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Oda a Matt Barnes

El alero que dirimió a golpes un problema familiar con Derek Fisher se ha fraguado una merecida fama de jugador contra el que odias enfrentarte pero que te encantaría que estuviese en tu equipo

Barnes habla con el árbitro, con Fisher detrás.
Barnes habla con el árbitro, con Fisher detrás. AP

La semana pasada Matt Barnes, alero de los Memphis Grizzlies, subió una foto a Instagram en la que aparece vestido con una elegante chaqueta (¡pañuelo incluido!) mientras mira a cámara con expresión contenida. Está a caballo entre la típica foto de alguien más mayor y el retrato de un jugador pensando en la retirada mientras planea entrar en el mundo de las finanzas.

Pero no es ni una ni otra. En realidad es su respuesta al despido de Derek Fisher. Sí, el ya exentrenador de los New York Knicks. Y sí, el hombre que el año pasado empezó a salir con la exmujer de Matt e hizo que este dejase la pretemporada para administrar un poco de justicia fronteriza con sus puños.

¿Infantil? Probablemente. Pero también un buen recordatorio de por qué me cae tan bien Matt Barnes.

Le respeté por ser un jugador con emociones y reacciones reales en un momento en el que la autenticidad fue borrada por las marcas de zapatillas y los anuncios

Coincidí con él en el vestuario de los Cleveland Cavaliers durante una liga de verano después de que ambos acabásemos de salir de la universidad (él de UCLA, yo de la estatal de Iowa; él con una oferta de segunda ronda y yo sin equipo). Antes nos habíamos enfrentado en un partido universitario y mi única impresión se limitaba a etiquetarle como alguien que daba un poco de miedo.

El tiempo que pasamos juntos aquel mes no me hizo cambiar de opinión y si nuestros caminos no se hubiesen cruzado probablemente no me habría vuelto a acordar de él. Pero se volvieron a cruzar, esta vez en la extinta liga de la Asociación de Baloncesto Americana (ABA). Nuestros respectivos equipos eran los mejores de la competición y, dado que sólo había siete franquicias, nos enfrentábamos con frecuencia en duelos fantásticos. Fue ahí donde empecé a respetarle.

Era una época en la que los jugadores eran muy conscientes de la importancia de su imagen. Aquellos vestuarios parecían más reuniones de empresarios que equipos de baloncesto. Era raro encontrarse a alguien que se expusiese al público hasta el punto de dejar ver lo que pasaba dentro de su cabeza, tan inusual que cuando me encontraba con alguien así, no podía menos que rendirme ante él y jurarle respeto eterno, como me pasó con Barnes.

Seguramente a veces sobreactuaba con su huracán de codazos y palabrotas saliendo de su boca a través de un chicle, pero al menos era un ser humano de verdad, con emociones y reacciones reales. Todo en un momento en el que la autenticidad había sido borrada del mapa por las marcas de zapatillas y los anuncios de la tele.

Desde entonces, su actitud le ha pasado factura. Por ejemplo, en la NBA le ha metido en más problemas de los necesarios con una frecuencia mayor de lo deseado. Pero también le ha ayudado más que perjudicarle, fraguándole una merecida fama de jugador contra el que odias enfrentarte pero que te encantaría que estuviese en tu equipo.

Incluso aunque su presencia desemboque en alguna esporádica pelea a puñetazos. O en una foto graciosa en Instagram, unos meses más tarde.

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