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EL JUEGO INFINITO
Columna
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El yo-yo de Dembélé y la prisa de Vinicius

Los grandes jugadores resultan adictivos: uno quiere, sencillamente, que reciban la pelota

Vinicius, en el partido de Copa del Rey entre Real Madrid y Girona.
Vinicius, en el partido de Copa del Rey entre Real Madrid y Girona.Rubén Albarrán (PRESSINPHOTO/GTRES)
Jorge Valdano

El clásico loco. Dembélé con la pelota en los pies es como una gacela con imaginación. Esa elegante carrera se la debe a una colosal coordinación que le permite conducir el balón a la distancia justa de cualquiera de los dos pies, mostrándolo sin exponerlo, como un yo-yo de hilo corto, quizás los cordones de sus botas. Tiene una velocidad inalcanzable si lo persiguen y llena de trucos si intentan cerrarle el paso. Por ejemplo, un freno seco, que en fútbol es una de las excéntricas formas que tiene la velocidad de ganar una carrera. O los amagues, mentiras corporales para continuar la huida. Se relaciona muy bien con la cercanía de los rivales (como si no fueran una amenaza), y los compañeros son estaciones de paso hacia la portería contraria con quienes tira paredes como un modo de dialogar. Una prueba más de que estos nuevos cracks son, como siempre, un poco locos sin dejar de ser clásicos.

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Tirar de la rienda. Vinicius, tres años más joven, es Dembélé sin terminar. Un pura sangre impetuoso todavía sin domar. Un poco por juventud, otro poco por el deseo de exhibición propio de todo recién llegado y, finalmente, por un saludable espíritu competitivo, aún no encontró la pausa que tire de la rienda a su espectacular potencia y ayude a ordenar sus múltiples talentos. Siempre tiene prisa. Se nota especialmente en la elección de los tiros, que le salen torcidos porque aún no descubrió a qué máxima velocidad puede ser preciso. Pero estamos hablando de un chico de 18 años que ya encontró una camiseta de titular en el Real Madrid y que sacude los partidos con su juego optimista al tiempo que ilusiona a los aficionados por su sola presencia. Vinicius es la última prueba de que los grandes jugadores resultan adictivos. Uno quiere, sencillamente, que reciban la pelota.

Regreso a la esencia. Hablando de jóvenes, César Luis Menotti volvió a la selección argentina como mánager, con 80 años y el entusiasmo intacto. Fue el primero que dotó de confianza al jugador y dignificó a la selección. Se dirá que, como aquel conquistador al que canta Les Luthiers y que "fundó Caracas en el centro mismo de Caracas", Menotti inventó lo que estaba inventado. Cierto, el estilo que adoptó existía y hasta tenía nombre, La Nuestra, pero él lo estructuró, lo llenó de orgullo y lo dinamizó hasta hacerlo campeón del mundo. Si hay que refundar el fútbol argentino, nadie mejor que quien lo fundó y, como hace 50 años que está a la vanguardia, no hay que preocuparse por su edad. Para liderar, una cosa es resolver los problemas y otra contentar a las personas. Perfecto: llega el hombre que, desde el conocimiento y la capacidad de seducción, resolverá las dos cosas.

Siempre agradecido. Quiero a Menotti como se quiere a los grandes maestros. Lo conocí con 17 años y sintonicé de inmediato con su sensibilidad. Me dio consejos a medida para que pudiera defenderme de mis defectos dentro de la cancha, y me transmitió el valor popular y representativo del fútbol para jugarlo con orgullo y sin rapiñarlo. Contra lo que se sospecha, exigía como un alemán: entrenaba integrando lo físico, lo técnico y lo táctico, como los que estos días se llaman revolucionarios, y te invitaba a cumplir en la cancha, y con responsabilidad, aquellos sueños con los que se llega al profesionalismo. En mi primer Mundial, el de España, salimos decimosegundos bajo sus órdenes. Cuatro años después fui campeón en México defendiendo otra escuela futbolística. Eso no cambió mi admiración, hasta el punto de que, en el regreso del maestro, solo siento no volver a ser su alumno.

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