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TOUR 98

Pantani juega con las medias verdades

Un ataque del italiano desnudó ciertas debilidades de Ullrich, que estuvo a punto de perder los papeles

Plateau de Beille

Pantani es el sur. Es la utopía. Es el guerrillero, el hombre solitario, a quien todos esperan en su terreno. No puede actuar por sorpresa, no puede servirse de un equipo, no puede vivir acompañado. Pero Pantani no es un enemigo superficial; cierto es que su físico y su estilo le condicionan, pero ha demostrado astucia suficiente para ser tenido en cuenta. No estamos sólo ante un gran escalador que se mueve por instinto. Ayer supo dónde hacerle daño a Ullrich hasta obligarle a sentir la soledad en la que vive el líder, rodeado de hombres que esperan una señal de debilidad para rematarle. Pantani cumplió su palabra y ganó la etapa, su quinta victoria en un Tour. Ya está en posición de podio. La distancia que le separa de Ullrich es enorme todavía (3.01 minutos). No puede jugar con los números, pero sí puede jugar con las sensaciones. Y Ullrich es todavía un hombre joven, susceptible de perder los nervios en un momento de dificultad, quizá no preparado del todo para gobernar la hipótesis de una amaneza en toda regla de Pantani.La segunda etapa montañosa se redujo a 15 kilómetros de ascensión al Plateau de Beille, una cumbre nueva para la bibliografía pirenaica. El pelotón llegó casi al completo a la base de la montaña, cuando Ullrich sufrió un pinchazo que dejó al grupo sin jerarquia. La ausencia temporal del líder no provocó más movimiento que un ataque del español Beltrán en busca del suizo Meier, por entonces escapado con algo más de tres minutos de ventaja. La pasividad general dejó a las claras que casi nadie se había planteado una ofensiva al liderato. Ullrich se vio obligado a remontar posiciones hasta enlazar con el grupo. Pantani se mantuvo al margen simulando un comportamiento exquisito hacia el líder. Pero se trataba de una astucia más del Pirata.

Pantani arrancó cuando Ullrich había llegado a su espalda. Era consciente de que el alemán acababa de hacer un gran esfuerzo y necesitaba algo de descanso. El ataque evidenció que Ullrich no es todavía un hombre frío y calculador. Calcula bien cuando las fuerzas, que en su caso son muchas, le acompañan. Ullrich quiso reaccionar (primer error) para luego hacer gestos ostensibles de que estaba perdido. Ullrich miraba hacia atrás. Probablemente buscaba a Riis, el último compañero que le quedaba dado que había agotado a todo el equipo en la recuperación de posiciones tras el pinchazo. Buscaba ayuda, no sabía estar solo. Un líder nunca mira hacia atrás, salvo para contar las bajas que ha producido. Ese detalle no ha pasado desapercibido para nadie.

Ullrich tuvo la fortuna de encontrar el apoyo del italiano Piepoli para estabilizar un ritmo sostenido. De lo contrario, su derrota habría sido sonada. Aun así, fue perdiendo tiempo progresivamente en los cinco últimos kilómetros, hasta quedar descolgado de su propio grupo en la recta final. El Tour acababa de encontrar un rival para el líder y lo ha celebrado con entusiasmo.

Ullrich vivirá una situación incómoda. Es joven y no entiende de matices. Porque Pantani ha decidido, a partir de hoy, jugar con las medias verdades. Dice que no ha venido por el Tour, dice que su cabeza no está concentrada en esta carrera tras haber ganado el Giro, dice que su próximo objetivo es ganar una etapa en los Alpes. No habla de Ullrich. Todo lo contrario de lo que hacía Chiapucci con Induráin. Por eso, Pantani puede ser mucho más peligroso. Cuando vuelva a atacar, a Ullrich le entrarán algunas dudas. ¿Buscará la etapa o buscará el maillot? ¿Será una trampa o será una acción convencional? Lo malo será que vuelva a mirar hacia atrás. Entonces, puede estar perdido.

Antes, por cierto, se había notificado el abandono del español Abraham Olano, un hombre que no acaba de consolidar su relación con el Tour. Olano no encontró más fuerzas para soportar el dolor que le producía la cadera, tras la caída del martes. Olano conoce más desgracias que alegrías en esta carrera y ese cúmulo de desencuentros acaban hipotecando la trayectoria de algunos buenos ciclistas. Se dice que el Tour no les quiere, por lo que terminan siendo ciclistas marcados por su destino. Olano quiso engancharse al fenómeno que habían protagonizado durante una década Delgado e Induráin y trabajó por ser el tercero en la línea de sucesión. Pero las malas experiencias se han ido acumulando año tras año y ahora es un hombre con miedo al Tour. Y eso es definitivo. Olano sufre el mismo mal que Jalabert, que no acierta con el registro. No son casos únicos. La nómina de rechazados es muy amplia.

Descartado Olano, el ciclismo español debe prepararse psicológicamente para vivir una oscura transición. No hay en el horizonte ningún corredor capaz de tomar el testigo, no hay posibilidades reales de recobrar la ilusión por el maillot amarillo. Escartín es un respetable luchador, pero sólo puede aspirar a ser testigo de algunos de los mejores momentos de las etapas montañosas. Y ser testigo no es ser protagonista. Jiménez (vaya pajarón el suyo ayer) y Blanco (carrera anónima la suya, en tierra de nadie casi siempre) están demasiado verdes y deberían ser más humildes de ahora en adelante.

Fuera de esto no hay gran cosa. Si acaso, más apariencia que chicha. Banesto, ONCE y Vitalicio parecen grandes equipos, son denominaciones respetables, pero le quitas el envoltorio y te das cuenta de que el producto no es de primera calidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de julio de 1998