23 y 29 años, de un primer matrimonio. Todos están parados. Al igual que 1.136.500 familias, ninguno de sus miembros tiene ingresos. Los chicos llevan muchos meses sin ser contratados, y el matrimonio ha acabado moralmente como su empresa: en quiebra.

En el chalé en el que viven, inmerso en una urbanización fantasma de un pueblo de Guadalajara, Hernández cuenta que esta semana le han llamado los asiáticos ofreciéndole un viaje a China para que enseñe a los obreros de allí a manejar las máquinas. Es el viaje de retorno que él hizo en su día a la República Federal de Alemana con la intención de aprender el oficio de primera mano. Pero esta vez, dice, si finalmente toma ese camino, cuando acabe de enseñar a los operarios chinos saldrá por la puerta de la fábrica y gritará: "Quédense con mi trabajo que yo me vuelvo al paro".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de diciembre de 2009