PISTA LIBRE
Opinión
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Koeman acaba con un Barça zombi

El técnico holandés asumió el reto de revitalizar al equipo y lo ha conseguido apostando por jóvenes como Pedri o Araujo

Koeman observa a Messi durante un entrenamiento del Barcelona.
Koeman observa a Messi durante un entrenamiento del Barcelona.Jose Manuel Vidal. (EFE)

No hay duda del gancho que el Barça tiene en el fútbol y de las posibilidades que ofrece a cualquier entrenador. Su versión del pasado verano ofrecía los peores pronósticos para el técnico que se atreviera a dirigir el equipo. Más que un desafío, era una bomba de racimo. A la masacre contra el Bayern se añadieron el burofax de Messi y la insostenible posición de la directiva de Bartomeu. Una deuda monstruosa coronaba el paisaje. Había que ser un optimista recalcitrante o un intrépido desatado para caminar por ese campo de minas. El atrevido fue Ronald Koeman.

Con 58 años, Koeman se acerca al final de su carrera como entrenador. Le ha ido bien y mal, como a casi todos, pero nunca se estableció como un técnico de referencia. En España ganó la Copa con el Valencia y nadie se lo reconoció. No le favorecieron sus cuitas con los capitanes, Cañizares, Albelda y Angulo, apartados del equipo, ni el conflictivo clima que se generó en un club propenso a la llamarada. Quedó para siempre la idea de su perfil: tajante, poco diplomático, perfecto para tomar decisiones duras en los momentos que requieren cirugía.

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Su trayecto inglés —Southampton y Everton— no agregó nada nuevo a su trayectoria, excepto un interesante ojo para detectar jóvenes talentos. Al frente de la selección holandesa disponía de una estupenda generación de jóvenes en un país que inevitablemente despierta grandes expectativas en el fútbol. Parecía el destino ideal para un hombre que había guerreado en mil batallas, afectado, además, por una dolencia cardiaca que exigió una operación de riesgo.

A pesar de la magnitud del desafío que representaba dirigir a un Barça en ruinas, Koeman abandonó la selección holandesa y regresó al club azulgrana. En cierto modo, tenía sentido. Si algún entrenador cuadraba en ese momento crítico, era él. Amparado por su condición de mito, culé hasta el tuétano, inclinado a tomar decisiones arriesgadas y con una carrera más que hecha, Koeman se bajó en su última gran estación sentimental: Barcelona.

Media temporada después, Koeman ha mejorado al Barça y ha abierto perspectivas insospechadas en un equipo que solo prometía decepciones. A estas alturas, el equipo ofrece matices mucho más saludables que los del club. Es un Barça imperfecto, vulnerable y desigual, pero transmite una alegría insospechada, el aire fresco de las habitaciones por fin ventiladas. Le ayuda que los aficionados y el periodismo hayan rebajado sus expectativas y no se le exijan títulos.

Una afición deprimida empieza a disfrutar de las pequeñas alegrías que produce este Barça, animadas por Koeman en gran parte. Ha rescatado a la cantera de su incomprensible y larga postración. Ha lidiado con tacto, pero sin debilidad, con el caso Messi. Se ha manejado con inteligencia y pulcritud en el proceso electoral del club. No ha tirado de excusas para justificar los malos resultados y los malos partidos.

Koeman ha elevado el rendimiento de De Jong y le ha encontrado a Griezmann la situación flotante que tanto necesita el jugador francés en el campo. Ha hecho justicia con los que han respondido bien —Araújo y Mingueza son el ejemplo— y ha confiado ciegamente en Pedri, un juvenil al que nadie veía como titular en el Barça antes de comenzar la temporada. Ahora es más que un proyecto de gran jugador. Es la principal bandera del factor Koeman.

Suceda lo que suceda esta temporada, que esta noche alcanza un momento crítico en el Camp Nou contra el PSG, Koeman ha revitalizado a un Barça que caminaba como un zombi. Ha superado un reto que se antojaba imposible. Cuando menos, este Barça emite señales saludables para el futuro.

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