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Reportaje:

El candidato de Europa

El general Clark exhibe, como sus correligionarios, una visión liberal de la vida. Ha aceptado el aborto, los derechos de los militares gay...

Cuádrese!". Escueto, por el hilo telefónico. Desde su cuartel general aliado en la ciudad belga de Mons, el general Wesley Clark ordena a otro cuatro estrellas, en los Balcanes, que deponga su desacuerdo y le obedezca. Éste se pone firmes. Acata. Luego, cuando ascienda, se vengará, procurando la jubilación anticipada del único militar en la historia que ganó una guerra, la de Kosovo, sin muertos propios en el campo de batalla.

Hoy es 23 de mayo de 1999. Estamos en el aeropuerto italiano de Aviano. Rugen los pájaros de acero, despegando con estruendo cada dos minutos: la batalla aérea contra Milosevic. Clark, el jefe militar de la OTAN (1997-2000), el intelectual, el exquisito, el estratega brillante, de quien un admirado García Márquez escribió que "sueña con ser un hombre de letras", acaba de compartir rancho a lo populista, palmadas en las espaldas, bromas, risas cuarteleras. ¿Por qué? ¿Y por qué los militares van siempre con el planillo milimetrado? "Porque también tenemos corazón, y venimos de orígenes distintos, en su mayoría no universitarios, por eso se necesita la disciplina, es la argamasa", musita al periodista.

Ha lanzado esta semana su candidatura, con el apoyo en sordina de Bill Clinton, su paisano de Arkansas y compañero de estudios universitarios

Número uno en su quinta de West Point, se doctoró en el análisis sobre el fiasco de Vietnam, lo que serviría al Estado Mayor para replantear estrategias

El hoy candidato era un militar muy político porque, como él mismo recuerda, "la guerra es, desde luego, ante todo y sobre todo, un acto político"

Ayer, 1970, era Lai-Khe (Vietnam). Herido cuatro veces por el Vietcong. Condecorado como héroe en esa guerra desgraciada.

O sea, este hombre corpulento y de ojos claros acredita firmeza, disciplina, valor personal, éxito en campaña. Clark ofrece así a sus conciudadanos norteamericanos algo que éstos reclaman y que ninguno de los aspirantes demócratas a la Casa Blanca parecía garantizarles: sensación de seguridad. En versión diametralmente distinta a la de Bush, aunque haya trabajado a las órdenes uniformadas del nixoniano Alexander Haig o del tantas veces cortocircuitado secretario de Estado actual, Colin Powell.

Wes (Chicago, 1944) es el décimo candidato del Partido Demócrata a las presidenciales de Estados Unidos. Ha lanzado esta semana su candidatura, con el apoyo en sordina de Bill Clinton, su paisano de Arkansas y compañero de estudios universitarios -Economía, Ciencias Políticas y Filosofía- en Oxford (Reino Unido). Exhibe, como sus correligionarios, una visión liberal de la vida; ha aceptado el aborto, los derechos de los militares gay; ha lamentado las excesivas rebajas fiscales no compensadas con otros ingresos... Y sabe en carne propia qué hacer con la política de defensa, gestión de crisis, planificación militar, cómo ganar una guerra.

Ha criticado la invasión de Irak, pero en versión más suave, más centrista, que Howard Dean, ciñéndose a las condiciones en que se planteó, pues "una alianza estructurada cuyas acciones se guían por el consenso y respetan el derecho internacional tiene todas las posibilidades de ser más eficaz a largo plazo".

Es la apuesta multilateralista derivada de hondas reflexiones: "EE UU usará su poder militar en conjunción con sus amigos y aliados. La verdad incontestable de las alianzas es que los Estados tienen distintos intereses. Suscitar un interés común suficiente para apoyar el uso del poder militar es, por tanto, un deber de los hombres de Estado", escribía hace dos años en su libro sobre Kosovo, Waging modern war, mientras los ideólogos de la ultraderecha soñaban unilateralismos e imperios basados en el desprecio a la ONU y el uso automático de la fuerza.

Su receta de la guerra

Número uno en su quinta de la Academia Militar de West Point, donde luego enseñaría Economía y Filosofía Política, Clark se doctoró en el análisis sobre el fiasco de Vietnam, lo que serviría al Estado Mayor para replantear estrategias y casi refundar el Ejército norteamericano. Criticó las "falacias del gradualismo" johnsoniano, la escalada a borbotones. La fuerza debe ser decisiva, "abrumadoramente superior" a la del rival, susceptible de "intensificarse rápidamente" y de "dirigirse contra objetivos militares sustanciales": ésta es su receta de la guerra moderna, trufada de la revolución de las comunicaciones, tecnologías y armas de precisión.

Y de cambios en la relación entre militares y políticos, que ya no sólo esperan resultados sentados en sus despachos, sino que se implican en el diseño de la campaña y la fijación de objetivos preseleccionados por los técnicos. Siempre buscando el "énfasis en una amplia base de naciones que establezcan la legitimidad internacional, legal y diplomática de la operación" -todo lo contrario del caso iraquí-, como declaraba a este diario (EPS, 24-10-99). Lo aprendió en los preparativos de Dayton, con Richard Holbrooke, y en la liberación de Kosovo para revertir la expulsión de 800.000 ciudadanos, de la mano de su jefe político directo y secretario general de la Alianza, Javier Solana, su íntimo en Europa, a quien describe en su libro como "maestro en usar la maquinaria y el lenguaje para modular políticas y construir consensos".

Clark es, por vivencias, filosofía y tradición clintoniana, el más europeo de los candidatos norteamericanos. Su punto débil es la falta de experiencia en puestos de gobierno civil. Pero es seguramente, con Powell, el militar más político de los últimos tiempos. Como muestra, dos botones. Uno es su legendaria intervención ante los embajadores del Consejo Atlántico, en enero de 1999, mostrando fotos, caras y cuerpos de las víctimas kosovares de la matanza de Racak, al lema: "Hemos de impedir matanzas como ésta". "Fue un verdadero mitin, un revulsivo que puso fin a la pasividad, impidió la prolongación de una situación a lo bosnio y abrió paso a la decisión de la intervención de injerencia humanitaria", recuerda un antiguo técnico de la casa.

Otro fue su descaro ante la maniobra del dictador serbio organizando conciertos en los puentes de Belgrado, en los que cantaba la mujer de Arkan, el mafioso terrorista agente de Milosevic. "Si es necesario, derribaré esos puentes del rock and

roll", alardeó (con éxito) Clark, seguramente jugando al ful.

El hoy candidato era un militar muy político porque, como él mismo recuerda, "la guerra es, desde luego, ante todo y sobre todo, un acto político". Porque desarrolló gestiones diplomáticas, incluso ante Milosevic, de quien en la fase de Dayton creyó que cumpliría las condiciones de democratización exigidas por la comunidad internacional. Y porque debió sumar a sus competencias técnicas muchas habilidades negociadoras para ejecutar una guerra plagada de obstáculos internos.

¿Cuáles? Dentro de la Alianza, los objetivos debían pasar el cedazo selectivo de los embajadores: "Era la primera guerra tutelada en comité, que además velaba por un uso limitado de la fuerza", recuerda hoy un alto funcionario de su cuartel. Y desde la metrópoli proliferaban las inquinas del Pentágono, encabezado por el secretario de Defensa Richard Cohen y su Estado Mayor, envidioso de que Clark, maestro de varios de sus miembros, fuese "un hombre del presidente".

Le trazaron un vía crucis. Militarmente le impidieron utilizar los famosos helicópteros Apache. Políticamente pugnaron por una menor implicación de EE UU en el conflicto, y, sobre todo, por frenar sus ínfulas en la persecución de los criminales de guerra. Fracasaron. Y Solana y el general entraron en Prístina, entre vítores (nada que ver con las amañadas escenas de Bagdad), el 24 de junio de 1999.

El desquite

Pero se tomaron desquite. Intentaron impedir su presencia en la cumbre de Washington con motivo del 50º aniversario de la Alianza, lo que fue desbaratado por el político español en apelación a la Casa Blanca, arguyendo la necesidad de su presencia para explicar las operaciones. Eso sí, lograron humillarle al apearle del cargo en abril de 2000, tres meses antes del final de su mandato. Y abortaron el ascenso habitual a jefe del Estado Mayor que se suele reservar para el militar que acumula el doble sombrero de comandante supremo de las fuerzas aliadas y jefe de las fuerzas norteamericanas en Europa. Más aún cuando anteriormente había desempeñado, en 1996, otra gran jefatura, el Comando Sur para América Latina, lo que le enamoró de la cultura hispánica.

Colgado a la fuerza el uniforme, Clark se dedicó a escribir, a predicar en la CNN y a la empresa de inversiones Stephens Inc. Más discretamente, ha organizado en el último año una red de fans en todos los Estados articulada por 166 coordinadores. Son unos entusiastas de su liderazgo y seducción. Falta por ver si suplen así sus limitados recursos y su escasa experiencia partidista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de septiembre de 2003

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