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Trece países estudian el futuro de la Antártida

Los trece países que hasta ahora han firmado el Tratado de la Antártida continuarán reunidos toda esta semana en Londres. Ya llevan siete días de discusiones. Con ese tratado, firmado en 1959 por doce, países a los que el año pasado se adhirió Polonia, se pretendía conocer científicamente y proteger de la codicia humana ese continente helado. Ahora la codicia humana empieza a hacer su aparición. La forma más inocente que adopta es la del turismo, aunque ésta es también peligrosa para el ecosistema antártico.Debajo de los kilómetros de hielo que a veces cubren las tierras de la Antártida hay recursos alimenticios y minerales que un mundo hambriento no puede seguir almacenando en ese frigorífico que tiene cinco millones de metros cuadrados. Parece, además, que las costas antárticas presentan indicios petrolíferos que sugieren la prospección industrial a gran escala. El mar mantiene especies ricas y útiles -como las ballenas- para la fábricación de subproductos de consumo humano. Las focas y los pingüinos completan un paisaje que hace dos siglos le parecía inaccesible e inútil al capitán Cook y que ahora corre el riesgo de una explotación excesiva e irracional.

La idea del Tratado de la Antártida surgió para desmentir a Cook, como si dijéramos. Tomó cuerpo durante el año geológico internacional de 1957-58. Estados Unidos propuso luego que la cooperación científica habida entonces debía continuar de alguna forma. El tratado fue la consecuencia. Según él, los países signatarios -a los que se pueden sumar los que quieran seguir sus códigos y presenten un programa de investigación- se comprometían a continuar el estudio científico de la Antártida, en un plano de cooperación completa. No ha sido difícil, a pesar de que los firmantes incluyen regímenes tan dispares como el soviético, el surafricano, el polaco y el neozelandés. Francia, Japón, Noruega, Bélgica, Chile, Argentina, Australia, Estados Unidos y el Reino Unido.

La tarea más complicada era la de «congelar» las reclamaciones territoriales que la mayor parte de los signatarios -Estados Unidos y la Unión Soviética son excepciones extraordinarias- mantienen sobre la Antártida. El flujo de reclamaciones volverá en 1991, cuando está prevista la revisión de este compromiso. Para esa fecha, la capacidad de comercialización por el control de zonas determinadas de este continente helado podría superar los objetivos científicos que todavía prevalecen.

La basura, congelada

La agenda de «los trece» incluye sobre todo revisiones de los sistemas de defensa del medio ambiente de la Antártida. Como decía George Hall, el presidente del comité consultivo de este grupo, la basura no se deteriora ni desaparece en un territorio helado, y los turistas podrían dejar la Antártida llena de desperdicios irreductibles.«Los trece» se han empezado a preocupar por el porvenir de los pingüinos, las focas, la flora y los pájaros de la Antártida. Si ese ecosistema no se respeta ahora, los que mantienen reivindicaciones territoriales se hallarían en 1991 con otro contiente en su camino hacia la devastación y el consumo masivo de recursos que no van a durar toda la vida.

El problema principal es que el Tratado de la Antártida no habla para nada de una explotación comercial, y ahora va a tener que considerarse ese aspecto. Los recursos minerales y alimenticios son ya utilizables. El gas y el petróleo pueden aparecer de un momento a otro. ¿Quién los va a controlar? Hay diferentes puntos de vista. El petróleo y los otros recursos de categoría parecida deben mantener se «congelados» indefinidamente. Esa es la posición soviética. Se dice que los rusos han propuesto una moratoria para esos recursos por que ellos han investigado en el lado menos productivo del continente y porque, por otra parte, para ellos sería muy complicado inventar la tecnología necesaria para hacer las prospecciones del calado que serían precisas para hacer productiva la explotación petrolífera de las costas antárticas. Japón comparte la convicción soviética.

Otros países, entre los que están Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, hablan de la posibilidad de crear una entidad común que explote y reparta la riqueza de la Antártida entre los signatarios. La idea más generosa es la que proviene de algunos organismos de la ONU, que verían en «la herencia común» de la Antártida un remedio para el sufrimiento de los países subdesarrollados a los que les falta la energía y la comida que podría estar almacenada en los cinco millones de metros cuadrados de cuya explotación se habla.

Argentina, Chile y Australia, que reclaman partes antárticas que en ocasiones tendrían que dividirse salomónicamente porque algunos de esos países reclaman los mismos trozos, creen que las demarcaciones territoriales debían decidirse antes de permitir la extracción y la comercialización de los recursos.

La codicia podría resultar equilibrada por la continuidad de los programas de investigación. Si éstos dejan de existir para dar paso a la comercialización de los recursos -los geólogos han hallado indicios de uranio y hierro- el desastre ecológico sería incalculable para una región que a lo largo de quince millones de años ha controlado la vida climatológica de este planeta. Como Ted Rowlands, el ministro británico para Asuntos del Tercer Mundo, dijo en la apertura de la conferencia que ahora se celebra en Londres, «la Antártida es un lugar cuyo abuso o cuyo descuido el mundo no se puede permitir».

La solución de la Antártida podría ser Internacional y no sujeta a decisiones locales, como piden algunos de los signatarios que mantienen reivindicaciones territoriales. Dentro del marco del tratado de 1959 podrían crearse regímenes especiales mediante los cuales podrían controlarse los recursos de modo que sirvan para todos y no se hallen en las manos de ningún poder en particular. Estados Unidos y la Unión Soviética favorecen esa posición.

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