Titmus vuela y Ledecky se hunde, emerge y llora

La australiana gana el oro en 200 libre con el último parcial más rápido de siempre en unos Juegos. Ledecky es quinta y luego vence en el primer 1.500 femenino

Katie Ledecky se emociona tras la conquista del 1500 en Tokio.
Katie Ledecky se emociona tras la conquista del 1500 en Tokio.JONATHAN NACKSTRAND (AFP)

Epítome del entrenador protagonista, el llamativo Dean Boxall dijo que cuando el lunes su pupila Ariarne Titmus le ganó el oro a Katie Ledecky en 400 libre, se produjo una “pelea de perros”.

No hubo pelea de perros este miércoles. Ariarne Titmus conquistó los 200 libre siguiendo un plan muy pautado de aceleración progresiva en cada largo. Por el camino se quedó Ledecky. La campeona olímpica en Río en 2016 pasó séptima por el primer 50 y ya no salió del remolino. Es probable que no superase el golpe emocional que le implicó perder el oro en 400, una distancia mucho más adecuada a sus condiciones de fondista. A sus 24 años, la edad en que muchas nadadoras alcanzan la plenitud, la estadounidense viene de extender un reinado autoritario de casi una década. Desde los Juegos de Londres, cuando arrasó en 800, pasando por Río, cuando monopolizó los concursos de nado libre en 200, 400 y 800, su dominio la convertía en una de las nadadoras más imponentes que habían existido.

Ledecky ganó la final de 200 en Río en 1m 53,73s. Entonces Titmus era una quinceañera que asombraba a los australianos cubriendo la distancia en 2m 1,60s. La bomba se cebaba lentamente en Queensland. Estalló en Tokio. Su tiempo, 1m 53,50s, el tercero más rápido de la historia, fue la consecución de unos últimos 50 metros de carrera que entran en el ámbito de lo inexplorado. Una exhibición con un solo precedente: los trials de Australia.

Existe una referencia inigualable: los últimos 50 de Sarah Sjostrom en la final de Río. La sueca, una de las nadadoras más explosivas que han pasado por una piscina, especialista en 100, se metió en el caldero de Barra de Tijuca a medirse con Ledecky en el 200 de los Juegos de 2016 y mantuvo con la americana un duelo épico en el último largo. Mientras Ledecky, fondista por naturaleza, salvó la distancia en unos increíbles 29,18s, a Sjostrom no le bastó con hacer 29,13s, el parcial más rápido de todos los tiempos en un final de 200. Hasta ahora. En Tokio, Titmus, catalogada como nadadora de fondo, nadó el último largo en 28,80s. Nadie, aparte de la propia Titmus en los trials (28,45s) hizo jamás una vuelta tan rápida.

Fue ese esfuerzo supremo lo que le permitió lograr el tercer oro de la historia de Australia en una prueba que ya conquistaron Shane Gould en 1972 y Susan O’Neill en 2000.

De otro modo, Titmus no habría podido recuperar el terreno perdido ante la honkonguense Bernadette Haughey y la canadiense Penny Oleksiak, ambas protagonistas de una actuación memorable. La australiana pasó en quinto lugar por el primer viraje, con Oleksiak al frente del pelotón. Fue cuarta en el 100 y entró tercera en el último volteo, el que señala los 150 metros. Si Haughey hubiera esperado un poco más para acelerar, quizás habría tenido una reserva extra en la recta decisiva. Pero este prodigio de fuerza, primera medallista de Hong Kong en natación, solo pudo hacerse con la plata después de gobernar el concurso durante 100 metros. Haughey hizo 1m 53,92s, sexta mejor marca de siempre. Titmus paró la cuenta en 1m 53,50s, tercera mejor marca de todos los tiempos. Por detrás de ella misma y por detrás de Federica Pellegrini, la reina de la distancia, que estableció el récord mundial vigente (1m 52,98) en los escandalosos mundiales de Roma de 2009 ayudada por un brillante mono de poliuretano.

Adiós de Pellegrini

La gran Pellegrini cerró su fastuosa carrera olímpica con un séptimo puesto en la final de Tokio y se mostró contenta de haberse bañado en aguas tan turbulentas. Mucho más feliz en su despedida que Ledecky en su tránsito de pasión. Resguardada detrás de sus gafas negras, la reina que abdicaba salió de la piscina pálida, rígida como un mármol, como quien alcanza la orilla de un río caudaloso que por poco se la traga. Su quinto puesto en 1m 55,21s le pesó como un dintel sobre los hombros según se encaminaba a la piscina de calentamiento a liberar toxinas y regenerar el cuerpo y la mente en la hora escasa que le quedaba hasta la final del 1.500.

La primera edición femenina de la carrera más larga de la piscina en unos Juegos sirvió a Katie Ledecky para conservar su corona del gran fondo, piedra fundamental de su trayectoria. Tocó la última pared en 15m 37,34s. Lejos del récord absoluto que ella grabó en 15m 20,48s, una lejana tarde de 2018 en Indianápolis, pero mucho más emocionante. Porque lo que siguió al desenlace deportivo de la prueba fue el desenlace emocional de tantos días de sufrimiento. Titmus, Titmus, Titmus, el nombre debía resonar en su mente como la onomatopeya de la estocada en el hígado cuando la gran dama de la natación, hasta ahora imperturbable, perdió su máscara de acero inoxidable, se aferró a la corchera y sin fuerzas ni para quitarse el gorro comenzó a sollozar.

“He pensado en todas grades nadadoras que pudiendo haber nadado esta prueba en unos Juegos no lo hicieron porque se lo impedía el reglamento”, dijo, a modo de explicación políticamente grandiosa, cuando en la NBC le preguntaron que por qué lloró, ella, que nunca expresaba sus emociones.

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