Viaje a la comunidad somalí de Minneapolis que Trump usó como pretexto para tomar la ciudad
El presidente ha hecho de ese grupo, al que culpa en su conjunto de un fraude masivo en el cobro de ayudas públicas, una de sus dianas favoritas. Más del 95% de sus miembros son ciudadanos estadounidenses


El ataque a la congresista de Minnesota Ilhan Omar, a la que un hombre roció el martes pasado con una jeringuilla llena de vinagre mientras hablaba en público, devolvió el martes pasado el foco sobre la comunidad somalí en este Estado del Medio Oeste. Es una atención no deseada, que se suma a una campaña del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el movimiento MAGA (Make America Great Again), que llevan meses insultándolos y culpándoles en su conjunto de un fraude en las ayudas públicas que se remonta a la pandemia.
La Casa Blanca empleó esos delitos, algunos ya juzgados, y otros por juzgar, como pretexto para ordenar la Operación Metro Surge, el despliegue de unos 3.000 agentes federales que patrullan la ciudad fuertemente armados, enmascarados en la mayoría de los casos y a bordo de coches sin identificar. Muchos inmigrantes, indocumentados o no, viven recluidos en sus casas desde el principio, hace dos meses, del operativo, que también ha provocado el levantamiento de Minneapolis; una resistencia ciudadana sin precedentes que se ha intensificado tras las muertes a tiros de dos estadounidenses, Renee Good y Alex Pretti, a manos de la policía migratoria de Trump.
La excusa somalí para la ocupación federal no cuadra. De los 80.000 miembros de esa comunidad que viven en Minnesota, más del 95% son ciudadanos o residentes legales, así que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (el temible ICE) no tiene competencia sobre ellos, por más que Trump los haya llamado “basura” y que quiera que se vuelvan a su país... que no es otro que Estados Unidos.
El despliegue migratorio ha tenido además otra consecuencia insospechada. Este mes, seis fiscales federales dimitieron aquí en protesta por cómo está llevando a cabo el Departamento de Justicia la investigación de la muerte de Good, así que las causas abiertas desde el año pasado por el fraude en la concesión de asistencia médica han quedado en un limbo. Sencillamente, no hay quien las instruya.
El pasado 8 de enero, las autoridades estatales bloquearon las nuevas solicitudes de 13 programas asistenciales. Y después de que un influencer de la extrema derecha llamado Nick Shirley hiciera un reportaje sobre las guarderías en Minneapolis, el Gobierno federal congeló la concesión de más ayudas y acabó ordenando el despliegue antiinmigración. El vídeo estaba lleno de acusaciones sin probar o sencillamente desacreditadas, lo que no impidió que el mundo MAGA, con Elon Musk y el vicepresidente J. D. Vance en cabeza, lo convirtiera en el último pretexto para la ocupación de una ciudad y un Estado demócrata. También puso al gobernador, Tim Walz, contra las cuerdas, que finalmente anunció su renuncia a presentarse de nuevo al puesto en noviembre.

En un proceso de varios años, se ha imputado a 98 personas, 85 de las cuales son de origen somalí, según cálculos de la Casa Blanca. De momento, ha habido 60 condenas, y medio centenar se han declarado culpables. Para el Departamento de Justicia se “trata de un fraude a escala industrial de proporciones asombrosas”. Para Jaylani Hussein, director ejecutivo del Council on American-Islamic Relations (CAIR) y una de las figuras más prominentes de la diáspora somalí en Minnesota, es la definición clásica del “racismo y discriminación”.
“Culpar a los negros de aprovecharse de los programas de asistencia es algo que ya hicieron Ronald Reagan y Bill Clinton, cuando son los blancos los que más necesitados están de esas ayudas, pero, claro, eso no vende”, opina el activista, que recuerda que “el periódico local hizo una investigación y concluyó que esos fraudes derivados de la pandemia sucedieron por todas partes, y que Minnesota no es siquiera el caso más grave”.
Y en eso, Trump sí está de acuerdo. Siempre que ataca a Minnesota, el republicano apostilla que la siguiente en la lista es California. El presidente ha escrito en su red social, Truth, que ese Estado es, bajo el gobierno de su gran enemigo, Gavin Newsom, “aún más corrupto”.
“La prueba de que están instrumentalizando ese fraude es que cuando surgió [en 2021] y se llevó a los tribunales, los republicanos de Minnesota se negaron a equiparar esos delitos con la comunidad en su conjunto”, explica Hussein. “¿Por qué no lo hicieron? Porque sabían que son calumnias y porque hace tiempo que no es posible ganar unas elecciones en este Estado sin contar con los somalíes".
Guerra civil en África
Husein fue, en 1993, de los primeros en llegar, huyendo de la guerra civil en el país del cuerno de África. Entonces, Minnesota era un Estado abrumadoramente blanco, un sector demográfico que, tras décadas de diversificación, aún representa el 77% de la población. Los que vinieron después de Hussein lo hicieron por oleadas. La congresista Omar, por ejemplo, llegó cuatro años después.
Se trata de una comunidad mayoritariamente musulmana y llamativamente joven: algo más del 50% nació una vez sus padres se habían establecido en Estados Unidos. “El resto se reparte entre los que con los años obtuvieron, como yo o como la congresista, la nacionalidad, y los que tienen la residencia”, especifica Hussein. “Se calcula que hay menos de mil personas entre indocumentados y refugiados”. El activista añade que también es una comunidad que, a diferencia de otras, se “ha preocupado por constituirse como un actor político en Minnesota”. “El hecho de que tengamos una representante en el Capitolio no es casualidad; son años de movilización”.
El corazón cultural y social de la vida somalí en Minneapolis es el centro comercial Karmel Mall, cuatro plantas con tiendas de ropa, barberías, agencias de viajes y de seguros y restaurantes. Omar compareció allí el miércoles, un día después del ataque, y muchos de los dueños de los negocios subieron a verla hablar y aplaudir su coraje.
Una mujer llamada Zeynap dijo que conocía a muchos somalíes que “no se atreven a salir de sus casas”, y que ella, que tiene una panadería, se ha organizado para llevarles comida. Mohammed explicó en su barbería, mientras terminaba con un cliente, que su negocio “había bajado a la mitad”. E Izzy, una joven armada con uno de esos silbatos con los que los activistas advierten de la presencia de los agentes migratorios, contó que la lucha en Minneapolis “es un asunto de decencia moral”. También negó que le estuvieran afectando los insultos constantes de Trump. “Creo que lo que más le puede doler a esa persona es que la ignoren”, añadió.
La presencia somalí en la ciudad no se circunscribe, con todo, a este centro comercial. Mahmoud Isse, por ejemplo, es el dueño del negocio frente al que los agentes de la Patrulla Fronteriza mataron a Pretti. Es un centro de asistencia a la tercera edad y aún no ha vuelto a abrir sus puertas. El empresario tampoco sabe cuánto tiempo seguirá cerrado. De momento, el acceso lo impide el centenar de personas que a todas horas están allí concentradas para presentar sus respetos a un vecino que, dice Isse, “se sacrificó por la comunidad, y en especial por sus hermanos inmigrantes”.
Omar contó después que horas antes había visitado el lugar y dijo que es la congresista que recibe más amenazas de muerte de los 435 que trabajan en la Cámara de Representantes, por la “obsesión” de Trump con ella. Hussein también está acostumbrado a los ataques de la extrema derecha como rostro del CAIR, la mayor organización de derechos civiles musulmanes, que el presidente de Estados ha amenazado con incluir en la lista de organizaciones terroristas. “Nunca lo hará; es solo un gesto para congraciarse con Netanyahu”, dice el activista.
Un paseo por el Karmel Mall sirvió para dar por bueno el diagnóstico de Hussein sobre el diferente impacto en la comunidad somalí de lo que está pasando en Minneapolis, según criterios generacionales y de clase. “A los más jóvenes, las amenazas de Trump les dan risa”, había explicado el director del CAIR. “Los hay preocupados por su economía y por sus trabajos. A los mayores les preocupa el avance del autoritarismo. Muchos ya han pasado por esto: saben que cuando vives en un régimen autoritario y no encajas en el molde, pueden venir a por ti en mitad de la noche”.
Estos días también ha sido posible apreciar en Minneapolis que hay una nueva generación de somalíes que ha despertado en estas calles y en las redes sociales al activismo político. Es frecuente verlos en las protestas y en los memoriales a los caídos por la brutalidad policial. También, como parte de los grupos de activistas que rastrean los movimientos del ICE para entorpecer una brutal caza al inmigrante que los está usando de pretexto.
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