Bazar de imágenes
Cuando estuve con Óscar y Dani en Amsterdam en 1996, encontramos una tienda apartada y pequeña que nos llamó la atención porque tenía por escaparates un par de espejos curvos, de esos que deforman la imagen. Agachándonos, alejándonos, inclinándonos hacia un lado u otro, nos vimos como monstruos finísimos de cabeza hinchada o como enanos ovalados. Jugamos a acertar lo que vendían dentro: las aberraciones que nosotros mismos habíamos creado en el espejo; o tal vez un clon de cada persona cuyo aspecto cambiaría según la posición desde la cual se le mirase; creo que no fui yo quien sugirió que podría existir un punto desde el cual la imagen que te devuelven esos espejos es la reproducción perfecta de cómo tú deseas verte, y que eso y no otra cosa es lo que vendían allá dentro. Antes de marcharnos me coloqué enfrente de la tienda, mirando a uno de los espejos y tomé una instantánea del reflejo de aquel lugar. A mi esposa y a mí nos asombra aquella foto: al fondo, en la parte derecha, se puede ver, unos diez metros por detrás de mí, a mi mujer caminando del brazo de su madre. Aquel verano estaban haciendo juntas una gira por Europa. Esto sucedió tres años antes de que nos conociéramos.


























































