El Baskonia gana al Brose sin saber por qué

La reacción final del equipo de Vitoria doblega al conjunto alemán en el último cuarto

Voigtmann entra a canasta ante Melli.
Voigtmann entra a canasta ante Melli.A. Ruiz de Hierro (EFE)

Probablemente, en una encuesta a pie de urna ningún miembro del Baskonia sabría explicar por qué había ganado el partido. Nadie tendría un razonamiento deportivo convincente para argumentar que un encuentro tan caótico al final hubiera encontrado el orden necesario para apuntalar una victoria cuando nadie lo esperaba. Las encuestas, ya se sabe. O quizás que el Brose Bamberg le ha cogido gusto a eso de llevar el partido a los extremos y luego despeñarse cual Thelma o Louise, a elegir, acosados por el enemigo. El 81-74 final pareció un anuncio melancólico de la Lotería con final feliz, porque el Baskonia, solo fue por delante tres veces, en el primer cuarto, en los minutos de tanteo y solo fue por delante al final, en los minutos de tonteo del equipo alemán.

Pero cuenta el final. Y ahogado en ese final se quedó el partidazo de Lo, recuperador, asistente, anotador, o a ratos de Melli, capaz de lo mejor y de lo peor, y el acierto de Miller, siempre con el salvavidas anudado a la muñeca para salvar a su equipo y condenar al rival. Era el Brose un equipo, otra vez un equipo coral frente a los solistas del Baskonia. Sito Alonso, el manager del Baskonia, sabe que Bargnani no esta para grandes batallas, si acaso para escaramuzas, y por eso optó por Diop y por Voigtmann, más físicos, más voluptuosos, para que el italiano jugase sin desgaste. Pero aún está desgastado per se y su defensa tiene manos de mantequilla.

Ganó el partido el Brose casi siempre, 16-23 en el primer cuarto, 32-47 en el segundo, cuando comenzó a establecer diferencias de 15 puntos que se antojaban definitivas. Y los mantuvo el tercero, hasta que surgió Hanga y en su voracidad arrastró a Voigtmann, y animó a Larkin. Tiene Hanga un poder de inducción que calienta cualquier cazuela. Cuando el húngaro cree en sí mismo, el Baskonia cree en sí mismo. Y así llegaron al tercer cuarto con ocho puntos de desventaja, una minucia después de lo padecido (55-63).

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Voigtmann afiló el colmillo, Beauvois, intermitente puso las luces cortas, Larkin las largas, mientras el Brose se sumía en la melancolía como a quien una tormenta le pilla en marga corta. Es su sino: sabe dominar, o sufrir. Y entre Voigtmann y Larkin le fueron comiendo las uñas, primero, los dedos después, y luego alcanzaron los codos. Y eso que una antideportiva de Larkin estuvo a punto de enfangar su estanque dorado. Ni así resurgió el conjunto alemán. Después de muchísimos minutos el Baskonia se puso 75-74 cuando el partido boqueaba. Ni recordaban cuándo habían vivido una situación igual. Y se lo llevaron sin saber cómo, ni por qué. Con la misma confusión que tenía el Brose para saber por qué había perdido. Misterios del juego.

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