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Crónica:GOLF | Masters de Augusta

Sergio García aguanta el envite

El español marchaba cuarto mediada la segunda ronda, con tres golpes de ventaja sobre Woods

La jornada del jueves se había echado a perder y casi todos los jugadores se habían recogido temprano a pasar la tarde en el gimnasio, haciendo crucigramas o viendo la guerra por la tele. Pero no todos los rincones del campo estaban desiertos. En el putting green, practicando y hablando, una pareja desigual aguantaba la lluvia sin abrir el paraguas. Ernie Els, el gigante rubio, el surafricano que empezó la temporada como un rayo, y su psicólogo, Jos Vanthispout, el hombre que carga con el mérito de recuperar el alma dubitativa de Els para el gran golf. A 500 metros de allí, en el driving range, el capataz da las últimas órdenes a los chavales encargados de mantener el sitio limpio ordenado. En un rincón, Víctor García, bajo enorme paraguas, observa y mide a su hijo, Sergio, quien da golpes con el driver sin parar. Termina contento la práctica, ha debido dar con alguna sensación antigua, de aquéllas que sentía antaño, antes de empezar a cambiar el plano del swing, cuando resolvía los problemas con el vicio del molinillo cuando bajaba el palo. Sonríe, regala guantes a los limpiadores; su caddie cierra la bolsa y se van. Si el golf fuera trabajo hasta lograr que los callos sangren, Els y García serían hoy los líderes del Masters de Augusta. García casi lo es, y lo fue bastante tiempo durante el primer día, en el que anduvo por los gozosos terrenos del -5 antes de caer a los simplemente alegres del -1, pero Els andaba con +4 y luchando para salvar el corte. Una diferencia notable.

Sergio García, que lleva una temporada triste debido a sus cambios de swing y a un extemporáneo abandono del putt, salió salvaje al campo. Empezó de madrugada por el hoyo 10, por el afamado Amen Corner y aprovechó perfectamente las oportunidades. Con su juego largo devorando las calles, unos hierros menos erráticos que en otras ocasiones y un putter de nuevo caliente, hizo birdie en tres de los cuatro pares cinco del campo, y también en dos pares tres. Llevaba una marcha extraordinaria, más extraordinaria aún si se tiene en cuenta que sólo el norirlandés Darren Clarke, una especie de simplicísimo que no se complica la vida al que le salió todo lo que intentó, aguantaba su ritmo.

Por detrás de la pareja europea, los participantes en el Masters eran una tropa heterogénea y combativa. Cracks que luchaban contra el barro, contra el agua, contra unos greenes imprevisibles, repentinamente rápidos, repentinamente lentos, caídas equívocas, contra unos bunkers en los que se clavaban las bolas, contra unas calles en las que eso no corría. Campo minado. Ni Tiger Woods, el gran favorito, pudo librarse de tener que arremangarse para trabajar e intentar salvar un resultado digno en un campo largo, duro y difícil.

Woods terminó la primera ronda en +4., su peor tarjeta desde el 77 del tercer día del año de su debut, 1995, cuando era un amateur de 19 años, y sólo consiguió un birdie en el hoyo 4 de la segunda ronda. A partir de ahí, como se esperaba, se calentó y, simultáneamente a los dos zurdos del circuito, el feliz Mickelson y el pulido canadiense Mike Weir, comenzó su carga. Para conseguir su objetivo de una tercera chaqueta consecutiva, lo que sería histórico, necesita batir otro récord: la peor primera tarjeta de un futuro ganador de Masters fue de 75 golpes (+3), la de Craig Stadler en 1982. Aunque a mitad de la segunda ronda ya iba en +2, la primera tarjeta de Woods fue de 76 golpes.

La marcha extraordinaria de Sergio García se quebró bruscamente en el hoyo 7, el 16º de su recorrido. Su golpe de tee fue a parar detrás de un árbol y, como hace cuatro años en el campo de Medinah, Illinois, cuando el PGA, cuando le llamaban El Niño y el hacía honor al apodo con alegría y despreocupación, intentó llegar al green desde ahí. Pero Sergio García ya no es el Niño. El golpe le salió incontrolable y acabó en el bunker de la espalda del green. A partir de ahí empezó a luchar con su swing y con el campo.

José María Olazábal, el hombre que duda, el pesimista de las incertidumbres, terminó la primera ronda, y una primera ronda tan pesada, con +1 y undécimo en el marcador. En la segunda marchaba al par. Olazábal estaba feliz porque antes de llegar a Augusta no le funcionaba ni el juego largo ni el intermedio ni el corto y ayer se encontró con un drive que en la vida, recto y largo, con unos hierros largos más cerca de lo que en él han sido y un juego corto aún imperfecto. No bajó del par porque el putt lo tiene perdido.

CLASIFICACIÓN

Primera ronda. 1. D. Clarke (Irl.), 66 golpes (-6). 2. S. García y R. Barnes (EE UU), 69 (-3). 4. N. Price (Zimb.) y Mike Weir (Can.), 70 (-2). 11. J. M. Olazábal, V. Singh (Fiyi), Phil Mickelson (EE UU), 73, (+1). 42. M. Ángel Jiménez, Tiger Woods (EE UU), 76 (+4). 53. Seve Ballesteros, Davis Love (EE UU), 77 (+5). 82. Alejandro Larrazábal, 82 (+10).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de abril de 2003