Juegos Olímpicos

Talant Dujshebaev: “Ser un depredador es lo fantástico del deporte”

Se cumplen 25 años de la primera medalla del balonmano masculino español. El nombrado segundo mejor jugador del siglo XX, que acababa de llegar a la selección, recuerda ese momento y explica su visión del deporte

Talant Dujshebaev, hace un mes en Madrid.
Talant Dujshebaev, hace un mes en Madrid.Luis Sevillano

Se cumple un cuarto de siglo de la primera medalla del balonmano masculino español. En realidad, fueron dos casi a la vez: la plata europea y el bronce olímpico de 1996. A ese equipo que abrió el camino al éxito se había incorporado un año antes Talant Dujshebaev (Frunze, Kirguistán; 53 años), nombrado el segundo mejor jugador del siglo XX. Seguramente, el salto que le faltaba a ese vestuario para tocar metal. Educado en la rigidez soviética, donde ya había sido campeón del mundo y olímpico, en España encontró otra forma de entender el deporte. Con el equipo nacional disputó 158 partidos, metió 569 goles y se colgó cinco medallas, entre ellas dos en los Juegos. Hoy entrena al Kielce, donde juegan sus hijos Dani y Álex. El segundo está en la selección olímpica; el primero es baja por lesión.

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Pregunta. ¿Cómo recuerda su llegada a la selección en 1995?

Respuesta. La primera impresión fue de alegría, pero luego vino la decepción del Mundial 95, que acabamos undécimos. Después de haber levantado como capitán de Rusia la Copa del Mundo del 93, fue muy difícil de asimilar. Aunque ahí tuve la gran suerte de aprender algo diferente, la parte humana. En Rusia nos educaban solo para ganar, ganar y ganar. El segundo puesto no existía. Todo era trabajo, pelea. En España había alegría. Se luchaba, pero de una manera diferente.

P. Y al año siguiente, además, consiguieron las primeras medallas del balonmano español.

R. Cuando perdimos la semifinal olímpica contra Suecia, para mí habían terminado los Juegos, no quería ni vivir. Me habían educado solo para jugar las finales y ganarlas. Y se me acercó Jaume Fort y me dijo: ‘Oye, Talant, por favor, levántate, te necesitamos. Tú tienes tu oro [en 1992], pero nosotros no tenemos nada. Para muchos de tus compañeros un bronce es algo increíble’. Ese lado humano me fascinó.

P. ¿Por qué se había nacionalizado español?

R. Con la desaparición de la URSS, en 1991, se nos abrió la posibilidad de irnos al extranjero y casi toda nuestra generación se marchó. Habíamos tenido épocas difíciles. Yo llegué a Santander y nos recibieron con cariño. Era todo tan maravilloso que, cuando volvíamos de vacaciones a Rusia, suponía un desafío, un peligro. No voy a contar muchas cosas porque luego se malinterpretan, pero, por el bien de la familia, decidí que España era donde quería vivir y que nacieran mis hijos.

P. ¿Y cómo le habían recibido en el vestuario de la selección?

R. Quieras o no, yo era un extranjero que me nacionalizo español y ocupo la plaza de un jugador nativo. También estaba la rivalidad Teka Santander-Barcelona… Me costó un poco entrar en el vestuario. No fui recibido con los brazos abiertos, eso es cierto. Pero con el tiempo, el profesionalismo y el compañerismo, lo arreglamos y no hubo problemas. Antes de los Juegos conseguimos la plata en el Europeo y eso hizo la convivencia más llevadera. Mientras jugué, siempre tuvimos buena relación.

“En la selección no fui recibido con los brazos abiertos, pero es normal”

P. Así que le costó al principio.

R. Sí, y es normal. No es algo que destaque para mal. Ocupé el lugar de alguien y no siempre está bien visto.

P. ¿En qué momento siente que empieza a encajar?

R. Después del Mundial del 95. Ahí hicimos una unión más fuerte. Me sorprendió mucho que no nos peleáramos. Lo pasamos muy mal, pero todos juntos. Esta unión me marcó.

P. ¿Qué le faltaba a aquel equipo en el que entró para conseguir las medallas que luego vinieron?

R. Siempre creo en los pequeños detalles. No quiero ofender a nadie, pero en el Europeo 96 solo había un pasaporte para los Juegos y en semifinales nos cruzamos con Yugoslavia. El ganador se llevaba la plaza olímpica. Y vencimos. Ahí hubo una pequeña relajación antes de tiempo y en la final del domingo, que estábamos destrozados, perdimos [22-23 contra Rusia]. Yo achaco a ese pequeño conformismo que nuestra generación no ganara un oro.

P. Les faltó el instinto asesino que había vivido en la URSS.

R. Eso es. Después de ganar a Yugoslavia, todo el mundo empezó a abrazarse, vinieron los familiares. Yo hubiera encerrado al equipo. Una vez que rompes el muro del quinto puesto, llegas a semifinales y ganas, sigue a por más. Eso nos privó a la mejor generación, con permiso a los que luego llegaron, del oro. Fue nuestra tarea pendiente, aunque abrimos el camino a los éxitos siguientes. Difícilmente en España volveremos a ver un grupo de jugadores así.

P. El seleccionador era Juan de Dios Román. Él decía que se entendía bien con usted porque le discutía las decisiones.

R. Fue como un padre deportivo para mí. Eso sí, había conflictos porque, si dos personas tienen caracteres difíciles, hay choques. Siempre fueron para bien. No era una lucha de egos, sino un trabajo conjunto. A veces, él también los podía provocar porque era muy inteligente.

“En el vestuario quiero cabrones. Pelear con ellos te hace fuerte”

P. Usted sigue manteniendo ese carácter volcánico.

R. Sí, sí. En la vida me ha quitado muchas cosas, pero me ha dado más alegrías. Con los años intentas cambiar, pero el gen sigue dentro y, de vez en cuando, explota.

P. ¿Y de dónde le viene?

R. De mi madre. Era una persona muy fuerte, una leona.

P. ¿A usted también le gusta que sus jugadores le discutan?

R. Lo echo de menos. Pelear en el vestuario con estos hijos de puta de carácter, y perdona la palabra, te hace fuerte como entrenador. No me gusta que vengan como corderitos. Me gustan los guerreros. En mi equipo estoy intentando fichar a jugadores con raza porque, a los que no entrenan a tope, estos les atacan. Como los pitbull. Todos son grandes, altos, guapos, impresionantes, pero luego no tienen esas agallas de líderes. En mi equipo [el Kielce] tengo un par de polacos muy buenos, pero muy nobles. Les estoy picando para que sean más cabrones. Nuestro desafío es ganar. No me importa jugar bien. Y, si puedes aplastar, mejor. Y no es una falta de respeto al rival, todo lo contrario.

P. Usted es un pitbull.

R. Supongo que sí. Al menos, quiero serlo. Si coges una presa, no puedes soltarla hasta que no la mates deportivamente. Ser un depredador es lo fantástico del deporte. Mira Nadal, Djokovic, Ronaldo, Luis Suárez… Son un ejemplo para los jóvenes.

P. ¿Cómo se gestiona un vestuario con dos hijos jugadores?

R. Mi vestuario es mi familia. Nunca he pensado si son mis hijos. Claro que lo son, pero si no fuera por su calidad no estarían. Trato a todos igual. A veces, incluso, he sido un poco injusto con Álex y Dani, les he echado la bronca de más por ser mis hijos.

“Nunca ha sido un problema entrenar en mi equipo a mis dos hijos”

P. ¿Siempre ha sido capaz de separar ambos ámbitos?

R. Seguro. Nunca ha sido un problema. Fuera de la pista, prácticamente no hablamos de balonmano. Si no, nos volveríamos locos.

P. ¿Cuál de los dos se parece más a usted?

R. Álex. Es más pequeño y tuvo que luchar mucho. De pequeño querían que jugara de extremo. Pero yo le veía más de central o lateral porque tenía visión de juego.

P. ¿Ellos tienen que ser los líderes de la selección tras la retirada de muchos veteranos al acabar los Juegos?

R. Sin duda. Llevan tanto tiempo que, si las lesiones les respetan, deben tirar del equipo.

P. ¿Usted se ve algún día de seleccionador?

R. Me gusta más el día a día. Ya calmé el apetito con Hungría y Polonia. Y he puesto el límite a mi trabajo: los 65 años. Solo me quedan, como mucho, 12 temporadas.

P. Qué planificador…

R. Hace mucho hablé con un empresario muy fuerte y me contó que, a partir de los 65, empezamos a ir para atrás. Y en 2014 decidí que le haría caso. Es una persona muy inteligente.

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