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Viento en las bolas

“¡De qué valen los sobresaltos si, al final, pasarán los de siempre!”

Toni Kroos, ante Suecia.
Toni Kroos, ante Suecia. Getty Images

Habrá quien suponga que el título alude a la selección española. Se equivoca. El título remeda el de una película: Viento en las velas.La película trata de la amistad de una niña con un simpático pirata, y de cómo la niña, sin saberlo, es la causante de que ahorquen al pirata. En el Mundial de Rusia también ahorcan por culpa de aleatorias bolas al viento a las que un palo repele, un portero detiene o acaban en la red…

—¡Retorcida metáfora! —me ladra Martín Girard al cogote—. En el Mundial de Putin no hay niñas inocentes ni simpáticos piratas. Sólo patadas, botas y pelotas que, en cuestión de centímetros y minutos, dirimen la precaria gloria de un equipo y el fatuo orgullo de un país.

En ese momento y en los últimos segundos del descuento, con Alemania desahuciada, sale el sueco Jimmy del banquillo y perpetra la falta que, Kroos mediante, causará la inmolación de Suecia en el patíbulo reservado a los más inocentes.

—Hay equipos que deberían jugar sólo los minutos del descuento sin perder el tiempo en agónicas y vanas correrías con la soga al cuello —dice mi sardónico interlocutor—. Véase, entre otros, el suicidio de Costa Rica ante Brasil en los fatídicos minutos 91 y 97, ¡de qué valen los sobresaltos y las sorpresas si, al final, pasarán, como siempre, los de siempre!

—No estoy de acuerdo —le contradigo—. La incertidumbre es la única certeza que prevalece en estos inicios del Mundial.

Habrá quien suponga que me refiero a la selección española, que se sobrepone al ridículo y acaba primera de grupo gracias al VAR y a Aspas en el minuto 91. O a la selección portuguesa, que empata su partido con Irán por culpa del VAR y está a punto de quedar eliminada en el minuto 93. La prudencia, y cierta dosis de vergüenza, me impiden referirme a ninguna de las dos.

Prefiero recordar la desfachatez y alegría con la que los colombianos vapulearon a Polonia o cómo el viento se llevó en volandas a Lewandowski sin que apenas diera pie con bola. Cuando alzó el vuelo en los márgenes del río Kazanka, parecía Mary Poppins transportada por su paraguas. Sobrenadó por aire el Vístula de su Varsovia natal, para acabar zambulléndose en el Isar de Múnich, afluente del Danubio.

El suspicaz Martín Girard presupone que, en mi fantasía, es el patidifuso De Gea, y no Lewandowski, el personaje al que, aleteando con sus volátiles manoplas, imagino remontando el vuelo. La malévola presunción carece de fundamento. Estoy más interesado en el duelo de goleadores entre Harry Kane, Cristiano Ronaldo y el belga Lukaku o en las inquietantes bolas al viento que ruedan en torno al pescuezo argentino y a las ilusiones mexicanas. Pero, en lo que a la selección española concierne, prefiero no decir lo que pienso.

—Pues yo creo que, con viento y sin viento, faltan bolas —diagnosticó Martín Girard.

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