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Reportaje:ocio

El veraneante español

Soy el veraneante estándar español, el turista ideal y prototípico, señor o señora, elijan ustedes. Soy fruto de una encuesta elaborada por el Instituto para la Calidad Turística Española en los años 2007 y 2008, y éstos son mis gustos, usos y costumbres.

Me suelo tomar entre ocho y quince días de vacaciones en verano y practico el escapismo de puente y fin de semana durante el resto del año. De fronteras para dentro prefiero Andalucía, Valencia y las islas, por ese orden, pero, de vez en cuando, salgo al extranjero.

Viajo en familia o en pareja y soy amante del noble arte de clavar la sombrilla a la orilla del mar. También se me puede encontrar fotografiándome junto a monumentos y recorriendo museos si el lugar lo merece; no son planes incompatibles. Para decidirme por un destino de vacaciones, valoro igual el paisaje (preferiblemente soleado) y la oferta cultural. La última de mis opciones, la propuesta de ocio menos atractiva que se me ocurre, es la estancia en un parque temático. Tengo que confesar que tampoco soy un entusiasta del turismo rural y que la práctica de cualquier disciplina deportiva no se me pasa por la cabeza, ni antes ni después ni durante las vacaciones.

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Las experiencias de familiares y amigos, a través del tradicional y efectivo boca a boca, me orientan hacia un lugar u otro; también busco consejo espiritual en las agencias de viajes de toda la vida. Una vez decidido el viaje prefiero contratarlo por Internet, como buen turista del siglo XXI.

Viajero satisfecho

Estas vacaciones tipo me salen por unos cien euros al día. Y es que, aunque cada año gasto menos, no soy precisamente un mochilero de cámping y albergue: me desplazo en avión, disfruto de la buena gastronomía y me alojo en apartamentos u hoteles de tres estrellas para arriba. Siendo fiel a mi origen, hablando con seriedad y precisión, como se debe hablar en las encuestas, diré que le doy nada más y nada menos que un 90% de importancia a la oferta hotelera de un determinado lugar antes de moverme.

El dejar poco o nada a la improvisación me ha convertido en un veraneante satisfecho. A mi tranquilidad contribuye el hecho de que, en vacaciones, no suelo sufrir ningún incidente. Las pocas veces que se me ha enturbiado el viaje ha sido por un robo. Pero en general soy de los que quedan contentos, de los que no van sembrando de hojas de reclamación las recepciones y siempre vuelven a la cruda realidad laboral con ganas de repetir destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de agosto de 2008