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DIEZ IDEAS CONTRA EL ABSURDO

Dicen que cuando estás a punto de morir, dos pensamientos recorren tu mente. Primero: te arrepientes de absolutamente todo lo que has hecho; segundo: deseas otra oportunidad para volver a hacerlo todo de nuevo. Meses después de que Chanel tuviera que despedir al 1% de sus trabajadores —una noticia que hubiese sido un breve en cualquier país menos en Francia, donde fue calificada por Le Parisien como "una bomba"— aparecía su diseñador en jefe, Karl Lagerfeld, para ponerle eslogan a los estragos financieros y morales que la nueva coyuntura económica está causando en el mundo del lujo. "El bling [término que hace referencia al tintineo de las joyas y que significa en argot inglés ostentación extrema] ha muerto. A esto lo llamo la nueva modestia. Toda esta crisis es como una gran liquidación de primavera, tanto moral como física", declaraba a The New York Times. El creador alemán —que dicen que se baña en agua Evian, posee 70 iPod y al que muchos en el sector apodan El Kaiser— se apuntaba así al carro de los que creen que sin grandes catarsis dramáticas no hay grandes resurrecciones creativas. Algo que tal vez podría consolar a Louis Vuitton, que tuvo que cancelar la apertura de su mayor tienda en Tokio, o a la mítica diseñadora francesa Sonia Rykiel, que pasó de presentar su colección ante 1.500 personas en un espectáculo de luz, color y mandarinas a hacerlo ante 200 en su boutique del parisiense Boulevard Saint Germain. Eso sí, lo hizo en nombre de la intimidad. "La gente sigue comprando botellas de champán Dom Perignon, pero pide llevárselas en una bolsa, no en el tradicional envoltorio exageradamente lujoso", comentaba a The International Herald Tribune Frédéric Verbrugghe, jefe de la sección de comida del centro comercial de París Le Bon Marché. La nueva modestia ha entrado en las formas, pero pronto alcanzará el fondo: se acabaron las camisetas de 500 euros y los bolsos icono.

"El 'bling' ha muerto. Toda esta crisis es como una liquidación de primavera, tanto moral como física" (Karl Lagerfeld)

Durante las dos últimas décadas, la moda y la sociedad han alcanzado niveles de vulgaridad anteriormente impensables. Éste parece ser el discurso compartido por gran parte de quienes durante todo este tiempo han celebrado el exceso y la pompa de un negocio tan vanidoso que se ha convertido en epítome de esos polvos que trajeron este lodazal. En un momento poco determinado durante la pasada década, la moda y el lujo traspasaron la línea que delimita el sueño de la envidia, la posesión de la acumulación, el orgullo de la ostentación. Es obvio que un universo como éste posee un volumen de clientes potencial muy reducido; así, su universalización, como el capitalismo, llega por las grandes posibilidades de ensoñación que otorga a quienes jamás podrán tener la capacidad económica para ser consumidores. Este desajuste se solventó durante un rato con la democratización de ciertos aspectos de la moda (imitaciones, copias y compras a plazos), pero, para quien vive en un bucle casi freudiano de sueños no cumplidos, un Zara o un Mango no sirve ni como placebo. Resultado número 1: en 2007, cada británico debía de media 5.000 euros en tarjetas de crédito (no hace falta ser un lince para entender que esas deudas no se crearon comprando bienes esenciales como la salsa de menta o los libros de Martin Amis). Resultado número 2: sociólogos como el francés Gilles Lipovetsky propugnan hoy la destrucción de una industria que califican como "superficial, ejemplo y celebración de las diferencias de bienestar". Este súbito arrebato de humanismo costaría sólo en Francia 200.000 puestos de trabajo.

El discurso de Lagerfeld aboga por cierta introspección, por mirar hacia adentro y no tanto hacia afuera. Aunque no se puede más que sentir que la mayoría de la gente a quien va realmente destinado dicho discurso, si mirara en su interior, vería cosas que no le gustaría nada. A los demás, turistas y mirones que una vez se sintieron propietarios, aunque jamás les invitaran a las reuniones de vecinos, no nos queda más que tomarnos al pie de la letra unos mandamientos que son más viejos que la ropa. Ya lo decían las escrituras: una camiseta negra de Zara es más barata que una de Dior y adelgaza lo mismo.

Sara lleva vestido y sombrero de El Templo de Susu y botas de El Corte Inglés.
Sara lleva vestido y sombrero de El Templo de Susu y botas de El Corte Inglés.CHUS ANTÓN

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 19 de febrero de 2009.

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