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En la confortable ética

Detrás de los principios del mercado eficiente se esconden los manifiestos más liberales -verdades de perogrullo-, según los cuales si alguien vende cuando bajan los precios y compra cuando suben, acabará perdiendo su patrimonio y afrontará la irremediable bancarrota. En un momento como el actual, cuando el mercado despierta con lentitud e indefinición, nos acercamos a una bifurcación comprometida. Si se rompe el soporte, se cumplirán los pronósticos alcistas de los charts para el segundo trimestre; si hay recaída, puede ser mucho más dura.Hace unos 200 años, el matemático Issac Newton vendió sus acciones de la South Sea con 7.000 libras esterlinas de provecho; no se resistió a una nueva fase del frenesí especulador: compró más acciones y acabó perdiendo 20.000. Claro que eran otros tiempos, pero no debe olvidarse que la complejidad de los modernos mecanismos bursátiles no ha conseguido devolver la liquidez a los perdedores. Cuando un título se derrumba, ni la complicada informática de la aldea global le devuelve a uno el dinero. En estos casos la confortable ética protestante resulta menos balsámica, si cabe, que el ascetismo secular.

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