GOLF

Golpea otra vez, John Daly

El golfista estadounidense, ganador de dos grandes, anuncia a los 54 años que tiene cáncer, última batalla de una vida marcada por el alcoholismo y la ludopatía

John Daly, este viernes en el torneo Sanford Invitational.
John Daly, este viernes en el torneo Sanford Invitational.Steve DYKES / AFP

John Daly tiene cáncer. El golfista estadounidense ha sido operado de un tumor en la vejiga y ha comenzado la quimioterapia. El ganador de dos grandes (PGA 91 y British 95), de 54 años, lo anunció la semana pasada antes de disputar el Sanford Invitational, torneo del circuito americano sénior que ganó Miguel Ángel Jiménez y en el que Daly fue 12º. La enfermedad no le ha apartado del golf, sino que es la última partida de una carrera en la que ha pasado algún rato en el cielo y casi todo el tiempo en el infierno. Alcohólico, ludópata, violento, autodestructivo. Y, sin embargo, o quizás por eso, querido por unos aficionados que ven una estrella con problemas terrenales. Daly nunca ha escondido nada. Ni ha dicho nunca que fuera a cambiar.

Washington Road. Una amplia calle con tres carriles de ida y tres de vuelta. Hay restaurantes de comida rápida y algunos moteles a los lados. Nada en lo que un conductor se detenga si no fuera porque un desvío conduce a la sede del Masters de Augusta. Dos universos separados por unos metros y un muro de vigilancia. En el campo, azaleas, elitismo y los mejores del mundo. En la calle, junto al Hooters de camareras con escote, aparca una caravana. John Daly baja fumando, con gafas de sol, bermudas y chanclas, y monta unas mesas en las que él mismo vende pantalones chillones, camisetas con su imagen y fotos. Si se le presenta un periodista, le dirá que para hablar con él rellene en su web un formulario que lleva a ninguna parte. Si acude un fan a compartir un problema, es capaz de llevárselo a la barra del bar y contarle su vida. Y es tan diabólicamente increíble…

“Mi padre bebía mucho. Se volvía muy agresivo con mis hermanos y con mi madre. Volvíamos del colegio y nos daba una paliza. Cuando tu padre te apunta con una pistola en el ojo y no sabe quién eres porque está muy borracho, tiendes a alejarte de alguien así. Las mangueras de jardín y los enchufes no son objetos para usar contra un niño”, revive Daly en Golpea fuerte, un documental de ESPN. El golf apareció pronto, puede que para salvarle. Con cuatro años usaba unos palos de adulto que no quiso que le cortaran. Del peso, cuando levantaba uno para el swing se le iba muy atrás, y así aprendió a darle duro a la bola. Le llamarían Long Daly por su condición de gran pegador antes de la aparición de las varillas de titanio. También, El Salvaje.

El alcohol le ha acompañado siempre. Cuando en la universidad le dijeron que tenía que perder peso para poder jugar al golf, Daly cuenta que durante dos meses y medio solo comió palomitas de maíz (para calmar la ansiedad empezó a fumar) y bebió whisky Jack Daniel’s hasta bajar 30 kilos. Con 23 años, cada día daba cuenta de una botella de 750 ml.

En agosto de 1991, John Daly era un desconocido a quien la organización del Campeonato de la PGA, el grande que se jugaba en el campo de Crooked Stick, en Indiana, llamó a última hora para cubrir una baja. Daly condujo siete horas seguidas hasta llegar al campo para salir a jugar sin un minuto de entrenamiento. Lo que sucedió fue histórico. Aquel veinteañero rubio de pelo largo y bigotillo, que le pegaba a la bola como un demonio, ganó el torneo y de repente se convirtió en un ídolo de masas, un Elvis al que todos querían tocar. De la noche a la mañana, al chico de campo le llovieron el dinero y la fama. “Mi vida cambió en cuatro días y yo no estaba preparado. Cuando tuve éxito, pensé que tenía el mundo cogido por las pelotas y dejé de golpear fuerte en el campo de golf. No me enseñaron a tener éxito. No lo sabía gestionar. Yo pensaba: 'Que les den a todos, me voy a un bar a emborracharme”.

Ganar ese PGA fue a la vez lo mejor y lo peor que le pudo pasar. Desde entonces, igual estaba en lo más alto que pensaba en suicidarse. “Si jugaba mal me emborrachaba todo lo que podía. Llegué a desear jugar mal para beber hasta el límite. Pensaba que emborrachándome no querrían acercarse a mí, nadie me hablaría. Descubrí demasiado tarde que así no desaparecían mis problemas”, admitió. La cosa se complicó cuando descubrió algo que le gustaba tanto o más que beber: el juego. Podía pasarse 14 horas seguidas en un casino, perdió un millón y medio de euros en Las Vegas en una tarde en máquinas tragaperras, vendía sus coches para seguir apostando, se gastaba el dinero de los patrocinios… “Nada me gusta más que jugarme 400.000 dólares en una mesa de blackjack”, decía. Esos y otros demonios los expulsó en el libro Mi vida dentro y fuera del rough. La verdad más allá de toda la mierda que crees que sabes sobre mí. En total, Daly calcula que ha perdido más de 50 millones de euros en el juego.

“Pégame un tiro”

En el campo, solo era noticia por sus desvaríos. Igual llegaba con la cara llena de arañazos por una pelea con su pareja (se casó cuatro veces) que se retiraba a mitad de ronda. Una vez en Florida destrozó la habitación del motel. Como no tenía dinero, dejó a su caddie como depósito, jugó el torneo llevando sus palos, ganó y pagó. Los técnicos le abandonaban porque, como dijo Butch Harmon, “para él es más importante beber que el golf”. En 1992 se retiró para ir a una clínica de desintoxicación después de agredir a su mujer y destrozar la casa: “El alcohol se me fue de las manos”.

De tumbo en tumbo, cuando llegó al Open Británico de 1995 en Saint Andrews necesitaba cuatro millones para pagar a los casinos. Puede que ganara por eso... El caso es que conquistó su segundo grande y lo celebró llenando la mítica jarra de plata de helado de chocolate. Daly nunca dejó de ser ese niño grande que invitó a cenar en su habitación a Jiménez y a Jose María Olazabal cuando perdió a su madre en mitad de un torneo. “Mi vida siempre ha sido ir a por todas. Así he vivido. Hay personas que no maduran nunca y yo soy una de esas”, confesó.

La idea de la muerte le rondó. “Coge una de tus armas y pégame un tiro”, le dijo al golfista Fuzzy Zoelller. En otra ocasión llamó a Thomas Henderson, estrella del fútbol americano que pasó por el alcoholismo y las drogas y al que conoció en una clínica, desde lo alto de una colina y con el motor del coche en marcha. “Mañana no habrá más John Daly”, le dijo.

Hoy parece que este superviviente ha encontrado cierta paz, al menos para sobrevivir, feliz viendo jugar a su hijo Little John, un clon, pegador y con los pantalones a juego con el padre. El cáncer es un hoyo más al que enfrentarse. Su concepto de cuidarse, menos Coca-cola y seis cigarrillos por ronda en lugar de paquete y medio. “He vivido un infierno, pero hoy en mi vida hay cosas buenas”, recuerda. “Después de todo, seguiré siendo John Daly, no cambiaré. Golpearé fuerte. Y luego beberé”.

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