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Reportaje:Atenas 2004 | FÚTBOL

El autobús argentino, una fiesta

La selección de Bielsa anhela un título que se le niega desde la Copa de América de 1993

Los italianos y los argentinos, que el martes se enfrentarán en una de las semifinales del torneo de fútbol, viven en la misma casa de la Villa Olímpica. En el primer piso se alojan los suramericanos y en el segundo los europeos. Muchos comparten ancestros. Entre los argentinos hay quien se llama Coloccini, D'Alessandro o Mascherano. Pero son completamente distintos. Los italianos están incómodos porque tienen que coger un autobús de línea interna, de servicio para todos los deportistas, para ir al comedor. Además, creen que la pasta no es buena. Los argentinos se suben al autobús con el fervor de unos colegiales. Kily González parece, a sus 30 años, más entusiasmado que los debutantes. Es el primero en ordenar que todos se sumen al viaje que da la vuelta a la Villa para, entre los 18, entonar aquella canción que oyeron bajar de las tribunas del gallinero golpeando las paredes del coche como si fuera un bombo: "¡Vamos los pibes! / Nosotros cantamos / Ustedes pongan huevos. / Cada vez falta menos...".

"Desde hace años, nuestro país no pasa un buen momento. Ese sentimiento nos empuja", explica Ayala

Una canción golpea las paredes del vehículo como si fuera un bombo: "¡Vamos los pibes! (...) Cada vez falta menos"

A Osleydis Menéndez, la rigurosa lanzadora cubana de jabalina, no le alcanza su gigantesco rostro para expresar toda la sorpresa que siente. Otros, como Ian Thorpe y el equipo de natación australiano, tampoco comprenden la extraña demostración de aquellos atletas que utilizan el autobús de la Villa para celebrar un rito de baile y canto. La cabina suena como una caja rítmica. El entusiasmo del Kily es contagioso. Se siente como si hubiese vuelto a la villa. No a la Villa Olímpica, sino a la villa de Rosario donde nació y vivió una infancia feliz y alborotadora.

Como Kily González, todos los futbolistas de la selección olímpica argentina son profesionales. Ninguno de los equipos que han acudido a los Juegos acumula más jugadores con vida profesional que la argentina. Sin embargo, se han presentado con un espíritu amateur. Si ganan la medalla de oro, cobrarán una prima, pero piensan donarla para fines benéficos. Muchos llevan más de un mes y medio concentrados, entre la Copa de América y la clasificación mundialista. Pero se sienten los representantes privilegiados de un país desolado anímicamente y reprimen cualquier lamento. "Esta es una posibilidad de aprender de gente amateur", explica el capitán, Ayala; "de convivir con los número uno del mundo, de ver que Phelps y Thorpe son tipos comunes, de hacerte fotos con Gasol, Navarro y Moyà...".

"En lo que hacemos hay un poquito de patriotismo", continúa Ayala, que parece confesarse: "Pensamos que hay una persona que no conocemos y que se siente identificada con nosotros. Que cuando jugamos se paraliza para vernos. Ese sentimiento nos empuja desde hace unos años. Desde que nuestro país no pasa por un buen momento".

Ayala, Kily y Heinze, los tres mayores de 23 años que permite el reglamento olímpico, son los líderes. En la concentración de Patras, junto al mar, los tres comandantes preferían emplear los tiempos de descanso en despachar, tomando café mientras la chiquillería se distraía al sol en la playa, arrastrando un gran equipo de música en el que ponen cumbias (Tévez) y tocando la guitarra (Coloccini y Burdisso).

Encerrado en su cuarto, analizando todos los minutos de todos los partidos de todos sus jugadores y de todos los rivales, frente a un DVD, se retrae la enigmática figura del seleccionador, Marcelo Bielsa. La singularidad con que habla no es menos llamativa que su método detallista. El viernes pasado, un periodista le propuso que participase en la encuesta auspiciada por su periódico para que los aficionados bautizaran a la selección con un epíteto, "así como las jugadoras de hockey son Las Leonas o los de rugby Los Pumas". Bielsa fijó la mirada en un punto indefinido y dijo: "No tengo ninguna sugerencia. Propiciar estímulos artificiales a la imaginación popular sustituye algo que tiene que surgir espontáneamente".

En la respuesta se advierte que los futbolistas, aunque disfruten, no están en los Juegos sino para labores de mucho dramatismo. Ayala da ejemplo. No ha tenido vacaciones desde que terminó la Liga con el Valencia y esconde algo parecido a la desesperación. La clase de sentimiento que ahoga a muchos argentinos, y al propio Bielsa, conscientes de que el equipo no gana un título desde la Copa de América de Ecuador 93. "Me falta ganar", confirma Ayala; "este equipo necesita un título. Para un futbolista la plata es una frustración. Otros atletas trabajan años para ganar una plata y se sienten satisfechos. Yo, no".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de agosto de 2004