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Reportaje:

Japón sortea la recesión a su propio ritmo

Fernando Gualdoni

ENVIADO ESPECIALEn los distritos nocturnos de Ginza, Roppongi y Akasaka, cientos de chicas reparten panfletos de bares, restaurantes y clubes de strip tease. "Esto no se veía en Tokio antes de la recesión (...) Parece Occidente", comentó con aire de decepción un funcionario del Ministerio de Comercio e Industria (MITI). El MITI es el organismo oficial más importante de Japón. Ha sido el diseñador de la política industrial que convirtió al país en la segunda mayor economía del mundo después de la Segunda Guerra Mundial y el que ahora debe sacarlo de su peor crisis en 50 años.

Japón entró en recesión en el último trimestre de 1999 por segunda vez en dos años según el dato publicado el lunes pasado por el Gobierno. ¿Cuál es el plan? "A corto plazo", explica el portavoz del MITI Kazuyuki Motohashi, "intentaremos estimular la demanda y reducir la brecha entre producción y consumo para conseguir la reactivación del ciclo económico lo antes posible. A largo plazo, fortaleceremos la producción para volver a ser una potencia exportadora". "El Made in Japan, volverá", apostilla con indisimulable orgullo otro funcionario del MITI.

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La deuda por los cielos

El pilar del plan del Gobierno ha sido el de apuntalar la economía a través de grandes desembolsos de dinero público. Desde noviembre de 1998, se han lanzado 10 planes de reactivación por valor de unos 125 billones de yenes (205 billones de pesetas). Al mismo tiempo, el Banco de Japón ha mantenido los tipos de interés al 0,5% durante los últimos cuatro años. El undécimo y "último empuje", según explica Masamitsu Watanabe, vicepresidente del Instituto de Estudios y Capacitación Internacional (IIST), está incluido en el presupuesto de este año y su valor es de 85 billones de yenes. Este desembolso final, sumado a los otros y al gasto ordinario anual, elevará el déficit público a finales de 2000 por encima del PIB de 1998, que alcanzó los 496 billones de yenes.

Gracias a estas medidas, el PIB japonés creció entre enero y junio de 1999, dejando atrás cinco trimestres consecutivos de recesión. Pero en el penúltimo y último semestre del año pasado, el crecimiento se contrajo a niveles negativos otra vez. Algo falló. Shinji Fukukawa, director ejecutivo del Instituto Dentsu, considerado el más importante de los centros de estudios económicos y sociales de Japón, atribuye "no el fracaso sino el escaso éxito" a una mala aplicación de las políticas macroeconómicas, un débil espíritu empresarial, la demora en las reformas económicas y, todo ello, envuelto en el mayor pesimismo.

La reforma de la política macroecómica e industrial es una cuestión necesaria (todos en Japón están de acuerdo en ello) pero muy complicada. El anterior primer ministro Ryutaro Hashimoto fracasó en sus intentos de lanzar los planes de reactivación económica y de reforma de la estructura empresarial. "Hashimoto se enfrentó a los líderes históricos del Partido Demócrata Liberal y quiso imponer su propio estilo. Pero la confrontación, así como el individualismo, no están bien vistos en Japón", explica Michio Katsumata, adjunto a la dirección del diario Nikkei. Fue necesario la llegada del actual ministro, Keizo Obuchi, para que las cosas comenzaran a cambiar.

Obuchi practica un estilo de gobierno denominado omikoshi (persona noble fácil de acarrear). Bajo este estilo, es su "intérprete", Ichiro Ozawa, el que en realidad manda, en consulta permanente con los hombres fuertes del PDL, los ex primer ministros Takeo Fukuda y Yasuhiro Nakasone. La función de Obuchi es la mantener la armonía (wa) a través del consenso. Cada mañana, Obuchi hace por lo menos diez llamadas telefónicas para agradecer a los miembros de su partido, de la oposición, a burócratas e industriales, su participación en las decisiones del Gobierno. El método ha logrado algunas reformas pero, como es fácil de vislumbrar, a paso de tortuga. Lo cierto es que el estilo de Obuchi gusta en Japón y es por ello que las encuestas hechas hasta el momento lo dan como vencedor en las próximas elecciones generales, previstas para octubre próximo.

Los cambios más notorios en la economía japonesa se han producido en la banca. Seis bancos que en 1998 estaban al borde de la bancarrota se han transformado en dos grandes entidades financieras, la primera (Banco Indutrial de Japón, Fuji y Dai-Ichi Kangyo) y tercera (Asahi, Tokai y Sanwa) del mundo por activos. Otros cuatro, han convergido en el cuarto (Sumitomo-Sakura) y octavo (Tokio-Mitsubishi) mayor banco del mundo.

La gran industria japonesa ha cambiado menos. La mayoría de los grandes grupos (Mitsubishi, Nissan, Sony, Toshiba, NEC) han puesto en marcha planes de reestructuración para sanear sus cuentas. Programas que han costado decenas de miles de puestos de trabajo, elevando la tasa de paro al récord del 4,7% en 1999. Según el informe Nichigan Tankan (perspectivas económicas a corto plazo), estos planes de reestructuración se reflejaron en un aumento de los beneficios de la industria japonesa del 12% al término del primer semestre del año fiscal de 1999 (el ultimo año fiscal va del 1 de abril de 1999 al 31 de marzo de 2000) y resultarán en un aumento del 20% al final de los últimos seis meses del mismo periodo fiscal.

Los grandes grupos japoneses aún están al margen del proceso de las alianzas internacionales que se está produciendo en Occidente, a pesar de que se han puesto en marcha acuerdos puntuales de colaboración con empresas extranjeras en el sector automovilístico y en alguna que otra compañía del sector electrónico. En 1999, sólo se han producido 100 casos de entrada de capital extranjero en firmas locales, en su mayoría, medianas.

Cambios en la superficie

Lo que temen muchos analistas extranjeros con base en Japón es que las reformas no han llegado aún al modo de hacer negocios de las cúpulas directivas de esos grandes conglomerados industriales y que si la economía japonesa se recupera a corto plazo, los cambios se aparquen. Esta posibilidad supone que en Japón podría estar inflándose una nueva burbuja financiera que, al estallar, arrastre a Japón y al resto del mundo con éste. Un ejemplo de la estrecha y malsana relación entre Estado y empresa en Japón es la existencia de los shukko, individuos asalariados de las grandes empresas y enviados por éstas a trabajar a los órganos oficiales. El Estado se beneficia del trabajo de esta gente (brillantes economistas o administradores) pero al mismo tiempo ellos presionan directamente sobre decisiones cruciales del Gobierno en beneficio de los grupos que representan. Los sukkho trabajan en la administración durante un periodo medio de tres años y luego vuelven al sector privado.

En Japón también es usual que un burócrata de alto rango tenga un silla en el consejo directivo de algún gran grupo industrial al jubilarse de la función pública.

"En Japón se piensa que nada puede ser resuelto rápidamente, que el tiempo lo hará", explica Katsumata. Mientras tanto, el pesimismo sobre el futuro de la economía socava el ánimo de los japoneses. El miedo a quedar en el paro está haciendo mella. Este temor es en gran medida el responsable de que el consumo privado, que representa el 60% del PIB japonés, permanezca estancado y frene el crecimiento económico. La incertidumbre incluso provoca trastornos síquicos en la población. Un reciente estudio de la Universidad de Tokio concluye que 106 de cada 190 encuestados (parados o que prevén que lo estarán) se consideran inútiles para la sociedad.

El Gobierno se mantiene optimista aferrado a señales positivas como es el crecimiento de la inversión de las empresas, de la producción industrial y del dinero invertido en Bolsa por los ahorradores. Los pesimistas no desacreditan estos signos, pero insisten en que si no se devuelve a los japoneses la confianza en su economía y su futuro, el país no saldrá del atolladero.

La vejez de la sociedad

El drenaje de dinero público hacia la economía representa un gran problema fiscal para Japón, pero, a más largo plazo, otra sombra, aún más oscura, se cierne sobre el futuro: El envejecimiento de la población.

El Instituto Dentsu ha proyectado que si la tasa de natalidad (número de niños nacidos por cada mujer) se mantiene en su actual nivel de 1,38, la población japonesa comenzará a disminuir a partir de 2008, pasando de los actuales 130 millones a 100 en 2050 y a 67 en 2100. Al mismo tiempo, el envejecimiento de la sociedad aumentará. Hoy, el 16% de la población tiene más de 65 años y para el 2025, uno de cada cuatro japoneses superará esa edad.

Si estas previsiones se concretan, la tasa de ahorro disminuirá fuertemente a la par que los costes del sistema de Seguridad Social aumentarán. Subirán los tipos de interés y la inversión se estancará, causando un parón en el crecimiento económico.

El primer paso que el Gobierno japonés ha dado para abordar esta cuestión es la introducción de un sistema de pensiones que permite a los trabajadores administrar sus fondos para obtener el mayor beneficio posible a la hora del retiro. Es la versión japonesa del modelo del planes de pensiones estadounidense.

En muchos aspectos, los reformadores en Japón miran y copian a EEUU. No obstante, aún cuando tomen medidas fiscales para aliviar la situación del envejimiento de la sociedad, no planean flexibilizar su política de inmigración para que trabajadores extranjeros incrementen los ingresos de la Seguridad Social.

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Sobre la firma

Fernando Gualdoni
Redactor jefe de Suplementos Especiales, ha desarrollado la mayor parte de su carrera en EL PAÍS como redactor de Economía, jefe de sección de Internacional y redactor jefe de Negocios. Es abogado por la Universidad de Buenos Aires, analista de Inteligencia por la UC3M/URJ y cursó el Máster de EL PAÍS y el programa de desarrollo directivo de IESE.
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