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LA SITUACIÓN EN EL PAÍS VASCO

Los 'cincuenta de Leitza'

El pasado jueves, este periódico mostraba en portada la dolorosa estampa del puñado de ciudadanos de la pequeña localidad navarra de Leitza unidos en manifestación de protesta por el asesinato del guardia civil Juan Carlos Beiro. El pie de foto era bien expresivo: 'La soledad de las víctimas'. Y dentro de la categoría de 'víctimas' no sólo entraba el guardia muerto en el atentado sino todos los que 'osaron' solidarizarse con él. Hacen falta grandes dosis de valor cívico para exponerse de esa manera en un territorio tan hostil y cerrado. Por contraste, esa visión remitía enseguida a la conocida frase medieval alemana de 'el aire de la ciudad hace libre'. Aplicada al contexto vasco, equivaldría a la posibilidad de escaparse del escrutinio de nuestros vecinos, a moverse y actuar sin temer la mirada inquisitorial de los defensores de la ortodoxia patriótica. Justo lo que es prácticamente imposible en el asfixiante ambiente local de mayoría batasuna, donde sus representantes ofician de sacerdotes de una única posición política verdadera. El resto, los 'heterodoxos', se ven impelidos a esconder su condición de ciudadano; o, lo que es lo mismo, a anularla.

Ese mismo día, Ibarretxe declaraba que 'nueve de cada diez vascos no aceptamos la violencia, la rechazamos rotundamente'. Palabras sin duda sinceras y reflejo de una realidad empíricamente verificable. De poco sirven, sin embargo, a quienes forman parte de esa mayoría que siente sobre sus espaldas la pesada estructura reticular del submundo del nacionalismo radical. La minoritaria presencia de este último grupo en términos absolutos es compensada con creces por su desfachatez a la hora de recurrir a la amenaza y la práctica de la violencia para quienes disienten. Es difícil transmitir en términos inteligibles la vivencia que para sus víctimas potenciales tiene esta inmensa capacidad amedrentadora. Calificarla de 'soledad' se queda corto. Solamente las generaciones que han experimentado en sus carnes el ascenso del fascismo pueden cobrar una clara conciencia de lo que esto significa.

En un provocador artículo publicado en medio de la resaca del ataque a las Torres Gemelas, el filósofo Jean Baudrillard sostenía que el terrorismo no ha de medirse por sus consecuencias políticas o históricas efectivas; en el fondo carece de sentido y de meta específica. En un mundo en el que todo ha de ser tamizado por la razón y el principio de eficiencia, lo que convierte al terrorismo en un verdadero 'acontecimiento' es su sinrazón, nuestra incapacidad para encontrarle un sentido. Y, en efecto, es lo que siempre sentimos cuando nos enfrentamos a una nueva muerte o a otro acto de barbarie. Pero cuando contemplamos sus efectos sociales colaterales, la sensación de absurdo deja paso a otra mucho menos perpleja. Después de la piedad y el horror viene la indignación. Indignación por tomar conciencia de que la violencia no tiene nada de 'irracional'; la violencia paga. Resulta ser un magnífico instrumento de poder y control social. Como bien sabía Goebbels, la función de la violencia política es simbolizar, hacer ver al enemigo político que nadie puede escaparse a la larga mano de quien está dispuesto a valerse de ella para satisfacer sus fines.

En un mundo tan intrincado y complejo como el de la sociedad vasca es difícil verificar quién y cómo se beneficia de la violencia. O si existe o no un síndrome de Estocolmo colectivo. Lo que no cabe dudar es que, sin extirpar ese cáncer, no habrá soluciones políticas en Euskadi. Sobre todo porque poco a poco está acabando por conseguir lo que en el fondo impedirá acceder a una verdadera solución: la creación de dos comunidades enfrentadas y cada vez más irreconciliables. Con el agravante de que, después de romper la paz y la fibra moral de toda una sociedad, el efecto fragmentador de la violencia política amenaza con extenderse al campo de quienes ejercemos de analistas. Que no nos impida introducir lecturas plurales de lo real; pero que tampoco se nos olvide que ella es el auténtico enemigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de septiembre de 2002