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Reportaje:

Contra la desidia y los años

Alejandro Inglés, artista restaurador de Alfara, recupera obras de arte

Traca, pólvora, música de bandas, efímera belleza en castillos de fuegos artificiales, y colorido efímero también el de la grotesca y artística falla, que devoran las llamas al poco de salir a la calle. El alboroto y el estruendo festivos, nos gusten o no, vienen a ser el santo y seña de los valencianos en cualquier rincón de Europa donde se nos conozca. Esa es, sin embargo, una cara de la moneda. Hay otra Valencia discreta, laboriosa y callada, que deja su impronta en calles y monumentos que duran como la piedra. El tiempo deposita sobre ellos polvo; los maltratan, en ocasiones, la dejadez o el vandalismo, y no es conveniente que también los maltrate el olvido.

Alejandro Inglés Llorens es quizás tan solo un indicio de esa otra Valencia menos ruidosa que, a lo peor, no percibe el turista en busca del tópico. Es escultor y restaurador de obras arte. Con su obra se tropieza uno en casi todas las poblaciones importantes y es una pieza clave en conservación del patrimonio. No cuesta poco iniciar un diálogo con el artista por tal de saber de su vida y obra. Inglés Llorens, parco en palabras, afirma, antes de entrar en materia, que la boca puede ser un utensilio de trabajo, aunque en silencio se trabaja. Lo que en el valenciano cristalino y huertano con que se expresa el artista suena a sentencia o proverbio del bíblico Eclesiastés (amb la boca es pot treballar; amb silenci es fa la feina). Era el preámbulo.

El trabajo de este escultor de Alfara fue y sigue siendo vocacional

No ha dejado de ocuparse en la tarea de restaurar el patrimonio

Restauró las figuras alegóricas del edificio de Correos en Valencia

Nada sería lo que es en el patrimonio sin el talante artístico de los restauradores

El restaurador y escultor nació a principios de los cuarenta del pasado siglo. Humeaban todavía en el entorno los rescoldos de la incivil contienda del 36, y la escasez era siempre más preocupante en los barrios obreros de las grandes ciudades, que en el seno de una familia campesina. Años por lo común grises, aunque el artista del cincel y de la maza los evoca coloreados por su infancia: la asistencia a una escuela unitaria sólo para muchachos; la agudeza de los pocos años para localizar lo ajeno y apetitoso, llámese naranja, sandía, albaricoque, cereza o manzana; o las improvisadas competiciones de natación en las acequias de riego cercanas, en paños menores o como Dios lo trajo al mundo. Salpicado de canas, en el rostro de Alejandro se dibuja siempre una inocente sonrisa cuando recuerda sus primeros años en Alfara del Patriarca. También, que su padre lo descubrió atareado modelando barro, y le indicó que se moriría de hombre si ese era su futuro.

Alfara del Patriarca era, y es, un núcleo habitado a escasos kilómetros de la capital del Turia. La erudición anda dudosa sobre si el topónimo Alfara procede del nombre de una antigua alquería musulmana o está relacionado con la alfarería mora. Lo del Patriarca está relacionado con San Juan de Ribera, conversor de irredentos moriscos valencianos y propietario del lugar tiempo ha, cuyo monumento escultórico cincelado por Inglés preside la plaza principal. Alfara era y es un Ayuntamiento con uno de los términos más diminutos de la geografía hispana: apenas dos kilómetros cuadrados. Hoy se confunden sus calles con las de las poblaciones vecinas; el metro está a un tiro de piedra y el primitivo núcleo ha crecido en exceso, desde que el vecindario se decantase por el sueño apacible de las cercanías y huyera del ruido estridente del tráfico de la ciudad. Pero el trenet ya llegaba a Alfara en la posguerra, donde había una fábrica de fósforos y unas cuantas industrias casi artesanales de ladrillos, que sirvieron para que Alejandro Inglés se familiarizara con el barro prensado en moldes, que el aire y el sol secaban. Cuando apenas dejaba de ser un adolescente, realizó el corto recorrido que va de modelar la arcilla a esculpir la piedra. Trajinando en su taller, estudio o, si se prefiere, lugar de trabajo, busca el escultor una foto entrañable que enseña con discreto orgullo: las diestras manos de un jovencísimo artista de unos 16 años moldean el busto de su maestro; es un muchacho moreno y serio, una estampa latina que pone rigor y ternura en el rostro de quien le enseñó la historia de los hijos de Jacob, la regla de tres y los afluentes del Ebro. El busto consiguió por entonces una mención especial en un concurso de jóvenes artistas, y el maestro modelado en barro era don Pedro Tortajada. De él, cuenta Alejandro, que era un hombre nada sectario y menos partidista. Define al pedagogo como hombre de acendrado talante cívico, que tuvo sus más y sus menos con las autoridades de la época, porque puso en tela de juicio la legalidad del canto obligado del Cara al sol al iniciar cada día su tarea docente. El nuevo centro cívico de Alfara del Patriarca llevará el nombre de Pedro Tortajada. Y Alejandro esculpe en mármol, para el nuevo centro, el busto de su maestro, que desde hace 50 años tenía modelado en barro. La memoria del artista es parte, sin duda, de la memoria colectiva de su pueblo.

Con el barro, la piedra, el cincel y la maza, cumplió Inglés Llorens el bíblico castigo de ganarse el pan con el sudor del trabajo. Pero su trabajo fue y sigue siendo vocacional, que viene a ser tanto como tropezar con la alegría de vivir en lo que son sus tareas cotidianas. Aunque no cabe hablar sólo de vocación o inclinación innata del artista. Hay profesionalidad y aprendizaje. Alejandro frecuentó en Valencia las entonces llamadas Escuelas de Artes y Oficios; fue alumno aventajado de la Escuela de San Carlos; anduvo por donde el Círculo de Bellas Artes valenciano, y siguió cursos de Dibujo Natural que se impartían en Lo Rat Penat de su juventud. No se moría por entonces de inanición, y pagaba sus matrículas y cursos con lo que ganaba en el trabajo inmediato que nunca falta: esculpiendo cruces funerarias. Eso era antes de su mili obligatoria, cuando las recatadas mozas de Alfara miraban a hurtadillas a aquel joven laborioso y discreto, que ya tenía novia.

Finalizado el servicio militar y a partir de los años sesenta, el currículo del escultor y restaurador se cruza con la música de los Beatles, el tardofranquismo, los seiscientos, la familia, los hijos, y una ingente obra creativa de corte neoclasicista con algún rasgo de expresionismo barroco, que nos lleva desde el monumento al maestro Rodrigo en Sagunto hasta el mural de altorrelieves de Chiva que tiene como motivo las fiestas de toros en la calle. Aquí y allá es Alejandro Inglés quien unas veces modela en barro primero la escultura, que luego cincela en piedra, mientras que en otras ocasiones son otros artistas quienes le facilitan el modelo en arcilla y él labra el mármol.

Pero el trabajo callado y artístico del escultor de Alfara no se ciñe únicamente a su propia obra, con ser importante. Alejandro no ha dejado todavía de ocuparse en la noble, cívica y artística tarea de restaurar el patrimonio escultórico que nos regaló el pasado. Una tarea que precisa de fina inteligencia y mano diestra, ya se trate de una pila bautismal en Novelda, de las ménsulas de las Torres de Serranos, de los angelotes barrocos de la fachada de la iglesia de los Santos Juanes. El tiempo deteriora y daña la piedra en que se esculpieron lascivas ninfas en un capitel modernista, o desprende las alas de sutil vuelo de las arcangélicas figuras. El vandalismo incívico daña la familiar imagen de San José en el puente del mismo nombre sobre el viejo cauce del Turia. Y en unos y otros casos, allí está el molde de barro y la piedra del restaurador de Alfara que le devuelve a nuestro patrimonio su primitivo y correcto estado. La ciudad de Valencia está sembrada de mucho trabajo silencioso de Inglés Llorens. Durante los años de la transición a la democracia montó durante meses su taller restaurador en la plaza del Ayuntamiento: las figuras alegóricas que coronan el edificio de Correos se esculpieron en inconsistente arenisca y se tenían que sustituir; y allí estuvo Alejandro, sustituyéndolas por otras de piedra procedente de Borriol. Durante muchos meses de trabajo en el centro neurálgico de la ciudad, fue testigo mudo de mucha manifestación y se familiarizó con los rostros de carteristas y trileros que pululaban por la zona. Poco antes o poco después labraba nuevas balconadas en el palacio del Marqués de Dos Aguas, siguiendo el modelo de las originales. Y luego están los tinglados modernistas del puerto, como está la restauración escultórica de la fachada del edificio de La Equitativa, con la imagen alegórica de la compañía incluida. Y la lista no se agota.

En puridad, nada sería lo que es en nuestro patrimonio sin el talante artístico y la habilidad de los restauradores. Pero cuando cualquier turista o visitante se dé una vuelta por la Colegiata de Gandia, igual se detiene a ver las esculturas del Creador, de San Gabriel y San Miguel que adornan el tímpano del pórtico gótico tardío, hasta hace casi nada desangelado. Nadie le indicará que en las imágenes hay mucho trabajo silencioso y casi anónimo, muchas horas y cuidado de un chaval que ya peina canas. Muy valenciano, muy de Alfara, muy por la tarea y por el arte que no tiene fronteras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de octubre de 2009